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TRAVESÍA

¡Relatos del tiempo!

Notícula:

Los silencios cambian de voz.

Otros son los actores,

las actrices se rehúsan a participar.

Los actores secundarios son, repiten función: los perros y sus ladridos. Los alcanzo a escuchar, nuevamente.

Se suma el rústico, metálico y chillante sonido de algunos resortes. No imagino cuál es la causa de sus expresivas voces.

Sí, bueno, pero no quiero interferir esa comunicación amorosa o de placer.

 

A la víspera de la media noche, Otra Ciudad Monstruosa, febrero 14, 2019

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FB: Víctor Hugo Pedraza

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Romeo y Julieta: el karma y sus atribuciones

—¡Claro que existe!

—¡Estás loco, eso no es real!

—¡Juro que sí! Mira, tal vez con las otras me equivoqué y agregué algunas cosillas de más, cosas sin importancia, pero eso ya quedó en el pasado. Además, ¿qué sería de la vida sin una pizca de ficción?

—Espera, espera, si quieres hacer literatura te equivocaste de lugar, eh.

—Para serte sincero siempre he creído que aquí me estoy desperdiciando, pero el mundo literario es tan injusto que no son capaces de ver, ni de aceptar, la originalidad y el talento, y, bueno, de algo tengo que vivir.

—Claro, eres el siguiente Nobel, ¿no? Vaya que estamos desperdiciándote. Mira, no te preocupes la puerta es muy ancha para que no te atores al salir, en cualquier momento te puedes ir y, seguro, cumplirás tu sueño.

—Tampoco, tampoco, no te pongas en ese plan, no te alteres. Sólo fue un chascarrillo.

—Mejor vete a trabajar y trae la nota que para eso te pagamos. Ah, pero una real, eh. Mira que si no tenemos el artículo listo para el fin de semana los anunciantes se van a arrepentir de invertir sus dineros con nosotros.

—Los anunciantes y ¿los lectores, qué?

—¿Vas a seguir? Esa discusión ya la tuvimos. Aquí los que pagan nuestros sueldos son los anunciantes. ¿Te queda claro?

—Sí, ya, está clarísimo.

Quiso azotar la puerta al salir de la oficina para reafirmar su descontento, pero luego pensó que sería una afrenta, ponerle más leña al fuego, pues, así que con mucha delicadeza la cerró. El pasillo hacia la escalera de salida parecía eterno, era un túnel que perdió sus dimensiones físicas en tanto que Joel seguía repitiendo y afirmando para sí la veracidad de su historia.

—Ese día no tomé el medicamento. ¡Claro que los vi!

Por la mañana, como todas las anteriores desde que comenzó a beber café y a fumar, Joel, estaba recargado sobre el alfeizar donde vivía la única planta del departamento, a la que no dejaba de regar, religiosamente, los miércoles de cada semana. Observaba cómo una gota de agua se resbalaba sobre una hoja para estrellarse, sin opción, contra la tierra húmeda contenida en la maceta. Sorpresivamente, el ladrido de varios perros lo sacaron de su ensimismamiento. Molesto, miro hacia el camellón que partía la avenida principal en dos. Entre los árboles secos —que más que levantar el ánimo enmarcaban el desconsuelo y el obvio desinterés de las autoridades de gobierno alimentando la clásica estampa desértica de aquel territorio rehabilitado— se debatían dos canes, entre gruñidos y la polvareda que levantaban al moverse en círculos. Parecía que en cualquier momento la pelea se desataría. Cosa que no llego a ser, porque aquello aparentaba un cortejo.

Joel dio el último sorbo al espresso que tenía en la taza miniatura junto a la planta. Del bolsillo derecho de su pantalón sacó una cajetilla de cigarros y un encendedor de plástico amarillo, de esos de a tres pesos. De la primera sacó un cigarro, lo llevó a sus labios, con el segundo lo encendió. La punta del cilindro con tabaco ardió con entusiasmo, aspiro el humo, lo contuvo unos segundos y con una gran bocanada lo dejó salir. Los sabores del café y del tabaco se combinaron dentro de su boca y Joel, lleno de éxtasis, cerró los ojos para desconectarse, indudablemente, de este mundo.

