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TRAVESÍA

¡Relatos del tiempo!

Recuerdo de otros miedos

Como si fuera ayer, bueno, en realidad como si fueran varios ayeres recuerdo que encontré el siguiente título: “La mujer que camina para atrás”, cuento escrito por Alberto Chimal.

Mi primer encuentro con ese texto fue debido a que en aquel entonces estaba muy metido con las historias de terror y, además, desarrolladas en la mismísima Ciudad Monstruo. Otros relatos ya figuraban, sin embargo, consistían en leyendas de la época colonial que, claro, son importantes dentro de la tradición literaria, pero yo quería algo más cargado a mi contexto, a mi tiempo. Me preguntaba si estos cuentos de terror se habían quedado tan atrás. Dónde estaban los susurros encubiertos por la noche, por calles vacías y por el “una vez vi” o “me contaron que”.

Un tanto decepcionado y a punto de tirara la toalla, en la pantalla de mi computadora apareció esa mujer que camina para atrás y, claro, encajaba justo con lo que buscaba.

Acá te dejo el enlace, ¡ah!, si el ambiente del relato te es conocido qué tal que buscas si esta historia es un cuento cargado de ficción o esa ficción, para no ser tan horrenda, se vistió con esa característica y, así, pasar desapercibida.

La mujer que camina para atrás

P. D. La foto es de V. H. Pedraza y fue tomada con un celular

#cuentosdeterror #poesía #travesía #ciudadmonstruo #LeerEsChido

Igual que otro 30 de noviembre, pero éste del 2019 en la Ciudad Monstruo
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De Isaac Asimov…

Me declaro su lector maníaco. La Trilogía de la Fundación me dejó sin palabras… ✒️🎙😎

Acá dejo una liga donde puedes escuchar “Sueños de robot”. El sitio que lo aloja se llama Noviembre Nocturno quienes se describen así:

Podcast de radio-ficción, relatos y verdades incómodas. El Terror puede tomar inesperadas formas, nosotros las estudiamos todas.

Escuchemos, pues:

https://mx.ivoox.com/…/suenos-robot-isaac-asimov-audios-mp3…

#SueñosdeRobot #Asimov #poesía #travesía #ciudadmonstruo #LeerEsChido

 

Justo cuando la noche es más noche, fría y robótica de 25 de noviembre, del 2019 en la Ciudad Monstruo
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Efraín Huerta, “Nota sobre la poesía”.

“Es un hilo enmarañado, como un deseo en río revuelto de amor y
castigo. Como la cabellera de una mujer violada. La poesía es una
constante posesión. El trance del poeta es eterno: a diario rasgan
sus carnes los dientes de la lírica. La poesía no es una posición.
La poesía es la danza a lo largo del día y dentro de la noche. ¡Ay
de los que escriben poemas “por no dejar”, porque de ellos será la
República de la Idiotez y la Cursilería! ¡Qué triste oír hablar a un
poeta joven de su “mejor” poema…! Y cuando en el ambiente
dominan la escarlata pedantería y la amarilla estupidez de los
impotentes, los falsos, los despechados –¡los futuros críticos
estériles!–, no hay más remedio que cobijarse de individualismo
puro y sensato. O derrotar a los vanos, a los soberbios, a los de
breve espíritu. ¡Esto es!”

Efraín Huerta, “Nota sobre la poesía”,
Envío de mayo para Andrea de Plata, 1935.

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El ocre en el horizonte sobresale del 23 de noviembre, del 2019 en la Ciudad Monstruo

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Dos minutos antes…

La música, escondida en los rincones de los muros,

muere al estrellarse contra mi sueño furioso.

El saxofón despierta

cada nota que existe en mi piel

llevándose la tinta,

que también existe en mi piel.

 

Al filo de un despertar cercano al final de noviembre en el 2019

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Crónicas soñadas: E. H. (I)

Antes que nada y, después de todo, mi queridísimo, Efrén, esa ciudad primera, la muy primera que recorriste, esa la que lleva como apellido de la Victoria, que para ser sincero no sé a qué victoria se refiera. Esa, entonces, no difiere de alguna otra. Claro, ha cambiado desde que la caminaste el siglo pasado: algunos se fueron, otras llegaron, sumas y restas como la vida cuenta.

Seguro otras casas, otros patios, menos escuelas, el bullicio del mercado revoloteando entre sus colores o los largos tramos hacia el campo. Ya varios autos levantaban el polvo de las calles jóvenes, precarias y, hoy, añejas con destinos inciertos como la vida cuenta.

