Hora pico, Ciudad de México.

Hace tiempo subieron el precio al boleto del metro, entonces, dijeron, todo iba a ser como de primer mundo. Puras mentiras. Ni los vagones son modernos y mucho menos hay más. Entonces estoy aquí parada junto a otras treinta personas, justo las conté, vaya que tengo tiempo; esperando a que llegue el tren. Ojalá me toque frente a una puerta. Bueno, seguro no me escapo de los empujones y hasta las socorridas mentadas de madre en cuanto se abra.

 

-Son 12 lugares en el vagón, al lado de la puerta. Ah, pero, 12 a la izquierda y 12 a la derecha. No, pero, cada puerta está a la mitad. Entonces son 6…

 

¡Chale!, ya de por sí traigo el estrés hasta el tope y este cuate haciéndose el gracioso con sus cálculos. Además, ni siquiera puedo escuchar el radio, no tengo señal en el celular. Así por lo menos evitaría fumarme las mariguanadas de este tipo. ¡Caray, hasta tiene a sus amigos con la boca abierta!

 

-Miren, estamos en la segunda fila de 5 personas, somos el 6, 7 y 8. Seguro nos toca lugar. Tú te mueves pa’ la izquierda y tú y yo a la derecha.

 

¿Es neta?

 

Ya me estoy imaginando el sonidito de alerta (tururú) y luego la voz de la chica tipo tienda comercial: “Antes de entrar, permita salir”. Ya mero. En cuanto la puerta abra, vámonos pa’ dentro y no es que quieras, te lleva la corriente. Estando dentro, sin importar sexo, estatura o condición social, alguien ya te está respirando sobre la nuca o casi te da un beso o te pone el sobaco cerca de la nariz o te da un arrimón o te toca la mano, fingiendo que busca el pasamanos para agarrarse, claro, porque no te tocó lugar.

 

(tururú) “Permita el libre cierre de puertas”, entona la dulce voz femenil.

 

Pero no se puede. El aferrado con su mochila no lo permite. Ve que no entra y le vale. Mete la mano, se apaña del pasamanos y cuando viene el cierre de la puerta hace palanca y empuja a todos. Su cuerpo entra, pero la pinche mochila, con su toper de la comida se queda atorado. La puerta se abre de nuevo, viene el ritual: sonidito de alerta, voz de chica tipo tienda comercial: (tururú) “Permita el libre cierre de puertas”. Todos respiramos profundo, el aferrado, nos ve con ojos desorbitados, toma aire, se pone rojo, palanca, empujón y… otra vez su pinche toper. Va de nuevo. Tercera, cuarta vez. Se abre la puerta, sonidito de alerta, pero ya no se escucha la voz de chica tipo tienda comercial, en su lugar, la de la operadora que ya está hasta la madre por culpa del aferrado: (tururú) “Sino permiten el cierre de puertas no podremos avanzar”. Respiramos profundo, el aferrado, nos ve con ojos desorbitados, toma aire, se pone rojo, palanca, empujón y… ¡el toper!… ya no se atora. Uno de los de enfrente jala la mochila y la pone sobre la cabeza del aferrado. ¡Listo, la puerta cerró! ¡Por fin nos movemos!

Tres estaciones después, el calor en su esplendor. El vagón listo para el temazcal, justo hoy que está de moda. ¡Ah, no! Estamos recuperando nuestra memoria prehispánica.

¡La manga que!, si es un pinche negociazo. Además, yo me quiero como estoy.

 

– (tururú) “Antes de entrar, permita salir”.

 

¡Ah chinga, creo que me viajé!

¡Permiso, permiso!

¡Ai’ va el golpe!

¡Ora, no empujen!

¡Estoy embarazada!

 

¡Qué la chingada… soy la trece!

Octubre 27, 2016

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