—¡Agárralo, agárralo!

—No se deja.

Aquellos gritos reconectaron a Joel. No muy conforme, enojado en realidad, miró buscando qué era lo que pasaba. En el territorio rehabilitado, donde los canes expresaban sus cortejos de apareamiento había dos personas, las que se gritaban entre sí para atrapar a los perros. Era una mujer y un hombre vestidos como cirujanos, con dos piezas de lo que parecía una pijama (pantalón y casaca) verde. Se debatían el turno para tratar de acercarse a la pareja canina. Joel desde la ventana no entendía tal esmero. Abajo, los empijamados ejecutaban un tipo danza que los acercaba o alejaba de los animales.

Sus intentos eran inútiles, cansados e infructuosos, así que decidieron esperar. Fueron a las bancas —esas de parque, las viejas, las negras despintadas, las que rematan su diseño con medallones que enmarcan una figura, tal vez, de un escudo familiar o de las ilustraciones de un cuento fantástico, sí, las de tipo francés (supongo que llegaron al país con el porfiriato y su imperante alusión a ese estilo)— y un tanto agobiados se sentaron.

Los cortejos continuaban. Pasaron varios minutos y Joel completamente intrigado seguía observando, esperando el desenlace. Los de la pijama bostezaban, intercambiaban lugar en la banca, se levantaban, reían un poco, regresaban al silencio, se miraban. Después de unos minutos se hicieron señas y el empijamado, presto, se levantó para cruzar la calle y entrar a una veterinaria. Hasta aquí Joel resolvió uno de los enigmas: los de la pijama verde eran veterinarios.

El hombre regresó con un lazo y un bozal. Luego de unos minutos logró ponerse a una corta distancia del macho. Con la habilidad y destreza del mejor cowboy del viejo oeste lazó al perro. Éste se resistió, pero al final sucumbió ante los dotes del vaquero. Ella, la que recibía el cortejo del ahora detenido sin esperar más salió corriendo despavorida. Los veterinarios sometieron al can y le colocaron el bozal. Cruzaron la calle, dejaron atrás el territorio rehabilitado y entraron a su local con el presunto culpable, no, mejor dicho, con el perro.

Joel, intrigado y con la suspicacia que lo caracteriza comenzó a elucubrar una historia mientras se dirigía al perchero, junto a la puerta principal, donde colgaba su sombrero, el Sidney Confort negro, el Tardan, el viejo, el que ha usado por más de 40 años:

—¿Si es un secuestro? -Aún dudaba de lo que vio.

—Tiene todas las características: lo estuvieron observando, esperaron el momento justo, lo amordazaron y el levantón. Sólo falta que pidan rescate o no, puede que ya tengan el negocio hecho. Qué tal que son parte de una banda que suministra a los puestos de barbacoa del rumbo. Dicen por ahí que con esos animales cocinan ese tradicional, sabroso y bendito platillo, porque el costo se reduce bastante.

Con esa idea en la cabeza, además del sombrero, el periodista salió de su departamento. Bajó, en pocos minutos, la escalera que lo llevó a la entrada del edificio. Corrió hacia el territorio rehabilitado. Atravesó la avenida que lo separaba de la veterinaria. Frente a él, un lugar con las paredes pintadas de color gris, dos grandes cortinas de acero enrolladas sobre un cancel blanco que resguardaba el interior adecuado para la atención de animales: jaulas, alimento, juguetes, estética, en fin, toda la parafernalia.

Joel, sin abrir la puerta del cancel observaba el espacio. Del lado derecho, de espaldas, el vaquero y su compañera con pijama. Frente a ellos varias jaulas.

Con mucha cautela, Joel, deslizó una jaladera que fue abriendo el cancel. Sin decidirse a entrar escuchaba el diálogo entre los empijamados, que absortos en sus menesteres no daban cuenta de la presencia a sus espaldas.

