Decía que no tenía nada.

      Ese doctor del Seguro Social sólo me dio unas pastillitas para el dolor de cabeza, me programó una cita para tres meses después, claro, no sin antes, dos meses y medio, estudios de laboratorio. Lo cierto era que yo creía que iba a morir. A cada rato me enfermaba del estómago, dejaba de comer, no dormía bien, sentía como taquicardias, ya ni se me antojaba mi novio y eso no ya no es normal, no es de dios. Entonces busqué la segunda opinión y la tercera y la cuarta: el consultorio de Los Similares, el consultorio del doctor Pérez, la prima de una amiga, especialista en trastornos del sueño, lectura del iris, del café, de los caracoles, de la mayonesa, del tarot, té de tila, de ajenjo, fumé mota, alineé mis chacras, le pedí al santo de las cosas difíciles, al santo… enmascarado de plata, bueno, hasta fui con doña Lenchita a que me hiciera una limpia. Mi tía me decía que lo más seguro era que cuando fui al panteón, a ver a mi abuelo, se me había pegado un muerto porque no llevaba la mitad de una cebolla debajo de la blusa. Todos estos malabares me llevaron a la misma respuesta: “No tienes nada”. Lo que si tuve seguro fue que debía trabajar más tiempo. Las visitas, los menjurjes y esas, otras, medicinas alternativas cuestan. Nadie en la vida hace las cosas gratis.

       Ya no la veía llegar, mis esfuerzos no funcionaban, quería echarme a correr, mandar todo a la chingada.

       Luego de la visita a doña Lenchita, por enésima vez, regresé a mi casa, entre a mi recámara, encendí la lap del trabajo y me conecté. Tenía que contestar los correos que se habían acumulado. Pasaba de la media noche y yo seguía en chinga, el dolor de cabeza regresó junto a un mareo. ¡Y si estaba embarazada! La verdad no creo, era mi ansiedad o a menos que el espíritu santo haya hecho de las suyas, otra vez, después de dos mil años.

       Cerré el correo y gogleé mis síntomas.

       ¡Ándale, encontré: Karoshi!

       Lo que me faltaba. Ya tenía bastante con mis otras palabras y prácticas para sanar y ahora llegaba esta palabra de juego de video japonés. Pero no venía sola, se acompañaba del siguiente título:

HORARIOS PROLONGADOS DE TRABAJO AFECTAN LA SALUD

       Pues ya estaba ahí, le dí click para seguir la liga…

       No, yo no trabajaba 11 horas diarias. Cuando me quedaba en la oficina, un par de veces a la semana, a lo mucho, estaba ahí dos horas después de mi horario de salida. Mejor terminaba el trabajo en mi casa, ahí estaba más cómoda -entonces no es depresión.

     ¡¿55 a la semana?! ¡Ni loca! Cumplía mis 48 horas como dice la ley.

     ¿Infarto?

     ¡Nada que ver!

     Lo que hago en mi casa, pues, es porque en la oficina ya no me da tiempo y no me siento cómoda ahí, además debo dar más. Con eso de la nueva organización hay más competencia, quienes no eran productivos fueron despedidos. A mi no me tocó, saben que puedo ser más productiva. Mi jefe, que es todo un líder, es consciente de ello y por eso me dio más actividades y responsabilidades. No le puedo quedar mal, debo responder a la confianza que tiene en mi.

      ¡Debo cuidar mi trabajo, allá, afuera, está bien difícil!

      Ahora resulta que el trabajo me va a matar. De dónde sacan eso del cortisol o lo de los patrones inconscientes o lo de las empresas mexicanas con escenarios malos y adversos o lo de la explotación, ya ni la chingan. Si dicen que en Alemania están mejor, por qué no se van para allá. Se quejan y se quejan pero no hacen nada.  

       El artículo ese, sólo me hizo enojar. Ese tal Páramo, quien escribió el texto, debería hacerle honor a su apellido e irse a Comala para encontrarse con sus fantasmas. No, mejor que se ponga a trabajar.

       Dejé esa página. Ya no estaba para esos discursos izquierdosocialcomunistas que se filtran por todos lados. Para colmo se hacen los cosmopolitas y cultos usando palabras raras y extranjeras. Deberían cuidar nuestra lengua… ¡El español es tan bonito! ¡Es la lengua de Cervantes!

       Volví a mi trabajo. Eran las dos de la mañana y no había hecho casi nada. Ya era tiempo de dejar la queja y desquitar el sueldo.

       Pasaron varios meses y mi salud empeoró, pero ya no hice caso, no tenía tiempo para esas cosas y opté por aguantarme. Maldita necedad.

       Era como descubrir el hilo negro…

fr_20161101_091520_-58325954

Lo que sigue es un epílogo:

       No sé si ella descubrió el hilo negro, a nadie le contó. De buena fuente me enteré que iría a Alemania, pero el único viaje que hizo fue al hospital. Claro que salió, bueno, el pasado día de muertos le prendí una veladora.

       In memoriam:      La carencia / Panteón Rococo

Anuncios