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TRAVESÍA

¡Relatos del tiempo!

Ulalumismo, Arreolalismo, Cocodrilismo y Pacheco

Ulalumismo: escuela poética cuya causísima directa —afirma Efraín Huerta— es Ulalume González de León. Para reafirmarlo Rubén Bonifaz Nuño con su nota y selección de poemas publicado en la colección Material de Lectura, editada por la UNAM.

La que sigue es una muestra, bueno, como dijo alguna vez mi abuela “para muestra un botón”:

Mujer nocturna

Leo en la oscuridad

tu cuerpo Braille

Me parece imposible

separar fondo y forma

Arreolalismo: justo en la víspera de los 100 años de nacimiento de Juan José Arreola y en el marco de Fiesta del Libro y la Rosa, 2018, se realizará una mesa donde participará su nieto Alonso Arreola para rendir homenaje al autor de Confabulario:

[…] “Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros”.

Se recomienda leer ese libro acompañado de la música del otro Arreola, Alonso, lleva por nombre de pila. De preferencia el EP Los CONTAGIOS de CRUENTO.

Cocodrilismo: Efraín Huerta en El Gallo Ilustrado desde la columna que escribió por varios años: “Libros y antilibros”. La antología que tengo va de 1975 a 1982 y fue compilada por su hija Raquel Huerta-Nava.

Imagino que es un domingo por la mañana y camino al puesto de periódico para comprar el suplemento, después regreso a mi casa, me siento en el sillón más cómodo, bebo un trago de café y leo cada artículo, uno al día.

¡Ojalá me de la vida!

Pacheco: Tarde o temprano, poemas 1958-2009.

12

Esta ciudad no tiene historia,

sólo martirologio.

El país del dolor,

la capital del sufrimiento,

el centro deshecho

del inmenso desastre interminable.

P. D. El sufijo ismo omitido en Pacheco no significa que olvidé o minimicé la tendencia artística de este importante escritor mexicano. Lo hice para que tú, quien lee, termine ese juego de palabras.

Ciudad Monstruo, abril 19, 2018

vhugopedraza@gmail.com

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FB: Víctor Hugo Pedraza

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Cuando los instantes…

Pero los párpados se llenan de sueño,

pretenden cerrar toda conciencia

                e indicio coherente

de cualquier realidad matizada por el tiempo.

Se confabulan con la noche,

con algunos espasmos del pasado.

Despiertan pretensiones

               irreales,

                        frías,

                             desarrapadas.

Son vicios alucinados e irreverentes

como las voces apagadas

          que deambulan entre las entrañas

              de las calles muertas que viven

en ésta, la nuestra,

                 monstruosa ciudad.

Ciudad Monstruo, abril 16, 2018

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FB: Víctor Hugo Pedraza

Mutar

Pretendo desconectar

         los impulsos vacíos

         de las voces exteriores,

                                                       estridentes,

las que se arremolinan

como desesperados gritos

                frente a mis pupilas,

junto a las bóvedas que vigilan mis pensamientos,

cerca de la fuente que trasciende,

la de las huellas profundas

                                                                       en el camino.

Contra ello revientan

sin dejar de insistir.

Resisten los pilares

              apoyados en la otredad,

                                                       en la esperanza,

                                                                       o la certeza

de una verdad que apuesta por la vida.

Vida

                      sujeta al resplandor

de una luz nueva,

                                         cálida,

                                                     eterna,

sin falsos credos

        que me permiten cerrar los ojos

para seguir colgado de un sueño.