—Pobre amigo, mira, se revolcó, lo zarandearon, la novia se escapó, ni cogió y ahora lo vamos a poner listo para que pueda andar por ahí sin dejar hijos regados.

—Ni modo.

Al escuchar ésto, Joel se espantó. Sin perderlos de vista dio unos pasos atrás, dejó la puerta abierta y, rápidamente, corrió hacía el territorio rehabilitado.

Tratando de esconderse. Revisó con la mirada el espacio y encontró un árbol frondoso, justo para que nadie lo viera. Caminó hacia la banca francesa junto al árbol y se sentó sobre ella, ladeo su sombrero para que éste le ocultara la cara y nadie lo reconociera. Nervioso sacó la cajetilla de Faros del bolsillo de su pantalón, la cual, nunca dejaría de estar ahí. Después de tres intentos, el encendedor logró hacer flama y con un jalón, el tabaco se iluminó de rojo. Joel fumaba con desesperación. No tardó mucho en prender otro Faro con el último suspiro del anterior. La colilla salió volando luego de un diestro movimiento al tocar el dedo índice con el pulgar de la mano diestra. La siniestra, jugueteaba con el ya inservible encargado de prender los cigarros.

En tanto la mente del periodista masticaba una y otra vez la conversación y los hechos que, antes, había presenciado. ¿Era o no un secuestro?, ¿existía la banda clandestina de proveedores para la barbacoa?, ¿la empijamada y el vaquero eran parte del negocio?

Posterior a tantas cavilaciones, a tanto atar cabos, a la falta de la pastilla, al desesperado consumo de tabaco, Joel resolvió que sí. Todo era real: el secuestro y la banda clandestina. Entonces su deber consistía en sacar a la luz pública el resultado de esa investigación. Lleno de certidumbre, y sin chistar, salió con rumbo al periódico. Ya veía el encabezado de la edición matutina, a ocho columnas:

Se descubre banda clandestina de…

El vaquero caminaba de la mano de su chica, un viernes ya de madrugada, luego de una romántica cena y de los muchos mezcales. La velada pintaba para terminar con pasión desbordante.

Todo iba bien hasta que, casi, al llegar a la casa de ella, una patrulla, de esas estatales, les aventó la luz. Cuando los alcanzó, la mujer policía bajo el vidrio de su ventana y les ordenó detenerse. Ellos obedecieron a pesar de no saber el motivo. La pareja de uniformados, visiblemente pasados de peso, bajaron del auto, ajustaron sus cinturones, acomodaron sus armas, al unísono cerraron las puertas y se dirigieron a los solitarios transeúntes:

—Buenas noches jóvenes.

—Buenas.

—¿Por qué andan por aquí tan noche?

—Vivo ahí adelante.

—Ah, mire, qué bien señorita.

—¿El joven es algo de usté’?

—¿Hay algún problema?

—Es que reportaron a un sospechoso con las características del muchacho.

—¿Con mis características?

—Cabello largo, tatuajes, aretitos, esa fachita.

—¿Esa fachita?

—No hagas caso, mejor ya vamos a mi casa.

—¡A dónde, a dónde, no se pueden ir! Revisaremos al joven. Es de rutina. Joven dese vuelta, las manos sobre la pared y abra las piernas. Usté’ también señorita. Pareja ayúdeme con la damita.

—¡No! ¿Por qué?

—No se resistan, les vairpior. Mejor cooperen.

—¡Qué no, no hicimos nada!

—¡Ah, se están resistiendo!

Sin pensarlo, el guardián del orden sacó un tolete y asestó un golpe en las costillas del vaquero. Éste se dobló a causa del dolor y calló de rodillas al piso. Un par de patadas lo acompañaron. Su chica gritó. Presta la señorita policía le recetó una cachetada que le rompió el labio. El llanto vino después.

El policía estatal pidió refuerzos con el radio portátil que colgaba de su hombro. Un par más de patrullas llegaron al lugar de los hechos. Los vecinos despertaron asustados al escuchar la trifulca. Miraban protegidos detrás de las cortinas de sus ventanas.

