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TRAVESÍA

¡Relatos del tiempo!

Categoría

Cuento

Un Alguien

–¿Está el güero?

–¿Cuál güero?

–¡Juan, John, José, Pepe!, creo que se llama.

–¡Ah, sí! Él no está –el dependiente respondió, inseguro y temeroso.

–¿Crees que tarde?

–Sí, acaba de salir.

El que llegó frunció el ceño, un tanto angustiado, seguro molesto. El dependiente sintió lo último y su actitud pasó a la defensiva.

–¡Háblale! Él me dijo que yo le hablara antes de venir, pero no traigo el teléfono –en tanto se buscaba en las bolsas del pantalón.

–Ah, y ¿qué le digo?, ¿quién lo busca?

–Él ya sabe.

La conversación se torno ambigua y misteriosa. Ninguno de los participantes daba más información.

–Pu’s espéralo.

–No, no, no, no puedo. ¿Por qué no le marcas? Él me dijo que lo hicieras.

–¡Espéralo!

–Vivo lejos. No puedo. Ya me voy. A ver cuándo regreso.

–¿Quieres que le de algún recado?

–No. Dile que vine.

–Ajá, pero quién le digo que vino. Él sabe quién eres, pero yo no. ¿Cómo le paso tu recado? ¿Le digo que vino Un Alguien a buscarlo?

 

Continuará muy pronto…

 

Cuando el sol debería estar en plenitud, sin embargo, las nubes lo cubren, justo, en el último suspiro del octavo mes, del 2019

vhugopedraza@gmail.com

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FB: Víctor Hugo Pedraza

I: @vhugopedraza

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Romeo y Julieta: el karma y sus atribuciones

—¡Claro que existe!

—¡Estás loco, eso no es real!

—¡Juro que sí! Mira, tal vez con las otras me equivoqué y agregué algunas cosillas de más, cosas sin importancia, pero eso ya quedó en el pasado. Además, ¿qué sería de la vida sin una pizca de ficción?

—Espera, espera, si quieres hacer literatura te equivocaste de lugar, eh.

—Para serte sincero siempre he creído que aquí me estoy desperdiciando, pero el mundo literario es tan injusto que no son capaces de ver, ni de aceptar, la originalidad y el talento, y, bueno, de algo tengo que vivir.

—Claro, eres el siguiente Nobel, ¿no? Vaya que estamos desperdiciándote. Mira, no te preocupes la puerta es muy ancha para que no te atores al salir, en cualquier momento te puedes ir y, seguro, cumplirás tu sueño.

—Tampoco, tampoco, no te pongas en ese plan, no te alteres. Sólo fue un chascarrillo.

—Mejor vete a trabajar y trae la nota que para eso te pagamos. Ah, pero una real, eh. Mira que si no tenemos el artículo listo para el fin de semana los anunciantes se van a arrepentir de invertir sus dineros con nosotros.

—Los anunciantes y ¿los lectores, qué?

—¿Vas a seguir? Esa discusión ya la tuvimos. Aquí los que pagan nuestros sueldos son los anunciantes. ¿Te queda claro?

—Sí, ya, está clarísimo.

Quiso azotar la puerta al salir de la oficina para reafirmar su descontento, pero luego pensó que sería una afrenta, ponerle más leña al fuego, pues, así que con mucha delicadeza la cerró. El pasillo hacia la escalera de salida parecía eterno, era un túnel que perdió sus dimensiones físicas en tanto que Joel seguía repitiendo y afirmando para sí la veracidad de su historia.

—Ese día no tomé el medicamento. ¡Claro que los vi!

Por la mañana, como todas las anteriores desde que comenzó a beber café y a fumar, Joel, estaba recargado sobre el alfeizar donde vivía la única planta del departamento, a la que no dejaba de regar, religiosamente, los miércoles de cada semana. Observaba cómo una gota de agua se resbalaba sobre una hoja para estrellarse, sin opción, contra la tierra húmeda contenida en la maceta. Sorpresivamente, el ladrido de varios perros lo sacaron de su ensimismamiento. Molesto, miro hacia el camellón que partía la avenida principal en dos. Entre los árboles secos —que más que levantar el ánimo enmarcaban el desconsuelo y el obvio desinterés de las autoridades de gobierno alimentando la clásica estampa desértica de aquel territorio rehabilitado— se debatían dos canes, entre gruñidos y la polvareda que levantaban al moverse en círculos. Parecía que en cualquier momento la pelea se desataría. Cosa que no llego a ser, porque aquello aparentaba un cortejo.

