La puñeta. Cinco integrantes, tributo a Pixies.

 

Así comenzó la noche. Medio litro de chela en tarro escarchado y una hamburguesa insípida. En el escenario una batería que rompió el silencio, estruendosa, enérgica, con ánimo de convertir tonos azules en rojos. Un bajo, serio, dedicado a ejecutar sólo la rola, le faltó alma. En la voz virtuosismo y sensualidad. Lástima que no duró mucho, el mezcal no funcionó. Ella tuvo que claudicar en varias ocasiones.

La selección de rolas fue un viaje desde lo más conocido hasta lo más oscuro de la banda coveriada. La puñeta logró conectar con algunos asistentes, no éramos muchos. Una hora de sublimación para los fans, para otros no tanto. Sorbíamos traguitos chela. Esperábamos algo que nos desprendiera de la apatía y el agobio laboral.

Silencio.

En minutos los músicos se transformaron en el staff, el escenario entonces fue sólo un esqueleto. Entre la penumbra, sombras colocando mesas, computadora y mezcladoras. Al mando de éstas dos tipos con gafas oscuras. ¿Será que pueden ver en medio de la oscuridad del lugar o sólo es parte de su vestuario?

La compu soltó sonidos. Los de lentes mezclaron volúmenes: agudos, bajos, graves y esas ondas. Luego de varios clicks, música. Ecléctica para mi gusto, bueno, los de lentes son artistas, ellos saben.

Otro medio litro de chela llegó a mi mesa. Ya entonado la música cambió de tono. ¡A bailar!, como no: rocanrol, rocabili, surf. La noche cambió de ritmo, yo también. No paré de bailar. El alcohol en mis venas se evaporó junto con el estrés laboral y esas aflicciones modernas.

Pasaron horas, los pies y la garganta reclamaron. Detuve la fiesta un momento para descansar y chefrescarme.

A la pista de nuevo.

 

Como todo en la vida, el momento debía terminar. Así fue, pero sin antes, la poderosa cumbia, con ella los pasos de baila mi rey.

 

 

Quién lo diría, lo que al principio parecía una oscurifiesta, se convirtió en un esquizofrénico baile.

 

¡Así esta gran ciudad!

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