—Pobres muchachos, pu’s míralo a él. Con esas fachas qué esperaba.

—Sí, pa’ mi que vende drogas.

—Ella se ve de buena familia, pero eso saca por andar con esas amistades. Espera, creo que es la hijita de doña Gertrudis, ¿no?

—Sí, pero, haber, pa’ qué se junta con ese delincuente. Seguramente la policía ya sabía lo que hace y lo estaban siguiendo para, en el mejor momento, agarrarlo. Ya vez que ahora con todos los estudios que les dan son mejores.

—Ni modo ya estaba de Dios. Mejor ya vamos a dormirnos no vaiga siendo que nos quieran echar la culpa de algo.

—Sí, mejor. Oye y el escuincle no será de la banda clandestina de…

El vaquero terminó en los separos. Pobre amigo, quedó madreado, sin novia, ni cogió y, bueno, lo único que le quitaron fueron las agujetas y el cinturón.

P. D. De la banda clandestina de.. no se sabe nada a ciencia cierta. Sus inicios son desconocidos. Sigue siendo una leyenda urbana que se relaciona con las creencias, los mitos y los misterios populares.

Ciudad Monstruo, enero 22, 2019

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Horizonte interrumpido

¡Ay ciudad

    que a mis pies estás!

No porque quiera humillarte,

sino porque te miro

                   desde un punto natural

         más cercano a los de abajo.

Desde aquí

veo tus sombras

                                   y luces,

los pocos colores que dejas escapar

emanados de las casas

donde intentan descansar

innumerables soñadores

                                           sometidos al silencio,

                                                   al desconsuelo,

                                                           al poderoso.

Observo cómo te transformas.

Te transforman con el tiempo

                        y el desprecio.

Se escudan en tus entrañas

la violencia,

                                      la soberbia,

la explotación y el despojo,

la preferente discriminación.

¿Qué más en ti, monstruosa ciudad?

                                             -Modernidad

¿Esa, la que justifica todo atropello y

fulmina el horizonte?

                                           -Historia

¿Con la que se pretende olvidar

o, mejor aún,

                                    la de letras de oro colgadas

sobre un muro construido de ignominia?

                                          -La tarde

¿El instante de los melancólicos grises?

Grises,

cuyos silencios se escapan

                                       dirigiéndose virtuosos

a la noche lluviosa

donde hay más que sueños,

frases discontinuas

                                                    y vacíos atiborrados de nada.

Ay ciudad

             tan dispersa

                             tan tú,

sin pretensiones,

                                          sólo tú:

con tus poderosos de medio día,

siempre condenada al vaivén

de los deseos de quienes se hacen pasar

                                                       por profetas

                                                                    o poetas.

No pretendo humillarte,

sólo te miro desde el lugar

                                              donde el amor vibra

o se escucha en las palabras.

Mañana,

                                              tal vez,

otra Historia podrás susurrarme.

Ciudad Monstruo, octubre 14, 2018

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Sombras entre el asfalto

Prefiero caminar,

                   dentro,

         en las entrañas de la ciudad

cuando la lluvia

ha lavado sus lágrimas

                    y sus edificios.

Cuando el viento frío se asoma,

juega con el cabello de quien ha sobrevivido,

                por años,

la lisonja de una sonrisa pagada,

          sin forma aparente.

 

Prefiero caminar sobre el asfalto

cuando este sirve de alojamiento

a las extensiones del implacable mar.

Cuando ese jubiloso líquido

limpia mis huellas

    para purificarlas

y esperar,

      así, la negra noche de los muertos.

En la que sólo la redención sirve de herramienta.

Prefiero mirar

rostros enmascarados, seductores,

que se funden en un fugaz manoseo

sexoso y delirante

que culmina con una cama vacía,

al despertar.

Son fantasmas que se esfuman

cuando el olvido elige gobernar.

No hay fantasmas, como yo,

que pretenden olvidarse de sí.