Joel dio el último sorbo al espresso que tenía en la taza miniatura junto a la planta. Del bolsillo derecho de su pantalón sacó una cajetilla de cigarros y un encendedor de plástico amarillo, de esos de a tres pesos. De la primera sacó un cigarro, lo llevó a sus labios, con el segundo lo encendió. La punta del cilindro con tabaco ardió con entusiasmo, aspiro el humo, lo contuvo unos segundos y con una gran bocanada lo dejó salir. Los sabores del café y del tabaco se combinaron dentro de su boca y Joel, lleno de éxtasis, cerró los ojos para desconectarse, indudablemente, de este mundo.

—¡Agárralo, agárralo!

—No se deja.

Aquellos gritos reconectaron a Joel. No muy conforme, enojado en realidad, miró buscando qué era lo que pasaba. En el territorio rehabilitado, donde los canes expresaban sus cortejos de apareamiento había dos personas, las que se gritaban entre sí para atrapar a los perros. Era una mujer y un hombre vestidos como cirujanos, con dos piezas de lo que parecía una pijama (pantalón y casaca) verde. Se debatían el turno para tratar de acercarse a la pareja canina. Joel desde la ventana no entendía tal esmero. Abajo, los empijamados ejecutaban un tipo danza que los acercaba o alejaba de los animales.

Sus intentos eran inútiles, cansados e infructuosos, así que decidieron esperar. Fueron a las bancas —esas de parque, las viejas, las negras despintadas, las que rematan su diseño con medallones que enmarcan una figura, tal vez, de un escudo familiar o de las ilustraciones de un cuento fantástico, sí, las de tipo francés (supongo que llegaron al país con el porfiriato y su imperante alusión a ese estilo)— y un tanto agobiados se sentaron.

Los cortejos continuaban. Pasaron varios minutos y Joel completamente intrigado seguía observando, esperando el desenlace. Los de la pijama bostezaban, intercambiaban lugar en la banca, se levantaban, reían un poco, regresaban al silencio, se miraban. Después de unos minutos se hicieron señas y el empijamado, presto, se levantó para cruzar la calle y entrar a una veterinaria. Hasta aquí Joel resolvió uno de los enigmas: los de la pijama verde eran veterinarios.

El hombre regresó con un lazo y un bozal. Luego de unos minutos logró ponerse a una corta distancia del macho. Con la habilidad y destreza del mejor cowboy del viejo oeste lazó al perro. Éste se resistió, pero al final sucumbió ante los dotes del vaquero. Ella, la que recibía el cortejo del ahora detenido sin esperar más salió corriendo despavorida. Los veterinarios sometieron al can y le colocaron el bozal. Cruzaron la calle, dejaron atrás el territorio rehabilitado y entraron a su local con el presunto culpable, no, mejor dicho, con el perro.

Joel, intrigado y con la suspicacia que lo caracteriza comenzó a elucubrar una historia mientras se dirigía al perchero, junto a la puerta principal, donde colgaba su sombrero, el Sidney Confort negro, el Tardan, el viejo, el que ha usado por más de 40 años:

—¿Si es un secuestro? -Aún dudaba de lo que vio.

—Tiene todas las características: lo estuvieron observando, esperaron el momento justo, lo amordazaron y el levantón. Sólo falta que pidan rescate o no, puede que ya tengan el negocio hecho. Qué tal que son parte de una banda que suministra a los puestos de barbacoa del rumbo. Dicen por ahí que con esos animales cocinan ese tradicional, sabroso y bendito platillo, porque el costo se reduce bastante.

Con esa idea en la cabeza, además del sombrero, el periodista salió de su departamento. Bajó, en pocos minutos, la escalera que lo llevó a la entrada del edificio. Corrió hacia el territorio rehabilitado. Atravesó la avenida que lo separaba de la veterinaria. Frente a él, un lugar con las paredes pintadas de color gris, dos grandes cortinas de acero enrolladas sobre un cancel blanco que resguardaba el interior adecuado para la atención de animales: jaulas, alimento, juguetes, estética, en fin, toda la parafernalia.

Joel, sin abrir la puerta del cancel observaba el espacio. Del lado derecho, de espaldas, el vaquero y su compañera con pijama. Frente a ellos varias jaulas.