Emigraste, como tantas personas, buscando otros derroteros, nuevas voces y otros suspiros. En el camino declaraciones de odio y de amor, revoluciones y otras victorias sin sabores como la vida cuenta.

Llegaste, pues, a mi ciudad, la que apodo monstruo, Ciudad Monstruo, así con todas sus letras, no por desprecio ni por temor, tampoco por resentimiento. La llamo de esa forma porque en ella caben los ilusionistas ilusionados, los profetas sacados de aquellos sacos blancos llenos de tanta noche, las mujeres repletas de dignidad y la infancia sin risas o con ellas, pero huecas y corrompidas por quienes presumen adultez, acaso dónde cuatro letras son el detonante del caos o donde…

“Yo soy como soy y tú eres como eres, construyamos un mundo donde yo pueda ser sin dejar de ser yo, donde tú puedas ser sin dejar de ser tú, y donde ni yo ni tú obliguemos al otro a ser como yo o como tú”.

Sí, ese es el monstruo contenido en las entrañas del generador de historias o de miserias, según el caos.

Lo que sigue es historia y en estos Tiempos modernos el instante es efímero y pasa a engrosar sus filas, sin embargo, esto que escribiré no me llevará más de un instante como fue observar las calles de de la Victoria. Me reconocí en ellas. Encontré las mismas alucinaciones y la idea se vino abajo. En mi: la tristeza y la angustia, pero no todo está perdido. Hay quienes de la maravilla por el corazón y sus atribuciones hacen suyo este universo, nuestro Universo.

Ojalá que a tu regreso nos encontremos para divagar entre la neurosis que dejó la apuesta por lo nuestro… como la vida cuenta.

Infielmente tuyo

Al rayar el 16, de un octubre, con unas inmensas lunas enamoradas de la noche más noche

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Un Alguien

–¿Está el güero?

–¿Cuál güero?

–¡Juan, John, José, Pepe!, creo que se llama.

–¡Ah, sí! Él no está –el dependiente respondió, inseguro y temeroso.

–¿Crees que tarde?

–Sí, acaba de salir.

El que llegó frunció el ceño, un tanto angustiado, seguro molesto. El dependiente sintió lo último y su actitud pasó a la defensiva.

–¡Háblale! Él me dijo que yo le hablara antes de venir, pero no traigo el teléfono –en tanto se buscaba en las bolsas del pantalón.

–Ah, y ¿qué le digo?, ¿quién lo busca?

–Él ya sabe.

La conversación se torno ambigua y misteriosa. Ninguno de los participantes daba más información.

–Pu’s espéralo.

–No, no, no, no puedo. ¿Por qué no le marcas? Él me dijo que lo hicieras.

–¡Espéralo!

–Vivo lejos. No puedo. Ya me voy. A ver cuándo regreso.

–¿Quieres que le de algún recado?

–No. Dile que vine.

–Ajá, pero quién le digo que vino. Él sabe quién eres, pero yo no. ¿Cómo le paso tu recado? ¿Le digo que vino Un Alguien a buscarlo?

 

Continuará muy pronto…

 

Cuando el sol debería estar en plenitud, sin embargo, las nubes lo cubren, justo, en el último suspiro del octavo mes, del 2019

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Advertencia: ¡Poesía en PDF!

La poesía está en todas partes, sí, suena a cliché, pero sólo basta estar pendiente de su expresión, como ahora en PDF.

Poesía es el título de mi primer poemario, cuya presentación fue el 21 de junio del 2014. Ahí imprimimos en papel varios ejemplares, bebimos algo de vino y lo mejor: compartimos versos llenos de recuerdos, reflexiones, dolores y risas.

Después de varios años sacamos el poemario del librero donde vivía para darle nuevos bríos y que continuará, así como distraído, su andar. Por ello lo transformamos para que sea más libre y está a punto de arrancar su carrera electrónica.

Claro, también habrá presentación, muy otra, ya que trataremos de romper la barrera espacio-tiempo: sí, suena provocador y presuntuoso, pero, justo, la dinámica que el mundo “moderno” nos impone es la carencia de esa combinación einsteniana. Dejamos de asistir a actividades que nos gustan por esa razón, así que si no puedes venir a la presentación, nosotros la llevamos a ti.

Otra razón de esta locura es la de romper con los convencionalismos creados por quienes manejan la cultura, claro, habrá quien los prefiera y está bien, pero pensamos que tenemos la creatividad suficiente para sacar, en este momento, la literatura a las calles, ponerla a ras de suelo, para los de a pie.

Tendrá un costo, claro, es un trabajo que hemos realizado en colectivo que requiere un pago digno y justo.

