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TRAVESÍA

¡Relatos del tiempo!

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ciudad

Horizonte interrumpido

¡Ay ciudad

    que a mis pies estás!

No porque quiera humillarte,

sino porque te miro

                   desde un punto natural

         más cercano a los de abajo.

Desde aquí

veo tus sombras

                                   y luces,

los pocos colores que dejas escapar

emanados de las casas

donde intentan descansar

innumerables soñadores

                                           sometidos al silencio,

                                                   al desconsuelo,

                                                           al poderoso.

Observo cómo te transformas.

Te transforman con el tiempo

                        y el desprecio.

Se escudan en tus entrañas

la violencia,

                                      la soberbia,

la explotación y el despojo,

la preferente discriminación.

¿Qué más en ti, monstruosa ciudad?

                                             -Modernidad

¿Esa, la que justifica todo atropello y

fulmina el horizonte?

                                           -Historia

¿Con la que se pretende olvidar

o, mejor aún,

                                    la de letras de oro colgadas

sobre un muro construido de ignominia?

                                          -La tarde

¿El instante de los melancólicos grises?

Grises,

cuyos silencios se escapan

                                       dirigiéndose virtuosos

a la noche lluviosa

donde hay más que sueños,

frases discontinuas

                                                    y vacíos atiborrados de nada.

Ay ciudad

             tan dispersa

                             tan tú,

sin pretensiones,

                                          sólo tú:

con tus poderosos de medio día,

siempre condenada al vaivén

de los deseos de quienes se hacen pasar

                                                       por profetas

                                                                    o poetas.

No pretendo humillarte,

sólo te miro desde el lugar

                                              donde el amor vibra

o se escucha en las palabras.

Mañana,

                                              tal vez,

otra Historia podrás susurrarme.

Ciudad Monstruo, octubre 14, 2018

vhugopedraza@gmail.com

@victorhugo202

FB: Víctor Hugo Pedraza

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Ulalumismo, Arreolalismo, Cocodrilismo y Pacheco

Ulalumismo: escuela poética cuya causísima directa —afirma Efraín Huerta— es Ulalume González de León. Para reafirmarlo Rubén Bonifaz Nuño con su nota y selección de poemas publicado en la colección Material de Lectura, editada por la UNAM.

La que sigue es una muestra, bueno, como dijo alguna vez mi abuela “para muestra un botón”:

Mujer nocturna

Leo en la oscuridad

tu cuerpo Braille

Me parece imposible

separar fondo y forma

Arreolalismo: justo en la víspera de los 100 años de nacimiento de Juan José Arreola y en el marco de Fiesta del Libro y la Rosa, 2018, se realizará una mesa donde participará su nieto Alonso Arreola para rendir homenaje al autor de Confabulario:

[…] “Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros”.

Se recomienda leer ese libro acompañado de la música del otro Arreola, Alonso, lleva por nombre de pila. De preferencia el EP Los CONTAGIOS de CRUENTO.

Cocodrilismo: Efraín Huerta en El Gallo Ilustrado desde la columna que escribió por varios años: “Libros y antilibros”. La antología que tengo va de 1975 a 1982 y fue compilada por su hija Raquel Huerta-Nava.

Imagino que es un domingo por la mañana y camino al puesto de periódico para comprar el suplemento, después regreso a mi casa, me siento en el sillón más cómodo, bebo un trago de café y leo cada artículo, uno al día.

¡Ojalá me de la vida!

Pacheco: Tarde o temprano, poemas 1958-2009.

12

Esta ciudad no tiene historia,

sólo martirologio.

El país del dolor,

la capital del sufrimiento,

el centro deshecho

del inmenso desastre interminable.

P. D. El sufijo ismo omitido en Pacheco no significa que olvidé o minimicé la tendencia artística de este importante escritor mexicano. Lo hice para que tú, quien lee, termine ese juego de palabras.