Con mucha cautela, Joel, deslizó una jaladera que fue abriendo el cancel. Sin decidirse a entrar escuchaba el diálogo entre los empijamados, que absortos en sus menesteres no daban cuenta de la presencia a sus espaldas.

—Pobre amigo, mira, se revolcó, lo zarandearon, la novia se escapó, ni cogió y ahora lo vamos a poner listo para que pueda andar por ahí sin dejar hijos regados.

—Ni modo.

Al escuchar ésto, Joel se espantó. Sin perderlos de vista dio unos pasos atrás, dejó la puerta abierta y, rápidamente, corrió hacía el territorio rehabilitado.

Tratando de esconderse. Revisó con la mirada el espacio y encontró un árbol frondoso, justo para que nadie lo viera. Caminó hacia la banca francesa junto al árbol y se sentó sobre ella, ladeo su sombrero para que éste le ocultara la cara y nadie lo reconociera. Nervioso sacó la cajetilla de Faros del bolsillo de su pantalón, la cual, nunca dejaría de estar ahí. Después de tres intentos, el encendedor logró hacer flama y con un jalón, el tabaco se iluminó de rojo. Joel fumaba con desesperación. No tardó mucho en prender otro Faro con el último suspiro del anterior. La colilla salió volando luego de un diestro movimiento al tocar el dedo índice con el pulgar de la mano diestra. La siniestra, jugueteaba con el ya inservible encargado de prender los cigarros.

En tanto la mente del periodista masticaba una y otra vez la conversación y los hechos que, antes, había presenciado. ¿Era o no un secuestro?, ¿existía la banda clandestina de proveedores para la barbacoa?, ¿la empijamada y el vaquero eran parte del negocio?

Posterior a tantas cavilaciones, a tanto atar cabos, a la falta de la pastilla, al desesperado consumo de tabaco, Joel resolvió que sí. Todo era real: el secuestro y la banda clandestina. Entonces su deber consistía en sacar a la luz pública el resultado de esa investigación. Lleno de certidumbre, y sin chistar, salió con rumbo al periódico. Ya veía el encabezado de la edición matutina, a ocho columnas:

Se descubre banda clandestina de…

El vaquero caminaba de la mano de su chica, un viernes ya de madrugada, luego de una romántica cena y de los muchos mezcales. La velada pintaba para terminar con pasión desbordante.

Todo iba bien hasta que, casi, al llegar a la casa de ella, una patrulla, de esas estatales, les aventó la luz. Cuando los alcanzó, la mujer policía bajo el vidrio de su ventana y les ordenó detenerse. Ellos obedecieron a pesar de no saber el motivo. La pareja de uniformados, visiblemente pasados de peso, bajaron del auto, ajustaron sus cinturones, acomodaron sus armas, al unísono cerraron las puertas y se dirigieron a los solitarios transeúntes:

—Buenas noches jóvenes.

—Buenas.

—¿Por qué andan por aquí tan noche?

—Vivo ahí adelante.

—Ah, mire, qué bien señorita.

—¿El joven es algo de usté’?

—¿Hay algún problema?

—Es que reportaron a un sospechoso con las características del muchacho.

—¿Con mis características?

—Cabello largo, tatuajes, aretitos, esa fachita.

—¿Esa fachita?

—No hagas caso, mejor ya vamos a mi casa.

—¡A dónde, a dónde, no se pueden ir! Revisaremos al joven. Es de rutina. Joven dese vuelta, las manos sobre la pared y abra las piernas. Usté’ también señorita. Pareja ayúdeme con la damita.

—¡No! ¿Por qué?

—No se resistan, les vairpior. Mejor cooperen.

—¡Qué no, no hicimos nada!

—¡Ah, se están resistiendo!

Sin pensarlo, el guardián del orden sacó un tolete y asestó un golpe en las costillas del vaquero. Éste se dobló a causa del dolor y calló de rodillas al piso. Un par de patadas lo acompañaron. Su chica gritó. Presta la señorita policía le recetó una cachetada que le rompió el labio. El llanto vino después.

El policía estatal pidió refuerzos con el radio portátil que colgaba de su hombro. Un par más de patrullas llegaron al lugar de los hechos. Los vecinos despertaron asustados al escuchar la trifulca. Miraban protegidos detrás de las cortinas de sus ventanas.

—Pobres muchachos, pu’s míralo a él. Con esas fachas qué esperaba.

