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TRAVESÍA

¡Relatos del tiempo!

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En el camino

¿CUÁL ES TU SIGUIENTE VIAJE?

Pensaba en qué escribir, corté el yuris a la medida del boleto para pegarlo en la hoja de mi libreta, lo presenté. En tanto recordaba momentos de aquellos días en CUE, así dice el destino del ticket. Después reflexionaba sobre la pregunta que titula este texto:

            ¿Cuál es tu siguiente viaje?

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            En eso estaba cuando me topé con “The balllad of whiskey & tears” de Creosote. Mi english no es el que deseo, es lo aprendí en la secu y en esas escuelas que dicen que te harán hablar inglés como nativo de Londres o Washington, en el mejor de los casos, pero algo me ayuda. Entonces lo primero que pude entender fue la palabra whiskey, eso me llamó la atención, después terminé de leer el resto del título y claro, escuchar la canción como tal: la voz rasposa, tono whiskey, del vocalista, la guitarra acústica en el mejor tono, había otro instrumento, pero no lo reconocí, se nota mi poca cultura musical, que particulariza la rola y el ambiente romántico, oscuro, melancólico que me produjo escuchar esas notas. Busqué la traducción de la letra en Interné’, para entender mejor. No encontré nada (¡raro!). Pasé por diferentes páginas, hasta que llegué a “el catálogo de letras más grande del mundo”: musixmatch. Me entusiasmó el eslogan, pero no lo entendí bien. Pensé que seguro ahí encontraría lo que buscaba. No fue así. Esas palabras se refieren a que es el catálogo más grande y no que tenga todas las letras del mundo. Me quedé con las pocas frases que caché al escuchar la balada del whiskey y las lágrimas.

            Regresé entonces a la reflexión primera. Descubrí que el viaje a CUE fue tan rápido que no tuve oportunidad de tirar, dicen los que saben, tomar, para los otros, por lo menos una foto. Recordé algunos momentos de un temazcal, alguna comida, una plática, pero lo más importante se quedó en mi corazón y ahí seguirá, por el momento.

            Caí entonces en la cuenta de que lo escrito hasta ahora es en sí un “viaje”. No de la forma tradicional: terminal, boleto, autobús, carretera, otra terminal y viceversa, movimiento de un lugar a otro. El Diccionario de la Real Academia Española dice al respecto: traslado que se hace de una parte a otra. Qué tal, se parece a lo que antes escribí, ¿no? Me trasladé, en pensamiento, de un lugar a otro, de un tiempo a otro.

           ¿Cuál es mi siguiente viaje?

           ¡A donde sea!

El viaje cobra otra dimensión, otro significado. Basta con cerrar los ojos, escuchar una canción, escribir esto, para lograr “el traslado de una parte a otra”.

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El pasado en una ciudad: Querétaro

La ciudad me despidió de manera guapachosa, en el metro “Cali” del Grupo Niche. Así, pura salsa. Ganas no me faltaron de quedarme a sacarle brillo a la pista.

¡Qué ciudad tan ecléctica!

Tacuba, El Rosario, Instituto del Petróleo… Central del Norte con sus letras neón azuladas, era tierra prometida. En mi rostro una sonrisa.

Con boleto en mano al autobús, luego la carretera. La noche en su esplendor: gasolineras, casetas, camiones y muy cerca del oído y en corazón Caifanes. Tres horas después y con el firmamento tapizado de luces: la ciudad de Querétaro. A ver cómo me trata mañana.

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Había que buscar un lugar para dormir, e lo ahí Santa Lucha. Mi primera vez en un hostal, me tocó el área de los técnicos. Era una casa antigua, me cuenta Héctor, encargado del lugar. La habitación era espaciosa, alta. En el techo había unos travesaños de madera, la puerta, también de madera, de dos hojas con un par de vidrios al centro. El piso adoquinado y figuras de margaritas al centro. En ese ambiente recordé lo escrito por John Kenneth Turner en su libro México bárbaro, donde describió el México de las haciendas productoras de henequén, entonces parecía que estaba dentro del libro, era yo uno de sus personajes. Claro, estamos en pleno siglo XXI y la “modernidad” está en cualquier lugar, por ello el Santa Lucha, no pasa sin formar parte, así, yo viví, como dije, en el área de los técnicos, en frente vi la tercera caída, al fondo la cocina, nombrada El itacate. Las máscaras de luchadores, la telaraña de cables con focos colgando al puro estilo serie navideña no faltan. ¡Ah!, para no desentonar el ring con luchadores de juguete sobre un mueble en la recepción. Sí, el hostal es el gusto por la lucha libre fincado en el pasado tradicional de una ciudad llena de historia.

¡A dormir!

Por la mañana los pajaritos me despertaron, era extraño escucharlos. Ya era momento de caminar la ciudad. Me recomendaron unas gorditas en el Parque Guerrero.

¡Ya hacía hambre!