Ciudad Monstruo, agosto 07, 2018

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Carta a mis memorias.

El intercambio epistolar -ya en desuso, bueno, casi- se vuelve esencial, sobre todo si el destinatario no es una persona. Esto puede sonar a historia sacada del manicomio. ¿Cómo escribirle una carta al ente designado memoria? o memorias, en este caso. ¿Es posible tenerlas?

Pues acá un ejemplo de ese ejercicio:

Ciudad Monstruo, julio 16, 2018

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Ulalumismo, Arreolalismo, Cocodrilismo y Pacheco

Ulalumismo: escuela poética cuya causísima directa —afirma Efraín Huerta— es Ulalume González de León. Para reafirmarlo Rubén Bonifaz Nuño con su nota y selección de poemas publicado en la colección Material de Lectura, editada por la UNAM.

La que sigue es una muestra, bueno, como dijo alguna vez mi abuela “para muestra un botón”:

Mujer nocturna

Leo en la oscuridad

tu cuerpo Braille

Me parece imposible

separar fondo y forma

Arreolalismo: justo en la víspera de los 100 años de nacimiento de Juan José Arreola y en el marco de Fiesta del Libro y la Rosa, 2018, se realizará una mesa donde participará su nieto Alonso Arreola para rendir homenaje al autor de Confabulario:

[…] “Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros”.

Se recomienda leer ese libro acompañado de la música del otro Arreola, Alonso, lleva por nombre de pila. De preferencia el EP Los CONTAGIOS de CRUENTO.

Cocodrilismo: Efraín Huerta en El Gallo Ilustrado desde la columna que escribió por varios años: “Libros y antilibros”. La antología que tengo va de 1975 a 1982 y fue compilada por su hija Raquel Huerta-Nava.

Imagino que es un domingo por la mañana y camino al puesto de periódico para comprar el suplemento, después regreso a mi casa, me siento en el sillón más cómodo, bebo un trago de café y leo cada artículo, uno al día.

¡Ojalá me de la vida!

Pacheco: Tarde o temprano, poemas 1958-2009.

12

Esta ciudad no tiene historia,

sólo martirologio.

El país del dolor,

la capital del sufrimiento,

el centro deshecho

del inmenso desastre interminable.

P. D. El sufijo ismo omitido en Pacheco no significa que olvidé o minimicé la tendencia artística de este importante escritor mexicano. Lo hice para que tú, quien lee, termine ese juego de palabras.

Ciudad Monstruo, abril 19, 2018

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Cuando los instantes…

Pero los párpados se llenan de sueño,

pretenden cerrar toda conciencia

                e indicio coherente

de cualquier realidad matizada por el tiempo.

Se confabulan con la noche,

con algunos espasmos del pasado.

Despiertan pretensiones

               irreales,

                        frías,

                             desarrapadas.

Son vicios alucinados e irreverentes

como las voces apagadas

          que deambulan entre las entrañas

              de las calles muertas que viven

en ésta, la nuestra,

                 monstruosa ciudad.

Ciudad Monstruo, abril 16, 2018

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Mutar

Pretendo desconectar

         los impulsos vacíos

         de las voces exteriores,

                                                       estridentes,

las que se arremolinan

como desesperados gritos

                frente a mis pupilas,

junto a las bóvedas que vigilan mis pensamientos,

cerca de la fuente que trasciende,

la de las huellas profundas

                                                                       en el camino.

Contra ello revientan

sin dejar de insistir.

Resisten los pilares

              apoyados en la otredad,

                                                       en la esperanza,

                                                                       o la certeza

de una verdad que apuesta por la vida.

Vida

                      sujeta al resplandor

de una luz nueva,

                                         cálida,

                                                     eterna,

sin falsos credos

        que me permiten cerrar los ojos

para seguir colgado de un sueño.

Tal vez

Reflexión sobre de brevedad del tiempo y su capacidad efímera de contención:

Audio

 

Ciudad Monstruo, febrero 20, 2018

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