—Sí, pa’ mi que vende drogas.

—Ella se ve de buena familia, pero eso saca por andar con esas amistades. Espera, creo que es la hijita de doña Gertrudis, ¿no?

—Sí, pero, haber, pa’ qué se junta con ese delincuente. Seguramente la policía ya sabía lo que hace y lo estaban siguiendo para, en el mejor momento, agarrarlo. Ya vez que ahora con todos los estudios que les dan son mejores.

—Ni modo ya estaba de Dios. Mejor ya vamos a dormirnos no vaiga siendo que nos quieran echar la culpa de algo.

—Sí, mejor. Oye y el escuincle no será de la banda clandestina de…

El vaquero terminó en los separos. Pobre amigo, quedó madreado, sin novia, ni cogió y, bueno, lo único que le quitaron fueron las agujetas y el cinturón.

P. D. De la banda clandestina de.. no se sabe nada a ciencia cierta. Sus inicios son desconocidos. Sigue siendo una leyenda urbana que se relaciona con las creencias, los mitos y los misterios populares.

Ciudad Monstruo, enero 22, 2019

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FB: Víctor Hugo Pedraza

Karoshi: en busca del hilo negro

Decía que no tenía nada.

      Ese doctor del Seguro Social sólo me dio unas pastillitas para el dolor de cabeza, me programó una cita para tres meses después, claro, no sin antes, dos meses y medio, estudios de laboratorio. Lo cierto era que yo creía que iba a morir. A cada rato me enfermaba del estómago, dejaba de comer, no dormía bien, sentía como taquicardias, ya ni se me antojaba mi novio y eso no ya no es normal, no es de dios. Entonces busqué la segunda opinión y la tercera y la cuarta: el consultorio de Los Similares, el consultorio del doctor Pérez, la prima de una amiga, especialista en trastornos del sueño, lectura del iris, del café, de los caracoles, de la mayonesa, del tarot, té de tila, de ajenjo, fumé mota, alineé mis chacras, le pedí al santo de las cosas difíciles, al santo… enmascarado de plata, bueno, hasta fui con doña Lenchita a que me hiciera una limpia. Mi tía me decía que lo más seguro era que cuando fui al panteón, a ver a mi abuelo, se me había pegado un muerto porque no llevaba la mitad de una cebolla debajo de la blusa. Todos estos malabares me llevaron a la misma respuesta: “No tienes nada”. Lo que si tuve seguro fue que debía trabajar más tiempo. Las visitas, los menjurjes y esas, otras, medicinas alternativas cuestan. Nadie en la vida hace las cosas gratis.

       Ya no la veía llegar, mis esfuerzos no funcionaban, quería echarme a correr, mandar todo a la chingada.

       Luego de la visita a doña Lenchita, por enésima vez, regresé a mi casa, entre a mi recámara, encendí la lap del trabajo y me conecté. Tenía que contestar los correos que se habían acumulado. Pasaba de la media noche y yo seguía en chinga, el dolor de cabeza regresó junto a un mareo. ¡Y si estaba embarazada! La verdad no creo, era mi ansiedad o a menos que el espíritu santo haya hecho de las suyas, otra vez, después de dos mil años.

       Cerré el correo y gogleé mis síntomas.

       ¡Ándale, encontré: Karoshi!

       Lo que me faltaba. Ya tenía bastante con mis otras palabras y prácticas para sanar y ahora llegaba esta palabra de juego de video japonés. Pero no venía sola, se acompañaba del siguiente título:

HORARIOS PROLONGADOS DE TRABAJO AFECTAN LA SALUD

       Pues ya estaba ahí, le dí click para seguir la liga…

       No, yo no trabajaba 11 horas diarias. Cuando me quedaba en la oficina, un par de veces a la semana, a lo mucho, estaba ahí dos horas después de mi horario de salida. Mejor terminaba el trabajo en mi casa, ahí estaba más cómoda -entonces no es depresión.

     ¡¿55 a la semana?! ¡Ni loca! Cumplía mis 48 horas como dice la ley.

     ¿Infarto?

     ¡Nada que ver!

     Lo que hago en mi casa, pues, es porque en la oficina ya no me da tiempo y no me siento cómoda ahí, además debo dar más. Con eso de la nueva organización hay más competencia, quienes no eran productivos fueron despedidos. A mi no me tocó, saben que puedo ser más productiva. Mi jefe, que es todo un líder, es consciente de ello y por eso me dio más actividades y responsabilidades. No le puedo quedar mal, debo responder a la confianza que tiene en mi.