Ciudad Monstruo, abril 19, 2018

vhugopedraza@gmail.com

@victorhugo202

FB: Víctor Hugo Pedraza

En busca de calor

Aquella fue una noche lluviosa en la ciudad, caminé sobre sus mojadas calles, en tanto el viento helado no dejó de enfriar mi rostro y el resto de mi cuerpo. Metí las manos en los bolsillos del pantalón y, con ello, pegué los brazos a mi torso intentando conservar el calor o generarlo, las dos opciones eran perfectas, pero fue inútil. Se escapó sin remedio por las aberturas en la parte inferior del ridículo suéter que tenía puesto. Pensaba en las chamarras colgadas sobre el perchero en mi casa, seguramente, se estarían burlando de mi. Sin remedio seguí caminando hacía el metro. Era mi salvación, por un lado ese transporte me haría llegar más rápido a mi casa y por el otro, el más importante: era la fuente de calor más cercana.

Mis cavilaciones y cálculos estaban en eso cuando de pronto, metí la pata. Sí, pisé un charco. No me bastó con el viento helado, no, tenía que ponerle sazón a la cosa, ahora tendría más frío gracias a mi falta de atención y a mi zapato mojado. Luego de renegar y dedicarme una larga letanía de injurias, claro, con sus respectivas tres repeticiones, puse atención, abrí los ojos y apreté el paso.

Minutos más tarde, y como epifanía, la iluminada entrada al metro. Las escaleras eléctricas, aunque rechinaran, me llevarían debajo en un Viaje al centro de la Tierra. De mi cartera saqué la tarjeta desgastada y rota con $13 pesos de crédito. Pasé la tarjeta por el lector, sonó un timbre, se encendió una luz verde en la pantalla, se descontaron $5 pesos de mi crédito y entré. Otras escaleras eléctricas, éstas me llevaban más abajo, a La puerta del Infierno. Con ello más calor. Llegué al andén. Había mucha gente esperando. En tanto, yo, los observaba: su ropa, sus peinados, algunos miraban la pantalla del televisor donde se mostraban videos musicales; muchos las miraban a Ellas de manera morbosa; otros, en cambio, sólo estaban ahí, parados, esperando, cumpliendo la rutina.

Una chicharra y su sonido distrajeron mis observaciones. Me acerqué, a lo que calculaba, la entrada de una puerta, antes de que el tren se detuviera. En realidad todos estábamos tratando de adivinar el lugar donde el vagón abriría las puertas. Era una práctica común que no tardo en confirmar nuestro cálculo incorrecto, caminamos para ajustarlo.

Las puertas se abrieron y, a empujones, los pasajeros, se abrían paso para alcanzar un lugar vacío donde pudieran sentarse a dormir, a leer, a mirar el celular, a mirar a otro o sólo a estar ahí o a hacer todo al mismo tiempo. Yo, por supuesto, no alcancé lugar, así que luego de revisar que mi cartera y mi celular seguían en mis bolsillos, me acomodé al final del vagón, en un rincón.

Seguí mirando a la gente, escuchándola. Después de un sobresalto, la miré. Estaba a mi izquierda, de pie, sin expresión alguna. Respiraba, sí, pero sólo estaba, no se movía. Era como verla incómoda, como estar…

Atrapada en un cuerpo

desasociado de su pensamiento,

de sus placeres,

seguramente,

de sus sueños.

Como rendirse

al vacío,

a la profunda oscuridad

del silencio agolpado,

a la constante incertidumbre,

a la lucha entre la forma

y el sin sentido presente

en la afirmación de ser alguien desconocido.

Un ser humano desconocido para mí, sí, porque no sabía su nombre, pero conocido por su actitud: la de sólo ver pasar la vida.

¿Será que la sistemática deshumanización ha cumplido su cometido?

Ciudad Monstruo, febrero 01, 2018

vhugopedraza@gmail.com

@victorhugo202

FB: Víctor Hugo Pedraza

Navegar

Intento reconocerme

entre todas estas variantes inciertas.

                         Pruebo cada uno de sus sinsabores,

sus ácidos destellos,

                             ansiedades nebulosas.

Se quedan,

                 algunas,

                                   prendidas a mis manos.

Rasgan afanosamente mis dedos,

pero al final caen

                                                 estrellándose contra el piso

                                             para perderse, irremediablemente,

                                         entre las grietas de éste.

Entonces sé que no soy yo,

                                          que, ahí, no existo.

Camino, de nuevo, entre cuervos al acecho,

debajo de la mirada insistente

                     de un dios incrédulo,

                                      sacudido por mis sueños.