Así que echemos la moneda al aire y construyamos otras maneras de hacer lo que amamos, ¿no?

P. D. Prepara el mejor espacio y el tiempo necesario para este momento.

P. D. 1. Es ahí donde, según la Teoría de la Relatividad, “se desarrollan todos los eventos físicos del Universo”.

Virtualmente suyos

Víctor Hugo Pedraza, Travesía Editorial y BABA|editorial

 

A la víspera de otra media noche, Otra Ciudad Monstruosa, abril 25, 2019

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Notícula:

Los silencios cambian de voz.

Otros son los actores,

las actrices se rehúsan a participar.

Los actores secundarios son, repiten función: los perros y sus ladridos. Los alcanzo a escuchar, nuevamente.

Se suma el rústico, metálico y chillante sonido de algunos resortes. No imagino cuál es la causa de sus expresivas voces.

Sí, bueno, pero no quiero interferir esa comunicación amorosa o de placer.

 

A la víspera de la media noche, Otra Ciudad Monstruosa, febrero 14, 2019

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Romeo y Julieta: el karma y sus atribuciones

—¡Claro que existe!

—¡Estás loco, eso no es real!

—¡Juro que sí! Mira, tal vez con las otras me equivoqué y agregué algunas cosillas de más, cosas sin importancia, pero eso ya quedó en el pasado. Además, ¿qué sería de la vida sin una pizca de ficción?

—Espera, espera, si quieres hacer literatura te equivocaste de lugar, eh.

—Para serte sincero siempre he creído que aquí me estoy desperdiciando, pero el mundo literario es tan injusto que no son capaces de ver, ni de aceptar, la originalidad y el talento, y, bueno, de algo tengo que vivir.

—Claro, eres el siguiente Nobel, ¿no? Vaya que estamos desperdiciándote. Mira, no te preocupes la puerta es muy ancha para que no te atores al salir, en cualquier momento te puedes ir y, seguro, cumplirás tu sueño.

—Tampoco, tampoco, no te pongas en ese plan, no te alteres. Sólo fue un chascarrillo.

—Mejor vete a trabajar y trae la nota que para eso te pagamos. Ah, pero una real, eh. Mira que si no tenemos el artículo listo para el fin de semana los anunciantes se van a arrepentir de invertir sus dineros con nosotros.

—Los anunciantes y ¿los lectores, qué?

—¿Vas a seguir? Esa discusión ya la tuvimos. Aquí los que pagan nuestros sueldos son los anunciantes. ¿Te queda claro?

—Sí, ya, está clarísimo.

Quiso azotar la puerta al salir de la oficina para reafirmar su descontento, pero luego pensó que sería una afrenta, ponerle más leña al fuego, pues, así que con mucha delicadeza la cerró. El pasillo hacia la escalera de salida parecía eterno, era un túnel que perdió sus dimensiones físicas en tanto que Joel seguía repitiendo y afirmando para sí la veracidad de su historia.

—Ese día no tomé el medicamento. ¡Claro que los vi!

Por la mañana, como todas las anteriores desde que comenzó a beber café y a fumar, Joel, estaba recargado sobre el alfeizar donde vivía la única planta del departamento, a la que no dejaba de regar, religiosamente, los miércoles de cada semana. Observaba cómo una gota de agua se resbalaba sobre una hoja para estrellarse, sin opción, contra la tierra húmeda contenida en la maceta. Sorpresivamente, el ladrido de varios perros lo sacaron de su ensimismamiento. Molesto, miro hacia el camellón que partía la avenida principal en dos. Entre los árboles secos —que más que levantar el ánimo enmarcaban el desconsuelo y el obvio desinterés de las autoridades de gobierno alimentando la clásica estampa desértica de aquel territorio rehabilitado— se debatían dos canes, entre gruñidos y la polvareda que levantaban al moverse en círculos. Parecía que en cualquier momento la pelea se desataría. Cosa que no llego a ser, porque aquello aparentaba un cortejo.

Joel dio el último sorbo al espresso que tenía en la taza miniatura junto a la planta. Del bolsillo derecho de su pantalón sacó una cajetilla de cigarros y un encendedor de plástico amarillo, de esos de a tres pesos. De la primera sacó un cigarro, lo llevó a sus labios, con el segundo lo encendió. La punta del cilindro con tabaco ardió con entusiasmo, aspiro el humo, lo contuvo unos segundos y con una gran bocanada lo dejó salir. Los sabores del café y del tabaco se combinaron dentro de su boca y Joel, lleno de éxtasis, cerró los ojos para desconectarse, indudablemente, de este mundo.