      ¡Debo cuidar mi trabajo, allá, afuera, está bien difícil!

      Ahora resulta que el trabajo me va a matar. De dónde sacan eso del cortisol o lo de los patrones inconscientes o lo de las empresas mexicanas con escenarios malos y adversos o lo de la explotación, ya ni la chingan. Si dicen que en Alemania están mejor, por qué no se van para allá. Se quejan y se quejan pero no hacen nada.  

       El artículo ese, sólo me hizo enojar. Ese tal Páramo, quien escribió el texto, debería hacerle honor a su apellido e irse a Comala para encontrarse con sus fantasmas. No, mejor que se ponga a trabajar.

       Dejé esa página. Ya no estaba para esos discursos izquierdosocialcomunistas que se filtran por todos lados. Para colmo se hacen los cosmopolitas y cultos usando palabras raras y extranjeras. Deberían cuidar nuestra lengua… ¡El español es tan bonito! ¡Es la lengua de Cervantes!

       Volví a mi trabajo. Eran las dos de la mañana y no había hecho casi nada. Ya era tiempo de dejar la queja y desquitar el sueldo.

       Pasaron varios meses y mi salud empeoró, pero ya no hice caso, no tenía tiempo para esas cosas y opté por aguantarme. Maldita necedad.

       Era como descubrir el hilo negro…

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Lo que sigue es un epílogo:

       No sé si ella descubrió el hilo negro, a nadie le contó. De buena fuente me enteré que iría a Alemania, pero el único viaje que hizo fue al hospital. Claro que salió, bueno, el pasado día de muertos le prendí una veladora.

       In memoriam:      La carencia / Panteón Rococo

SOY LA TRECE…

Hora pico, Ciudad de México.

Hace tiempo subieron el precio al boleto del metro, entonces, dijeron, todo iba a ser como de primer mundo. Puras mentiras. Ni los vagones son modernos y mucho menos hay más. Entonces estoy aquí parada junto a otras treinta personas, justo las conté, vaya que tengo tiempo; esperando a que llegue el tren. Ojalá me toque frente a una puerta. Bueno, seguro no me escapo de los empujones y hasta las socorridas mentadas de madre en cuanto se abra.

 

-Son 12 lugares en el vagón, al lado de la puerta. Ah, pero, 12 a la izquierda y 12 a la derecha. No, pero, cada puerta está a la mitad. Entonces son 6…

 

¡Chale!, ya de por sí traigo el estrés hasta el tope y este cuate haciéndose el gracioso con sus cálculos. Además, ni siquiera puedo escuchar el radio, no tengo señal en el celular. Así por lo menos evitaría fumarme las mariguanadas de este tipo. ¡Caray, hasta tiene a sus amigos con la boca abierta!

 

-Miren, estamos en la segunda fila de 5 personas, somos el 6, 7 y 8. Seguro nos toca lugar. Tú te mueves pa’ la izquierda y tú y yo a la derecha.

 

¿Es neta?

 

Ya me estoy imaginando el sonidito de alerta (tururú) y luego la voz de la chica tipo tienda comercial: “Antes de entrar, permita salir”. Ya mero. En cuanto la puerta abra, vámonos pa’ dentro y no es que quieras, te lleva la corriente. Estando dentro, sin importar sexo, estatura o condición social, alguien ya te está respirando sobre la nuca o casi te da un beso o te pone el sobaco cerca de la nariz o te da un arrimón o te toca la mano, fingiendo que busca el pasamanos para agarrarse, claro, porque no te tocó lugar.

 

(tururú) “Permita el libre cierre de puertas”, entona la dulce voz femenil.