Se presentan, de nuevo,

los susurros que el viento recogió,

                                                             no sé dónde,

pero intentan seducirme.

Dicen,

                         que ahí estoy,

soy su alimento y que,

puedo descansar

y cumplir aquello,

                                               que cuando nací,

                                                        me contaron al oído.

¡Imposible!

Nadie,

                                      nunca,

ni en mis perversas confesiones entre pesadillas,

sabía aquel secreto.

Así,

                              descubrí esa mentira.

¡No, tampoco estoy en el viento!

Deambulo entre espasmos convergentes

                             de la ciudad moribunda,

                            entre su ocaso metálico,

                           desafiando sus fórmulas,

                                                  sus misterios.

Navego para encontrar…

                                                          me.

Ciudad Monstruo, noviembre 14, 2017

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FB: Víctor Hugo Pedraza

Uno de fantasmas

Caminaba, ya de regreso, a mi casa. El centro de la ciudad, su noche, sus cantinas me despedían. Había bebido algunas cervezas y la calle de López me cobijaba. El luminoso letrero del Hotel Emporio alumbrara mi camino. De pronto, se apagó. ¡La ciudad se apagó!

Sólo veía algunas sombras y escuchaba el chillido de las ratas.

Me detuve. Las luces de un carro, que pasó junto a mi, me ayudaron a ver que estaba frente a una casa vieja, de esas de portón de madera, como las de la época de la revolución. Entonces escuché que varios niños corrían y gritaban detrás de aquella puerta. Lo dudé, claro, no estaba muy consciente luego de esos tragos pero aún tenía, un poco, de consciencia sobre la hora. Ya era tarde para que esos chamacos estuvieran jugando.

Luego de unos minutos sentí frío y cerré la chamarra que traía puesta, era raro estábamos en abril. En tanto pensaba en aquellas leyendas de fantasmas que se contaban de las casas antiguas del centro. En eso estaba cuando los gritos y los pasos se acercaban. Quería irme, pero estaba entumido, con los ojos pelones mirando la puerta. El cerrojo se abrió, la puerta rechinó y dejo pasar a una niña con los cabellos en la cara. Su vocecita me preguntó: “Ernesto, ¿tienes miedo?” Yo estaba aterrado y no pude responder. La niña dio media vuelta y entró a la casa.

La luz regreso detrás de ella. Miré el portón. Éste tenía un candado enorme sujetando una cadena oxidada. La casa estaba en ruinas. Nadie podía vivir ahí.

Salí corriendo y juré no regresar, mucho menos dudar de lo que se cuenta de las casas del centro.

C. M., abril 07, 2017

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Twitter: @victorhugo202

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TIEMPOS, SALTOS Y OTRAS RELATIVIDADES (1/52)

Camino al trabajo, en el transporte público, claro, en tanto que la mayoría dormía para recuperar un poco del sueño perdido, la chamarra de un don mayor me llamó la atención. Era de las que, en mis tiempos mozos, de primaria, llamaban de esquimal. La del don era verde olivo. La mía era azul marino con el forro interior naranja y alrededor del gorro un material, que hasta el día de hoy no sé cómo se llama, es como de peluche, peluchón, decía mi amigo Lolo. Cuando en la chamba haya tiempo buscaré el nombre, en fin.

La chamarra, ¡ah sí! Era bien calientita, aunque me apenaba usarla, por lo del peluchón. ¿qué diría la gente de mí? Seguro se burlarían. Por esa razón la use poco.

Ahora, al verla de nuevo, me transportó a aquella época con todos sus sabores, sanos y no.

¡Por unos momentos estuve en el pasado!

¿Será que sí existen las máquinas del tiempo?

¿Podrá un objeto por sí sólo romper esa barrera?

¿Necesitamos tecnología avanzada, teorías sobre saltos cuánticos, multiversos, súper velocidad?

Desconozco si estos sueños, hipótesis o teorías existan, mis referencias vienen de cuentos, cómics, películas o series de Ci-Fi. Lo que sí puedo afirmar es que clarito sentí y viví el pasado, bueno, hasta me reí de algunas cosas.