Con el santo y seña di con Las gorditas del Guerrero: dos de migajas y un chesco, la medida exacta. Dice doña Esther que están acá desde 1978. Cabíamos 8 personas sentadas dentro del pequeño local, afuera llegué a contar 10. Bueno, llegaban comían y se iban. Las gorditas echas de guisado y la masa de puro maíz eran para chuparse los dedos.

¡Con la batería cargada, a seguir caminando!

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Barbería y peluquería anunciaba el letrero. Sonreí, por fin me afeitaría, otra primera vez. Lo más cerca que estuve de esto fue en las películas, ya me tocaba, ¿no? ¡Era mi momento! Me planté frente a la puerta de madera lustrada y vidrios biselados. Entré, una chica me recibió, tomó mi mochila y sudadera para después colgarlos en un perchero. En tanto, yo no dejaba de mirar aquel lugar, fue como pasar por la puerta del tiempo y regresar a los años treinta: a mi izquierda una decena de máquinas de escribir viejísimas dentro de una vitrina. De frente, sobre una repisa adornada con grandes espejos, cámaras fotográficas del mismo tono que las máquinas. Debajo de los espejos, mesas de ébano, donde estaba todo lo necesario para el trabajo de barbero y peluquero. A la derecha, radios, sobra decir su edad. En la pared, fotos del rey Elvis Presley sentado sobre una silla de barbero, con toalla al cuello esperando el correspondiente servicio.

Susana, la chica que me recibió, terminó de preguntarme por lo que quería. Sin contener mi sorpresa, sólo pude balbucear: “la barba”. Me sonrío. De pronto un chico, elegantemente vestido de negro, me ofreció una silla.FR_20160401_154211_-566623601

-Por aquí por favor, me dijo.

Me senté. El chico me ofreció algo de beber.

-Agua, respondí.

-¿Cómo quieres tu barba?, preguntó el joven barbero.

Ah caray, ¿hay tipos?, pensé. Mi expresión fue contundente, el chico, comenzó a pronunciar tipos: delineada, larga, peinada o que creciera. Le dije que sí al delineado.

La silla se reclinó, casi estaba acostado. Una capa permeable me cubrió del cuello a los tobillos. Dos toallas me cubrieron el rostro, una de ellas los ojos, la otra el rostro, excepto la nariz. Después, una brocha con jabón se deslizó alrededor de la barba.

-Te pondré una tolla caliente. Me dices si la aguantas.

No estaba muy caliente, pero era tan placentero que me relajé, cerré los ojos y comencé a dormitar. En segundos sentí la destreza de una navaja sobre mi rostro. Así pasé varios minutos hasta que aquellos movimientos se terminaron.

-Te pondré alcohol. ¡Ahí va, eh!

Vaya ardor. Aguanté. Luego colonia y listo.

José giró una palanca en el sillón y éste me dejó sentado nuevamente. En tanto, mi joven barbopeluquero me contó de la tradición familiar:

-Mi papá y mi abuelo le hicieron a la peluquería. Yo comencé desde los 9 años. Mi papá me llevaba a que aprendiera. Empecé cepillando a la gente. Después aprendí más. Mi papá y yo tenemos el mismo estilo en la peluquería: de antaño. Porque aprendimos de los viejos como mi abuelo, pero para afeitar si tenemos estilo diferente. Luego nos peleamos por eso. Entonces decidí seguir yo sólo y llevo en este lugar 2 años y me va muy bien.

Siempre supe que esto es lo mío. Algún día pondré mi propia peluquería y me jalaré a mi hermanito. Él ya tiene 9 y también le gusta. A mi hermano mayor no creo, porque a él le gusta el estilismo y así no. Cada quien lo suyo.

Con nuevo rostro, unos años menos e hidratado pagué, tomé mis cosas y salí del lugar. Había que buscar dónde comer. Susana y José me recomendaron el mercado Escobedo. El santo y seña se me había dado, tendría que seguirlo y encontrar el mercado.

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Caminé algunas cuadras sobre Zaragoza. En cuanto me di cuenta que ya era mucho andar y no daba, según lo que recordaba del santo y seña, me acerqué a una señora, seguro sabría darme señas, y pregunté.

-Camine derecho joven (pensé que lo decía por lo encorvado de mí postura), en la siguiente cuadra de vuelta a la izquierda. Ahí de frente da con el mercado.

Seguí caminando, pero el hambre hacía lo suyo. Encontré varias torterías. No aguanté más y el olor era como canto de sirena, entré a una para pedir la especial: “un poco de todo”, decía el amigo que atendía. Acepté sin remordimiento. Acompañé esa torta con una deliciosa agua de horchata, de a litro, como debe ser. Además de saciar el estómago, también fue un benévolo descanso. Estuve alrededor de media hora, después, ya listo para continuar. Salí del local para continuar mi búsqueda, metros adelante y con unas letrotas: Mercado Mariano Escobedo.