 

Pero no se puede. El aferrado con su mochila no lo permite. Ve que no entra y le vale. Mete la mano, se apaña del pasamanos y cuando viene el cierre de la puerta hace palanca y empuja a todos. Su cuerpo entra, pero la pinche mochila, con su toper de la comida se queda atorado. La puerta se abre de nuevo, viene el ritual: sonidito de alerta, voz de chica tipo tienda comercial: (tururú) “Permita el libre cierre de puertas”. Todos respiramos profundo, el aferrado, nos ve con ojos desorbitados, toma aire, se pone rojo, palanca, empujón y… otra vez su pinche toper. Va de nuevo. Tercera, cuarta vez. Se abre la puerta, sonidito de alerta, pero ya no se escucha la voz de chica tipo tienda comercial, en su lugar, la de la operadora que ya está hasta la madre por culpa del aferrado: (tururú) “Sino permiten el cierre de puertas no podremos avanzar”. Respiramos profundo, el aferrado, nos ve con ojos desorbitados, toma aire, se pone rojo, palanca, empujón y… ¡el toper!… ya no se atora. Uno de los de enfrente jala la mochila y la pone sobre la cabeza del aferrado. ¡Listo, la puerta cerró! ¡Por fin nos movemos!

Tres estaciones después, el calor en su esplendor. El vagón listo para el temazcal, justo hoy que está de moda. ¡Ah, no! Estamos recuperando nuestra memoria prehispánica.

¡La manga que!, si es un pinche negociazo. Además, yo me quiero como estoy.

 

– (tururú) “Antes de entrar, permita salir”.

 

¡Ah chinga, creo que me viajé!

¡Permiso, permiso!

¡Ai’ va el golpe!

¡Ora, no empujen!

¡Estoy embarazada!

 

¡Qué la chingada… soy la trece!

Octubre 27, 2016

¿“MALOS HÁBITOS”?

Contar esto me da un poco de vergüenza, pero sólo un poco, al final sigo siendo el mismo cínico de siempre. Bien dicen que las personas nunca cambian. Pero bueno, esto no pretende ser una declaración psicológica – ¿aún se sigue escribiendo con /p/ esa palabra? – o parte de un ensayo terapéutico para callar esas otras voces en mi cabeza. Tampoco es parte de una justificación y mucho menos busco el auxilio de un alma caritativa, claro, no me negaría a la compañía de alguien.

¡Ah!

¡Tal vez esa sea la respuesta a este extraño hábito!

¿La compañía de alguien?

Suena bien y hasta da categoría. Entro al grupo de los corazones rotosysolitarios, también en el de los de varoysinamigos o en los sabelotodoegocentricosantisociales. Pero, pensándolo bien, ese tampoco es el camino, porque solo o acompañado me da lo mismo.

¿Será económico?

Una ocasión fue esa la causa. Entré ahí porque no tenía dinero para comprarlo. Caminaba ya noche, eran como las once y me moría por él. Metí la mano a la bolsa del pantalón, encontré unas monedas, las conté y para mi desgracia no me alcanzaba. Era injusto, no en realidad. Siempre guardaba para el último al final de la quincena, esa ocasión no sé qué pasó, creo que se me atravesó un libro. En fin, me moría de las ganas. De pronto, como un oasis –no es comercial, no tiene que ver con esas tiendas que venden pura chatarra-, un anuncio con luces neón, azules y blancas, formando la repetición de letras más hermosas: el doble A de 24 horas.

Mi mente comenzó a carburar. Ese era el lugar donde podría conseguirlo y lo mejor es que era gratis. Entré con toda seguridad. Subí las escaleras al primer piso, luego de pasar una puerta pequeña y maltratada a mi izquierda, un don, delgado, casi cadavérico me dio la bienvenida. Agradeció que estuviera ahí, que hubiera dado el paso decisivo para cambiar mi vida. Me recetó un gran abrazo, efusivo. Después dándome el paso me señaló la mesa donde estaba lo que buscaba. Sin más, me acerqué y lo tomé. Caminé al fondo del lugar, después de cuatro filas de sillas y casi de frente a la tribuna, donde un tipo decía algo, me senté.

Caliente, entre mis manos, lo acerqué a mi boca. Mis labios vibraron a su paso. Éste fue fulminante, cada parte de mi cuerpo se desbordó en el placer, era el clímax, la iluminación. Me desconecté.

 

Como todo en este mundo lo que empieza debe terminar y este momento no era la excepción. Regresé a la Tierra. Me levanté de la silla. Alguien en la tribuna decía algo. Caminé a la puerta y salí de la mano de una gran sonrisa. Lo repetí tantas veces como pude, sin importar que trajese dinero. Claro, era versátil, pasé por todos los AA de la colonia y algunos de las calles aledañas. El problema fue cuando se acabaron los lugares y repetí uno. El don cadavérico me reconoció y me preguntó por el día en que iba a compartir. Si traía dinero para la coperacha, pero él no se refería a eso. Se trataba del cuándo me subiría a la tribuna para hablar.