Tal vez

Reflexión sobre de brevedad del tiempo y su capacidad efímera de contención:

Audio

 

Ciudad Monstruo, febrero 20, 2018

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En busca de calor

Aquella fue una noche lluviosa en la ciudad, caminé sobre sus mojadas calles, en tanto el viento helado no dejó de enfriar mi rostro y el resto de mi cuerpo. Metí las manos en los bolsillos del pantalón y, con ello, pegué los brazos a mi torso intentando conservar el calor o generarlo, las dos opciones eran perfectas, pero fue inútil. Se escapó sin remedio por las aberturas en la parte inferior del ridículo suéter que tenía puesto. Pensaba en las chamarras colgadas sobre el perchero en mi casa, seguramente, se estarían burlando de mi. Sin remedio seguí caminando hacía el metro. Era mi salvación, por un lado ese transporte me haría llegar más rápido a mi casa y por el otro, el más importante: era la fuente de calor más cercana.

Mis cavilaciones y cálculos estaban en eso cuando de pronto, metí la pata. Sí, pisé un charco. No me bastó con el viento helado, no, tenía que ponerle sazón a la cosa, ahora tendría más frío gracias a mi falta de atención y a mi zapato mojado. Luego de renegar y dedicarme una larga letanía de injurias, claro, con sus respectivas tres repeticiones, puse atención, abrí los ojos y apreté el paso.

Minutos más tarde, y como epifanía, la iluminada entrada al metro. Las escaleras eléctricas, aunque rechinaran, me llevarían debajo en un Viaje al centro de la Tierra. De mi cartera saqué la tarjeta desgastada y rota con $13 pesos de crédito. Pasé la tarjeta por el lector, sonó un timbre, se encendió una luz verde en la pantalla, se descontaron $5 pesos de mi crédito y entré. Otras escaleras eléctricas, éstas me llevaban más abajo, a La puerta del Infierno. Con ello más calor. Llegué al andén. Había mucha gente esperando. En tanto, yo, los observaba: su ropa, sus peinados, algunos miraban la pantalla del televisor donde se mostraban videos musicales; muchos las miraban a Ellas de manera morbosa; otros, en cambio, sólo estaban ahí, parados, esperando, cumpliendo la rutina.

Una chicharra y su sonido distrajeron mis observaciones. Me acerqué, a lo que calculaba, la entrada de una puerta, antes de que el tren se detuviera. En realidad todos estábamos tratando de adivinar el lugar donde el vagón abriría las puertas. Era una práctica común que no tardo en confirmar nuestro cálculo incorrecto, caminamos para ajustarlo.

Las puertas se abrieron y, a empujones, los pasajeros, se abrían paso para alcanzar un lugar vacío donde pudieran sentarse a dormir, a leer, a mirar el celular, a mirar a otro o sólo a estar ahí o a hacer todo al mismo tiempo. Yo, por supuesto, no alcancé lugar, así que luego de revisar que mi cartera y mi celular seguían en mis bolsillos, me acomodé al final del vagón, en un rincón.

Seguí mirando a la gente, escuchándola. Después de un sobresalto, la miré. Estaba a mi izquierda, de pie, sin expresión alguna. Respiraba, sí, pero sólo estaba, no se movía. Era como verla incómoda, como estar…

Atrapada en un cuerpo

desasociado de su pensamiento,

de sus placeres,

seguramente,

de sus sueños.

Como rendirse

al vacío,

a la profunda oscuridad

del silencio agolpado,

a la constante incertidumbre,

a la lucha entre la forma

y el sin sentido presente

en la afirmación de ser alguien desconocido.

Un ser humano desconocido para mí, sí, porque no sabía su nombre, pero conocido por su actitud: la de sólo ver pasar la vida.

¿Será que la sistemática deshumanización ha cumplido su cometido?

Ciudad Monstruo, febrero 01, 2018

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Navegar

Intento reconocerme

entre todas estas variantes inciertas.

                         Pruebo cada uno de sus sinsabores,

sus ácidos destellos,

                             ansiedades nebulosas.

Se quedan,

                 algunas,

                                   prendidas a mis manos.

Rasgan afanosamente mis dedos,

pero al final caen

                                                 estrellándose contra el piso

                                             para perderse, irremediablemente,

                                         entre las grietas de éste.

Entonces sé que no soy yo,

                                          que, ahí, no existo.