Los colores, los olores, el bullicio que tienen todos los mercados, bueno, los que conozco. Entré por el pasillo de las frutas, el olor a… ponche. Caminé entre ferreterías, jarcerías, carnicerías, pollerías, jugos y licuados, mercerías, semillas, abarrotes, ropa, sombreros, ajuares para bodas, bautizos, quince años. Llegué entonces al área de comidas, esa, se cuece aparte: los locatarios recitan su menú, convirtiéndose en una especie de juglares con una melodía incomprensible de guisos, que se repite tantas veces como pase un posible cliente.

Salí del Escobedo con un helado de vainilla y con la alegría que da el contacto con un sinfín de voces. Seguí caminado.

El ocaso se imponía. Un letrero me decía que caminaba sobre la calle Ezequiel Montes. Llegué a la esquina con Arteaga. Ahí, el templo de Santa Rosa de Viterbo. ¡Vaya construcción! Es un templo católico construido en el siglo XVIII, donde el estilo barroco se impone. No pude más que sentarme sobre una jardinera situada en una placita frente al santuario para admirarlo, además mi helado se derretía. Vi algunas figuras grotescas sobre los medios arcos encima de dos columnas, parecían tumbas. Eran como la fortaleza que sometía a los demonios para que no escapasen al mundo.FR_20160401_155259_-1537824055

A pesar de estos rostros demoníacos, vi melancolía. Aquellos personajes esperaban salir… era esta melancolía, aquella como la de los poetas:

Entonces los melancólicos poetas

su felicidad

del cajón desempolvan.

Recorren un mundo vago,

para ellos desconocido,

sin forma ya.

Frente a ella

se detienen,

             la acarician,

                     tal vez la disfrutan.

Esos poetas

no saben qué hacer con ella:

                             la besan,

                                  la revuelcan,

                                   pero siempre al final

la desgarran.

Esos melancólicos poetas

                        melancólicos sueñan.

Con esos sueños, la noche calló. De la mano de Manuel Gutiérrez Nájera, de su simbolismo, de su modernismo y gusto por Verlaine, llegué a la esquina de esta calle y 16 de septiembre. Ahí, la vida de esa noche: El Faro.FR_20160401_155602_-566623601

Cantina, la más vieja de la ciudad, fundada en 1927 por las hermanas Estrada: Amalia y Margarita, de armas tomar, según me cuenta Christian, el cantinero y uno de los nuevos dueños. Ahí se vende todo tipo de bebida alcohólica y algún remedio casero: cerveza, mezcal, whisky, vodka, ron, anís y claro, la socorrida botana: jícama, zanahoria y pepinos en julianas con chile piquín, limón y sal; tostadas de carne tártara; un pequeño menú gourmet –entiéndase como recetas de porciones chiquitas y finolis-; chicharrones, palomitas y cacahuates, pa’nolvidar lo tradicional. Pero aquí la especialidad de la casa, y como dije antes: remedio, es La Prodigiosa.

-Carnal, esta bebida es medicinal, sirve pa’l dolor de panza y pa’l susto. Se sirve con anís, porque sola está bien pinche amarga.

-Si es pa’eso, ¿por qué chingaos la sirven aquí?

-Porque está bien poderosa. ¿Quieres o no?

Pu’s venga la dichosa Prodigiosa.

Christian me sirvió el primer trancazo. La probé con respeto –en mi pueblo a eso le dicen de otro modo- y sí, sentí como ese líquido se apropiaba de mi cuerpo, creo que hacía calor.

-¿Qué tal, está chida, no?

La temperatura corporal subió en seguida. La música de fondo tomó un sentido distinto, ya no era ajena, fue más amigable. Entendí entonces porque quien llegaba a la cantina, saludaba de manera fraternal, claro, todos nos conocíamos ya con unos alcoholes encima.

Este lugar de pronto se convirtió, por su ambiente: librero, sin libros, en su lugar botellas; barra y bancos; algunas mesas y sillas; ¡ah!, las puertas de dos hojas; como película al estilo Pedro Infante, de esas de hacendados. Cada que alguien entraba, esperaba ver al tipo con sombrerote, chaleco, pantalón a rayas, botas, espuelas y revolver en la cintura tomando tequila directo de la botella, como si fuera agua.

No se me hizo. En fin, luego de algunas Prodigiosas más decidí regresar al hostal y dormir un poco, claro, ya clareaba el cielo, pero sin antes pasar por unos tacos a Garibaldi, pa’l bajón.

NOTA: el bajón es lo que haces para tratar de regresar a la sobriedad. La verdad no funciona del todo. Cómo, si horas antes te bebiste todo el alcohol que quisiste y más.

Garibaldi es otro mercado, a unos metros del Faro, donde además de comida hay mariachi. Así que después de brindar por ellas o ellos, éste es el lugar recomendable.

Por la mañana, luego del “desayuno continental” que incluía mi hospedaje en el Santa Lucha, agarré rumbo hacía la central de autobuses, no sin antes pasar por una vinatería y comprar mi respectiva dosis de Prodigiosa.

¡Adiós Querétaro capital, siempre con la amenaza de volver insertada en el mero corazón!

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