¡Chale!

Hasta ahí llegó nuestro romance.

 

Regresé a los hábitos comunes: pagar por él, buscar la mejor calidad, que estuviera caliente, algún encuentro con una desconocida para platicar de hijos, carreras truncas, esposos infieles, novelas en la televisión, fútbol, la tendencia otoño-invierno, proyectos que no pasaran de ahí, no por falta de entusiasmo, sino, por falta de trabajo. Terminé con la cara embarrada de tristeza y aburrición. Necesitaba tenerlo otra vez, como en aquellos tiempos mozos del AA. Ese tórrido romance de primera vez, pero… no podía regresar, la relación ya era imposible, quedamos como amigos.

 

A la vuelta de una semana, el papá de un amigo murió. Como es la costumbre fui al velorio. Llegué solo. Al entrar a la casa donde estaba el cuerpo miré a un montón de gente que no conocía. Todos vestían de negro, algunos lloraban, otros platicaban anécdotas con el difunto. A mi cuate no lo vi, seguro estaba con su familia. No hice por buscarlo. Seguí observando a la gente, sus gestos, sus movimientos.

De pronto, cuando la noche hacía su mejor presentación, lo miré ahí, todo tierno sobre una mesa. Me decía “tómame, estoy caliente”. Sin pensarlo me acerqué, de pies a cabeza temblé, era un sueño mágico-musical. Sólo estaba esperándome. Una vez más el éxtasis: ¡el amor es real! Recordé mi primera vez, pero está la superaba. Juré no separarnos otra vez y lo he cumplido cabal. No falté a ningún velorio alrededor de mi casa. Después amplié le rango: mi colonia, otras colonias. Fue desgastante, pero valía la pena. En poco tiempo ubiqué las funerarias para llevar una agenda más completa, no falté a ningún velorio, rosario y levantada de cruz. Agarré tanto cayo que hasta pude representar la cara de doliente con el más profundo pésame.

¡Todo por él!

 

A la fecha sigo con este hábito. No creo que sea malo, no lastimo a nadie. Llego con todo el respeto que los deudos merecen, bueno, el ramo de flores o a veces hasta una pequeña corona llevo, según el lugar. Ya es mucho vivir la pena de perder a un ser querido, como para que yo llegue preguntando dónde puedo servirme café.

 

P. D. Tampoco es económico.

P. D. 1. Se recomienda escuchar Rebel, rebel / David Bowie, para darle un poco de sabor al café.

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Nos han dado la tierra / Juan Rulfo

¿Será que tampoco “decimos lo que pensamos” porque “las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera, y se le resecan a uno en la lengua”?

¿Será que esta tierra que nos han dado sea igual a la que Rulfo describe en su cuento? o ¿Sólo así la queremos ver para continuar hundidos en nuestra comodidad, en nuestra cotidianidad?

Este cuento tuvo, tiene y tendrá un sin fin de interpretaciones, todas en la medida de cuantos lectores pasen por ahí. Para mi ese llano tan adverso puede ser la representación metafórica del alma, tal vez de la modernidad, seguro del campo mexicano o una simple insinuación producto de la imaginación.

¡Aquí el cuento completo!

 

¿CÓMO TE LLAMAS?

Es media noche, otra vez, intento recordar para escribir, para recrear el pasado. Pero qué sentido tiene: ¿lastimarme? No, ya no. Recordar entonces es descubrirte, volver a verte ahí, tierna, hermosa.

Sólo tengo el valor de saludarte, como todos los miércoles. Me gustas, pero no sé sí deba decírtelo, tampoco sé cómo. Es gracioso tener esta incertidumbre, se supone que a mi edad, debería saberlo o ¿debería consultar un manual?: Conquístela en 10 pasos. ¡Manual for idiots! Para todo existe uno de éstos, un deber ser. Bueno, para mi caso, no estoy muy seguro.