Camino, de nuevo, entre cuervos al acecho,

debajo de la mirada insistente

                     de un dios incrédulo,

                                      sacudido por mis sueños.

Se presentan, de nuevo,

los susurros que el viento recogió,

                                                             no sé dónde,

pero intentan seducirme.

Dicen,

                         que ahí estoy,

soy su alimento y que,

puedo descansar

y cumplir aquello,

                                               que cuando nací,

                                                        me contaron al oído.

¡Imposible!

Nadie,

                                      nunca,

ni en mis perversas confesiones entre pesadillas,

sabía aquel secreto.

Así,

                              descubrí esa mentira.

¡No, tampoco estoy en el viento!

Deambulo entre espasmos convergentes

                             de la ciudad moribunda,

                            entre su ocaso metálico,

                           desafiando sus fórmulas,

                                                  sus misterios.

Navego para encontrar…

                                                          me.

Ciudad Monstruo, noviembre 14, 2017

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De las hojas rotas…

Nota: lo que leerás a continuación se escribió en las hojas amarillentas y roídas de un periódico fechado en el año de 1983. No hay firma, sólo encontré el trozo de este texto tirado sobre la calle.

 

Justo siento un vacío en el estómago. Estoy ansioso. Como que no pertenezco a este momento y lugar. Podría darle vueltas diciendo que es la respuesta que mi cuerpo tiene al absorber la cafeína contenida en un americano de 12 onzas, preparado en una prensa francesa y, que, además, mi desayuno fue muy ligero o que los 8 de noviembre, nublados por la mañana; soleados por la tarde; oscuros por la noche; me provocan.

Por la noche… llega sólo el sueño y entonces cierro los ojos. Pretendo escapar o vaciarme, según convenga, y descubrirme en otra dimensión. Una menos espesa, donde pueda caminar y respirar sin temor a la taquicardia o a la muerte.

 

A pesar de que este texto se escribió hace tiempo parece que las cosas no han cambiado, tanto. ¿Será que la modernidad o la dinámica de la ciudad nos tiene bajo ese embrujo llamado ansiedad?

Ciudá’ Monstruo, noviembre 10, 2017

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Pegándole al peligro…

Alguna vez, bueno, en realidad, varias, un primo decía esa frase: “pegarle al peligro” con sus diferentes variantes gramaticales y de conjugación verbal. Todas ellas las entendí como hacer algo riesgoso o, fuera de lo común. Siendo así, me toca describir, eso que, ahora, lleva por nombre este, breve, texto:

No encontrarás un relato sacado de las “mejores” películas joligüdenses, esas llenas de explosiones. Tampoco riesgos como comprar un disque café en el starbuks o tomar coca cola, claro, los disque panecillos del osito bimbo –también tienen lo suyo-; sólo por mencionar algunas… no nada de esos peligros. Sólo le ando pegando al peligro en cuestiones de hacer cosas diferentes. Para ello les dejo esta rola:

P. D. Habrá quien replique mis nuevos gustos musicales, en fin, aún me falta para ser todo un aventurero.

 

Ciudá’ Monstruo, octubre 31, 2017

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¿Efímero, el tiempo?

Por el momento

las nostalgias se quedan en lo cóncavo del pensamiento,

administrados por el tiempo,

                     por las soledades oscuras de la noche.

Sus voces

                    pierden fuerza,

                    se diluyen formando un compuesto sin materia,

                                                            pasajero.

Sólo resultan un mormullo,

          desgastado,

          vago

                                   e insolente.

Se quedan, pues,

                           inmóviles.

Ahora su lugar es ocupado

                  por una decena de vacíos

                   dispuestos a escribir de nuevo,

                    a llenar con tinta los espacios en las hojas listas

                     para recibir otros insomnios

                      y atardeceres

                      producto de letras

                       en otras entrañas fijas en la piel.

Encontré, entonces,

      aquello que en las nostalgias no pude ver.

Ciudá’ Monstruo, agosto 16, 2017

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Soundcloud: https://soundcloud.com/user-223468380

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