—¡Agárralo, agárralo!

—No se deja.

Aquellos gritos reconectaron a Joel. No muy conforme, enojado en realidad, miró buscando qué era lo que pasaba. En el territorio rehabilitado, donde los canes expresaban sus cortejos de apareamiento había dos personas, las que se gritaban entre sí para atrapar a los perros. Era una mujer y un hombre vestidos como cirujanos, con dos piezas de lo que parecía una pijama (pantalón y casaca) verde. Se debatían el turno para tratar de acercarse a la pareja canina. Joel desde la ventana no entendía tal esmero. Abajo, los empijamados ejecutaban un tipo danza que los acercaba o alejaba de los animales.

Sus intentos eran inútiles, cansados e infructuosos, así que decidieron esperar. Fueron a las bancas —esas de parque, las viejas, las negras despintadas, las que rematan su diseño con medallones que enmarcan una figura, tal vez, de un escudo familiar o de las ilustraciones de un cuento fantástico, sí, las de tipo francés (supongo que llegaron al país con el porfiriato y su imperante alusión a ese estilo)— y un tanto agobiados se sentaron.

Los cortejos continuaban. Pasaron varios minutos y Joel completamente intrigado seguía observando, esperando el desenlace. Los de la pijama bostezaban, intercambiaban lugar en la banca, se levantaban, reían un poco, regresaban al silencio, se miraban. Después de unos minutos se hicieron señas y el empijamado, presto, se levantó para cruzar la calle y entrar a una veterinaria. Hasta aquí Joel resolvió uno de los enigmas: los de la pijama verde eran veterinarios.

El hombre regresó con un lazo y un bozal. Luego de unos minutos logró ponerse a una corta distancia del macho. Con la habilidad y destreza del mejor cowboy del viejo oeste lazó al perro. Éste se resistió, pero al final sucumbió ante los dotes del vaquero. Ella, la que recibía el cortejo del ahora detenido sin esperar más salió corriendo despavorida. Los veterinarios sometieron al can y le colocaron el bozal. Cruzaron la calle, dejaron atrás el territorio rehabilitado y entraron a su local con el presunto culpable, no, mejor dicho, con el perro.

Joel, intrigado y con la suspicacia que lo caracteriza comenzó a elucubrar una historia mientras se dirigía al perchero, junto a la puerta principal, donde colgaba su sombrero, el Sidney Confort negro, el Tardan, el viejo, el que ha usado por más de 40 años:

—¿Si es un secuestro? -Aún dudaba de lo que vio.

—Tiene todas las características: lo estuvieron observando, esperaron el momento justo, lo amordazaron y el levantón. Sólo falta que pidan rescate o no, puede que ya tengan el negocio hecho. Qué tal que son parte de una banda que suministra a los puestos de barbacoa del rumbo. Dicen por ahí que con esos animales cocinan ese tradicional, sabroso y bendito platillo, porque el costo se reduce bastante.

Con esa idea en la cabeza, además del sombrero, el periodista salió de su departamento. Bajó, en pocos minutos, la escalera que lo llevó a la entrada del edificio. Corrió hacia el territorio rehabilitado. Atravesó la avenida que lo separaba de la veterinaria. Frente a él, un lugar con las paredes pintadas de color gris, dos grandes cortinas de acero enrolladas sobre un cancel blanco que resguardaba el interior adecuado para la atención de animales: jaulas, alimento, juguetes, estética, en fin, toda la parafernalia.

Joel, sin abrir la puerta del cancel observaba el espacio. Del lado derecho, de espaldas, el vaquero y su compañera con pijama. Frente a ellos varias jaulas.

Con mucha cautela, Joel, deslizó una jaladera que fue abriendo el cancel. Sin decidirse a entrar escuchaba el diálogo entre los empijamados, que absortos en sus menesteres no daban cuenta de la presencia a sus espaldas.

—Pobre amigo, mira, se revolcó, lo zarandearon, la novia se escapó, ni cogió y ahora lo vamos a poner listo para que pueda andar por ahí sin dejar hijos regados.

—Ni modo.

Al escuchar ésto, Joel se espantó. Sin perderlos de vista dio unos pasos atrás, dejó la puerta abierta y, rápidamente, corrió hacía el territorio rehabilitado.