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Comenzaré invitándola a salir: un café, un té o una cerveza; una película. ¿Le gustará el diseño gráfico?, ¿será que una cosa vaya con la otra? Espero que sí. ¡Qué tal que le atino! Debería preparar todo el tour. ¡Ah!, pero no sé con cuánto tiempo cuento, tal vez ella tenga que regresar temprano a su casa; qué tal que su mamá la espera sentada en el sillón de la sala viendo una película de Marlo Brando; si su papá también espera escondido detrás de las cortinas de la ventana de su recámara sosteniendo una escopeta, esperando a que lleve a su hija para después soltarme unos balazos; qué tal que ella debe estudiar para preparar su tesis doctoral sobre medios libres, alternativos, autónomos o como se llamen; y si vive solo con su perrito y debe llegar a darle de comer; o si prepara un proyecto que revolucionará la industria farmacéutica, y si nos convertimos en una pareja de yonquis que viaja a través de Estados Unidos por la Ruta 66; y si terminamos desayunando desnudos en el lobby de un hotel en Reforma; y si se termina el 2 x 1 en los detergentes para ropa; y si esta “Declaración de odio” no es otra cosa que “Estar simplemente como delgada carne ya sin piel”; y si el sueño de California se diluye y en su lugar aparece uno más frío o si el rocanrol deja de sonar en mi corazón; qué tal que “La Tormenta” nos traga, mientras que nos peleamos por ser el MC o por sacar provecho de cada paso en nombre de la revolución; y si mi romanticismo no cabe en tu modernidad.

 

¿Por qué pensé en una diseñadora gráfica?

 

¡Y si mejor me callo y antes de invitarla a salir le pregunto su nombre!

Reporte de lectura

“La literatura hispanoamericana de fin de siglo”

Rafael Gutiérrez Giradot

¿Reporte de lectura? ¿Será que el maestro no confía en nuestro compromiso con eso, con la lectura y debemos escribir sobre algo que ya leímos para comprobarle? Tal vez nuestra poca participación en clase le da motivos para pensar que nos hacemos güeyes. Yo también lo pondría en tela de juicio, pero no es así. No participamos porque nos da miedo hablar, qué tal que alguien más dice algo inteligente y quedamos en ridículo.

                  No, eso nunca, “antes muerto que sencillo”.

             Eso no puede pasar, somos estudiantes de letras, por tanto, sabemos un chingo, bueno, hasta traemos nuestro disfraz de escritor, ¡qué no!

                 Pues bueno, lo que sigue será mi reporte. Debe quedar chingón, soy escritor y nadie puede decir lo contrario.

“El que no fuma, no alucina”

Miércoles de ceniza.

La puñeta. Cinco integrantes, tributo a Pixies.

 

Así comenzó la noche. Medio litro de chela en tarro escarchado y una hamburguesa insípida. En el escenario una batería que rompió el silencio, estruendosa, enérgica, con ánimo de convertir tonos azules en rojos. Un bajo, serio, dedicado a ejecutar sólo la rola, le faltó alma. En la voz virtuosismo y sensualidad. Lástima que no duró mucho, el mezcal no funcionó. Ella tuvo que claudicar en varias ocasiones.

La selección de rolas fue un viaje desde lo más conocido hasta lo más oscuro de la banda coveriada. La puñeta logró conectar con algunos asistentes, no éramos muchos. Una hora de sublimación para los fans, para otros no tanto. Sorbíamos traguitos chela. Esperábamos algo que nos desprendiera de la apatía y el agobio laboral.

Silencio.

En minutos los músicos se transformaron en el staff, el escenario entonces fue sólo un esqueleto. Entre la penumbra, sombras colocando mesas, computadora y mezcladoras. Al mando de éstas dos tipos con gafas oscuras. ¿Será que pueden ver en medio de la oscuridad del lugar o sólo es parte de su vestuario?

La compu soltó sonidos. Los de lentes mezclaron volúmenes: agudos, bajos, graves y esas ondas. Luego de varios clicks, música. Ecléctica para mi gusto, bueno, los de lentes son artistas, ellos saben.

Otro medio litro de chela llegó a mi mesa. Ya entonado la música cambió de tono. ¡A bailar!, como no: rocanrol, rocabili, surf. La noche cambió de ritmo, yo también. No paré de bailar. El alcohol en mis venas se evaporó junto con el estrés laboral y esas aflicciones modernas.

Pasaron horas, los pies y la garganta reclamaron. Detuve la fiesta un momento para descansar y chefrescarme.

A la pista de nuevo.

 

Como todo en la vida, el momento debía terminar. Así fue, pero sin antes, la poderosa cumbia, con ella los pasos de baila mi rey.

 

 

Quién lo diría, lo que al principio parecía una oscurifiesta, se convirtió en un esquizofrénico baile.

 

¡Así esta gran ciudad!

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