Cuando regresé del viaje, conmigo se pegó la firme convicción de tener, otra vez, una chamarra de esquimal. El frío cala, además, soy un adulto y lo que digan los demás me vale. Sin embargo, aún tengo la necesidad de saber cómo funciona el tiempo o la mente. Más me vale, porque si no de qué irá el próximo cuento.

¡No puedo perder el tiempo pensando!

Bueno, después de una pestaña para recuperar un poco del sueño perdido.

Diciembre 08, 2016

 

SOY LA TRECE…

Hora pico, Ciudad de México.

Hace tiempo subieron el precio al boleto del metro, entonces, dijeron, todo iba a ser como de primer mundo. Puras mentiras. Ni los vagones son modernos y mucho menos hay más. Entonces estoy aquí parada junto a otras treinta personas, justo las conté, vaya que tengo tiempo; esperando a que llegue el tren. Ojalá me toque frente a una puerta. Bueno, seguro no me escapo de los empujones y hasta las socorridas mentadas de madre en cuanto se abra.

 

-Son 12 lugares en el vagón, al lado de la puerta. Ah, pero, 12 a la izquierda y 12 a la derecha. No, pero, cada puerta está a la mitad. Entonces son 6…

 

¡Chale!, ya de por sí traigo el estrés hasta el tope y este cuate haciéndose el gracioso con sus cálculos. Además, ni siquiera puedo escuchar el radio, no tengo señal en el celular. Así por lo menos evitaría fumarme las mariguanadas de este tipo. ¡Caray, hasta tiene a sus amigos con la boca abierta!

 

-Miren, estamos en la segunda fila de 5 personas, somos el 6, 7 y 8. Seguro nos toca lugar. Tú te mueves pa’ la izquierda y tú y yo a la derecha.

 

¿Es neta?

 

Ya me estoy imaginando el sonidito de alerta (tururú) y luego la voz de la chica tipo tienda comercial: “Antes de entrar, permita salir”. Ya mero. En cuanto la puerta abra, vámonos pa’ dentro y no es que quieras, te lleva la corriente. Estando dentro, sin importar sexo, estatura o condición social, alguien ya te está respirando sobre la nuca o casi te da un beso o te pone el sobaco cerca de la nariz o te da un arrimón o te toca la mano, fingiendo que busca el pasamanos para agarrarse, claro, porque no te tocó lugar.

 

(tururú) “Permita el libre cierre de puertas”, entona la dulce voz femenil.

 

Pero no se puede. El aferrado con su mochila no lo permite. Ve que no entra y le vale. Mete la mano, se apaña del pasamanos y cuando viene el cierre de la puerta hace palanca y empuja a todos. Su cuerpo entra, pero la pinche mochila, con su toper de la comida se queda atorado. La puerta se abre de nuevo, viene el ritual: sonidito de alerta, voz de chica tipo tienda comercial: (tururú) “Permita el libre cierre de puertas”. Todos respiramos profundo, el aferrado, nos ve con ojos desorbitados, toma aire, se pone rojo, palanca, empujón y… otra vez su pinche toper. Va de nuevo. Tercera, cuarta vez. Se abre la puerta, sonidito de alerta, pero ya no se escucha la voz de chica tipo tienda comercial, en su lugar, la de la operadora que ya está hasta la madre por culpa del aferrado: (tururú) “Sino permiten el cierre de puertas no podremos avanzar”. Respiramos profundo, el aferrado, nos ve con ojos desorbitados, toma aire, se pone rojo, palanca, empujón y… ¡el toper!… ya no se atora. Uno de los de enfrente jala la mochila y la pone sobre la cabeza del aferrado. ¡Listo, la puerta cerró! ¡Por fin nos movemos!

Tres estaciones después, el calor en su esplendor. El vagón listo para el temazcal, justo hoy que está de moda. ¡Ah, no! Estamos recuperando nuestra memoria prehispánica.

¡La manga que!, si es un pinche negociazo. Además, yo me quiero como estoy.

 

– (tururú) “Antes de entrar, permita salir”.

 

¡Ah chinga, creo que me viajé!

¡Permiso, permiso!

¡Ai’ va el golpe!

¡Ora, no empujen!

¡Estoy embarazada!

 

¡Qué la chingada… soy la trece!

Octubre 27, 2016

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