Tratando de esconderse. Revisó con la mirada el espacio y encontró un árbol frondoso, justo para que nadie lo viera. Caminó hacia la banca francesa junto al árbol y se sentó sobre ella, ladeo su sombrero para que éste le ocultara la cara y nadie lo reconociera. Nervioso sacó la cajetilla de Faros del bolsillo de su pantalón, la cual, nunca dejaría de estar ahí. Después de tres intentos, el encendedor logró hacer flama y con un jalón, el tabaco se iluminó de rojo. Joel fumaba con desesperación. No tardó mucho en prender otro Faro con el último suspiro del anterior. La colilla salió volando luego de un diestro movimiento al tocar el dedo índice con el pulgar de la mano diestra. La siniestra, jugueteaba con el ya inservible encargado de prender los cigarros.

En tanto la mente del periodista masticaba una y otra vez la conversación y los hechos que, antes, había presenciado. ¿Era o no un secuestro?, ¿existía la banda clandestina de proveedores para la barbacoa?, ¿la empijamada y el vaquero eran parte del negocio?

Posterior a tantas cavilaciones, a tanto atar cabos, a la falta de la pastilla, al desesperado consumo de tabaco, Joel resolvió que sí. Todo era real: el secuestro y la banda clandestina. Entonces su deber consistía en sacar a la luz pública el resultado de esa investigación. Lleno de certidumbre, y sin chistar, salió con rumbo al periódico. Ya veía el encabezado de la edición matutina, a ocho columnas:

Se descubre banda clandestina de…

El vaquero caminaba de la mano de su chica, un viernes ya de madrugada, luego de una romántica cena y de los muchos mezcales. La velada pintaba para terminar con pasión desbordante.

Todo iba bien hasta que, casi, al llegar a la casa de ella, una patrulla, de esas estatales, les aventó la luz. Cuando los alcanzó, la mujer policía bajo el vidrio de su ventana y les ordenó detenerse. Ellos obedecieron a pesar de no saber el motivo. La pareja de uniformados, visiblemente pasados de peso, bajaron del auto, ajustaron sus cinturones, acomodaron sus armas, al unísono cerraron las puertas y se dirigieron a los solitarios transeúntes:

—Buenas noches jóvenes.

—Buenas.

—¿Por qué andan por aquí tan noche?

—Vivo ahí adelante.

—Ah, mire, qué bien señorita.

—¿El joven es algo de usté’?

—¿Hay algún problema?

—Es que reportaron a un sospechoso con las características del muchacho.

—¿Con mis características?

—Cabello largo, tatuajes, aretitos, esa fachita.

—¿Esa fachita?

—No hagas caso, mejor ya vamos a mi casa.

—¡A dónde, a dónde, no se pueden ir! Revisaremos al joven. Es de rutina. Joven dese vuelta, las manos sobre la pared y abra las piernas. Usté’ también señorita. Pareja ayúdeme con la damita.

—¡No! ¿Por qué?

—No se resistan, les vairpior. Mejor cooperen.

—¡Qué no, no hicimos nada!

—¡Ah, se están resistiendo!

Sin pensarlo, el guardián del orden sacó un tolete y asestó un golpe en las costillas del vaquero. Éste se dobló a causa del dolor y calló de rodillas al piso. Un par de patadas lo acompañaron. Su chica gritó. Presta la señorita policía le recetó una cachetada que le rompió el labio. El llanto vino después.

El policía estatal pidió refuerzos con el radio portátil que colgaba de su hombro. Un par más de patrullas llegaron al lugar de los hechos. Los vecinos despertaron asustados al escuchar la trifulca. Miraban protegidos detrás de las cortinas de sus ventanas.

—Pobres muchachos, pu’s míralo a él. Con esas fachas qué esperaba.

—Sí, pa’ mi que vende drogas.

—Ella se ve de buena familia, pero eso saca por andar con esas amistades. Espera, creo que es la hijita de doña Gertrudis, ¿no?

—Sí, pero, haber, pa’ qué se junta con ese delincuente. Seguramente la policía ya sabía lo que hace y lo estaban siguiendo para, en el mejor momento, agarrarlo. Ya vez que ahora con todos los estudios que les dan son mejores.

—Ni modo ya estaba de Dios. Mejor ya vamos a dormirnos no vaiga siendo que nos quieran echar la culpa de algo.

—Sí, mejor. Oye y el escuincle no será de la banda clandestina de…

El vaquero terminó en los separos. Pobre amigo, quedó madreado, sin novia, ni cogió y, bueno, lo único que le quitaron fueron las agujetas y el cinturón.

P. D. De la banda clandestina de.. no se sabe nada a ciencia cierta. Sus inicios son desconocidos. Sigue siendo una leyenda urbana que se relaciona con las creencias, los mitos y los misterios populares.

Ciudad Monstruo, enero 22, 2019

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