Papá, hoy tengo la edad de un adulto, una familia, casa, carro, perro-gato, fumo y bebo, alguna “canita al aire”, me gusta el fut, bueno, todo eso que está bien visto o que es perdonable.

¡Ah! Olvidaba algo, también tengo una carrera.

 

La verdad:

Si tengo la edad de un adulto, pero me comportaba como niño berrinchudo, una familia trunca, ¿casa? No es mía, la rento; el carro ni lo cuentes, soy alérgico a los gatos y del perro, bueno, para que sea feliz en la casa debería tener un gran patio. Fumo a veces, bebo en las fiestas o cuando el dinero de la quincena me da chance de hacerlo. El trabajo, pues es llevadero, en ocasiones me estresa –es lo de hoy-, también me decepciona. El fut, lo dejé desde el día que vi que es un negociazo y el dinero no alcanzaba para pagar mi entrada a un equipo de primera división, perdón, a fuerzas básicas. Lo de la “canita al aire” no se me dio.

Tranquilo pa’, la carrera si es real. En eso estoy, pero no estudio una ingeniería como me recomendabas. Lo mío, son las letras.

Sí, lo sé. Ya me preguntaste alguna vez de qué viviría o dónde trabajaría. No te preocupes. Como te conté ya tengo trabajo y sigo vivo. No todo es malo, tienes una hermosa nieta y un guapo nieto –más los de mis hermanas. Disfruto tanto lo que mi carrera me da, las pláticas con otras personas alrededor de un trago de whisky o de una cerveza o sin ellos –tampoco es necesario-, cambié el fut por eso de correr, me casé dos veces, ¡ah!, y dejé de hacer berrinche.

 

A un año de tu muerte, te extraño y busco el amor escondido en una estrella. Pasé mucho tiempo alejado de ti, haciéndome el importante, molesto contigo, eso que hacen los adultos. El pasado 9 de enero salí de la ciudad y descubrí otra de la que me enamoré. Ahí una cantina me encontró. Entré recordando la única vez que tú y yo compartimos un lugar así. Esperaba verte ahí, sentado junto a la barra, platicando con el cantinero. Quería decirte que por fin entendía que todo lo que hiciste fue porque pensaste que era lo mejor para mi. Aquella vez cuando tuve esa oportunidad, como buen niño berrinchudo y sin saber expresar lo que sentía, decidí esconderme detrás del orgullo, así, fácil. Además, nadie podía decirme qué y cómo vivir, eso, yo ya lo sabía.

En realidad sólo necesitaba un abrazo y una caricia, pero me quedé callado.

Pasaron tantas cosas –te las platicaré en cartas posteriores. Aprendí de ellas y ahora pa’, ya no me quedo callado. Escribir me sana, como ahora.

 

No puedo verte, pero sé y siento que lees con atención.

 

¡Te quiero!

 

 

Tu hijo, el escritor.

 

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