¡Está ahí!

       Su rostro, su sonrisa.

      Me acerqué. No dejaba de ver la profundidad en sus ojos cafés, casi oscuros. Su cintura se deslizaba entre mis manos. Roce sus labios con los míos. Después, despacio, comencé a besarlos, a morderlos, a llenar los míos con su dulzura. Ella respondió. Los míos, fueron totalmente, cobijados por los suyos. Nuestras lenguas jugueteaban, se buscaban desesperadas. Coqueteaban indecentemente, se reconocían, se encontraban como dos almas viejas que por el juego burdo del destino fueron separadas.

       Sus manos acariciaron, con ternura, mi rostro, como tratando de robar un suspiro o el resto de alma que me quedaba, para llevarla a un lugar distinto, tranquilo, donde, al fin, llega la magia de la soledad. En tanto, mis manos reconocían cada espacio de piel en su espalda.

       Sus párpados cerrados, sus mejillas, seguían siendo, viviendo como alguna vez las conocí. Nuestras bocas, continuaban tocando las entrañas, encendiendo el deseo contenido en una chispa, rozando el tiempo sin movimiento. Nuestros cuerpos se fundían para formar un sólo ente. Era necesario estar más cerca. Tanto como lo permitiera la intimidad de una azotea.

       De pronto, abrí los ojos, la miré.

       ¡Sí, era ella!

       La misma, que al nacer, con un susurro, describieron en mi oído.

      ¡Acá el audio: (Cuando abrí los ojos)!

Ciudá’ Monstruo, agosto 8, 2017

vhugopedraza@gmail.com

@victorhugo202

FB: Víctor Hugo Pedraza

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