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TRAVESÍA

¡Relatos del tiempo!

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En busca de calor

Aquella fue una noche lluviosa en la ciudad, caminé sobre sus mojadas calles, en tanto el viento helado no dejó de enfriar mi rostro y el resto de mi cuerpo. Metí las manos en los bolsillos del pantalón y, con ello, pegué los brazos a mi torso intentando conservar el calor o generarlo, las dos opciones eran perfectas, pero fue inútil. Se escapó sin remedio por las aberturas en la parte inferior del ridículo suéter que tenía puesto. Pensaba en las chamarras colgadas sobre el perchero en mi casa, seguramente, se estarían burlando de mi. Sin remedio seguí caminando hacía el metro. Era mi salvación, por un lado ese transporte me haría llegar más rápido a mi casa y por el otro, el más importante: era la fuente de calor más cercana.

Mis cavilaciones y cálculos estaban en eso cuando de pronto, metí la pata. Sí, pisé un charco. No me bastó con el viento helado, no, tenía que ponerle sazón a la cosa, ahora tendría más frío gracias a mi falta de atención y a mi zapato mojado. Luego de renegar y dedicarme una larga letanía de injurias, claro, con sus respectivas tres repeticiones, puse atención, abrí los ojos y apreté el paso.

Minutos más tarde, y como epifanía, la iluminada entrada al metro. Las escaleras eléctricas, aunque rechinaran, me llevarían debajo en un Viaje al centro de la Tierra. De mi cartera saqué la tarjeta desgastada y rota con $13 pesos de crédito. Pasé la tarjeta por el lector, sonó un timbre, se encendió una luz verde en la pantalla, se descontaron $5 pesos de mi crédito y entré. Otras escaleras eléctricas, éstas me llevaban más abajo, a La puerta del Infierno. Con ello más calor. Llegué al andén. Había mucha gente esperando. En tanto, yo, los observaba: su ropa, sus peinados, algunos miraban la pantalla del televisor donde se mostraban videos musicales; muchos las miraban a Ellas de manera morbosa; otros, en cambio, sólo estaban ahí, parados, esperando, cumpliendo la rutina.

Una chicharra y su sonido distrajeron mis observaciones. Me acerqué, a lo que calculaba, la entrada de una puerta, antes de que el tren se detuviera. En realidad todos estábamos tratando de adivinar el lugar donde el vagón abriría las puertas. Era una práctica común que no tardo en confirmar nuestro cálculo incorrecto, caminamos para ajustarlo.

Las puertas se abrieron y, a empujones, los pasajeros, se abrían paso para alcanzar un lugar vacío donde pudieran sentarse a dormir, a leer, a mirar el celular, a mirar a otro o sólo a estar ahí o a hacer todo al mismo tiempo. Yo, por supuesto, no alcancé lugar, así que luego de revisar que mi cartera y mi celular seguían en mis bolsillos, me acomodé al final del vagón, en un rincón.

Seguí mirando a la gente, escuchándola. Después de un sobresalto, la miré. Estaba a mi izquierda, de pie, sin expresión alguna. Respiraba, sí, pero sólo estaba, no se movía. Era como verla incómoda, como estar…

Atrapada en un cuerpo

desasociado de su pensamiento,

de sus placeres,

seguramente,

de sus sueños.

Como rendirse

al vacío,

a la profunda oscuridad

del silencio agolpado,

a la constante incertidumbre,

a la lucha entre la forma

y el sin sentido presente

en la afirmación de ser alguien desconocido.

Un ser humano desconocido para mí, sí, porque no sabía su nombre, pero conocido por su actitud: la de sólo ver pasar la vida.

¿Será que la sistemática deshumanización ha cumplido su cometido?

Ciudad Monstruo, febrero 01, 2018

vhugopedraza@gmail.com

@victorhugo202

FB: Víctor Hugo Pedraza

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SOY LA TRECE…

Hora pico, Ciudad de México.

Hace tiempo subieron el precio al boleto del metro, entonces, dijeron, todo iba a ser como de primer mundo. Puras mentiras. Ni los vagones son modernos y mucho menos hay más. Entonces estoy aquí parada junto a otras treinta personas, justo las conté, vaya que tengo tiempo; esperando a que llegue el tren. Ojalá me toque frente a una puerta. Bueno, seguro no me escapo de los empujones y hasta las socorridas mentadas de madre en cuanto se abra.

 

-Son 12 lugares en el vagón, al lado de la puerta. Ah, pero, 12 a la izquierda y 12 a la derecha. No, pero, cada puerta está a la mitad. Entonces son 6…

 

¡Chale!, ya de por sí traigo el estrés hasta el tope y este cuate haciéndose el gracioso con sus cálculos. Además, ni siquiera puedo escuchar el radio, no tengo señal en el celular. Así por lo menos evitaría fumarme las mariguanadas de este tipo. ¡Caray, hasta tiene a sus amigos con la boca abierta!

 

-Miren, estamos en la segunda fila de 5 personas, somos el 6, 7 y 8. Seguro nos toca lugar. Tú te mueves pa’ la izquierda y tú y yo a la derecha.

 

¿Es neta?

 

Ya me estoy imaginando el sonidito de alerta (tururú) y luego la voz de la chica tipo tienda comercial: “Antes de entrar, permita salir”. Ya mero. En cuanto la puerta abra, vámonos pa’ dentro y no es que quieras, te lleva la corriente. Estando dentro, sin importar sexo, estatura o condición social, alguien ya te está respirando sobre la nuca o casi te da un beso o te pone el sobaco cerca de la nariz o te da un arrimón o te toca la mano, fingiendo que busca el pasamanos para agarrarse, claro, porque no te tocó lugar.

 

(tururú) “Permita el libre cierre de puertas”, entona la dulce voz femenil.

 

Pero no se puede. El aferrado con su mochila no lo permite. Ve que no entra y le vale. Mete la mano, se apaña del pasamanos y cuando viene el cierre de la puerta hace palanca y empuja a todos. Su cuerpo entra, pero la pinche mochila, con su toper de la comida se queda atorado. La puerta se abre de nuevo, viene el ritual: sonidito de alerta, voz de chica tipo tienda comercial: (tururú) “Permita el libre cierre de puertas”. Todos respiramos profundo, el aferrado, nos ve con ojos desorbitados, toma aire, se pone rojo, palanca, empujón y… otra vez su pinche toper. Va de nuevo. Tercera, cuarta vez. Se abre la puerta, sonidito de alerta, pero ya no se escucha la voz de chica tipo tienda comercial, en su lugar, la de la operadora que ya está hasta la madre por culpa del aferrado: (tururú) “Sino permiten el cierre de puertas no podremos avanzar”. Respiramos profundo, el aferrado, nos ve con ojos desorbitados, toma aire, se pone rojo, palanca, empujón y… ¡el toper!… ya no se atora. Uno de los de enfrente jala la mochila y la pone sobre la cabeza del aferrado. ¡Listo, la puerta cerró! ¡Por fin nos movemos!

Tres estaciones después, el calor en su esplendor. El vagón listo para el temazcal, justo hoy que está de moda. ¡Ah, no! Estamos recuperando nuestra memoria prehispánica.

¡La manga que!, si es un pinche negociazo. Además, yo me quiero como estoy.

 

– (tururú) “Antes de entrar, permita salir”.

 

¡Ah chinga, creo que me viajé!

¡Permiso, permiso!

¡Ai’ va el golpe!

¡Ora, no empujen!

¡Estoy embarazada!

 

¡Qué la chingada… soy la trece!

Octubre 27, 2016

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