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TRAVESÍA

¡Relatos del tiempo!

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Reseña

El pasado en una ciudad: Querétaro

La ciudad me despidió de manera guapachosa, en el metro “Cali” del Grupo Niche. Así, pura salsa. Ganas no me faltaron de quedarme a sacarle brillo a la pista.

¡Qué ciudad tan ecléctica!

Tacuba, El Rosario, Instituto del Petróleo… Central del Norte con sus letras neón azuladas, era tierra prometida. En mi rostro una sonrisa.

Con boleto en mano al autobús, luego la carretera. La noche en su esplendor: gasolineras, casetas, camiones y muy cerca del oído y en corazón Caifanes. Tres horas después y con el firmamento tapizado de luces: la ciudad de Querétaro. A ver cómo me trata mañana.

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Había que buscar un lugar para dormir, e lo ahí Santa Lucha. Mi primera vez en un hostal, me tocó el área de los técnicos. Era una casa antigua, me cuenta Héctor, encargado del lugar. La habitación era espaciosa, alta. En el techo había unos travesaños de madera, la puerta, también de madera, de dos hojas con un par de vidrios al centro. El piso adoquinado y figuras de margaritas al centro. En ese ambiente recordé lo escrito por John Kenneth Turner en su libro México bárbaro, donde describió el México de las haciendas productoras de henequén, entonces parecía que estaba dentro del libro, era yo uno de sus personajes. Claro, estamos en pleno siglo XXI y la “modernidad” está en cualquier lugar, por ello el Santa Lucha, no pasa sin formar parte, así, yo viví, como dije, en el área de los técnicos, en frente vi la tercera caída, al fondo la cocina, nombrada El itacate. Las máscaras de luchadores, la telaraña de cables con focos colgando al puro estilo serie navideña no faltan. ¡Ah!, para no desentonar el ring con luchadores de juguete sobre un mueble en la recepción. Sí, el hostal es el gusto por la lucha libre fincado en el pasado tradicional de una ciudad llena de historia.

¡A dormir!

Por la mañana los pajaritos me despertaron, era extraño escucharlos. Ya era momento de caminar la ciudad. Me recomendaron unas gorditas en el Parque Guerrero.

¡Ya hacía hambre!

Con el santo y seña di con Las gorditas del Guerrero: dos de migajas y un chesco, la medida exacta. Dice doña Esther que están acá desde 1978. Cabíamos 8 personas sentadas dentro del pequeño local, afuera llegué a contar 10. Bueno, llegaban comían y se iban. Las gorditas echas de guisado y la masa de puro maíz eran para chuparse los dedos.

¡Con la batería cargada, a seguir caminando!

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Barbería y peluquería anunciaba el letrero. Sonreí, por fin me afeitaría, otra primera vez. Lo más cerca que estuve de esto fue en las películas, ya me tocaba, ¿no? ¡Era mi momento! Me planté frente a la puerta de madera lustrada y vidrios biselados. Entré, una chica me recibió, tomó mi mochila y sudadera para después colgarlos en un perchero. En tanto, yo no dejaba de mirar aquel lugar, fue como pasar por la puerta del tiempo y regresar a los años treinta: a mi izquierda una decena de máquinas de escribir viejísimas dentro de una vitrina. De frente, sobre una repisa adornada con grandes espejos, cámaras fotográficas del mismo tono que las máquinas. Debajo de los espejos, mesas de ébano, donde estaba todo lo necesario para el trabajo de barbero y peluquero. A la derecha, radios, sobra decir su edad. En la pared, fotos del rey Elvis Presley sentado sobre una silla de barbero, con toalla al cuello esperando el correspondiente servicio.

Susana, la chica que me recibió, terminó de preguntarme por lo que quería. Sin contener mi sorpresa, sólo pude balbucear: “la barba”. Me sonrío. De pronto un chico, elegantemente vestido de negro, me ofreció una silla.FR_20160401_154211_-566623601

-Por aquí por favor, me dijo.

Me senté. El chico me ofreció algo de beber.

-Agua, respondí.

-¿Cómo quieres tu barba?, preguntó el joven barbero.

Ah caray, ¿hay tipos?, pensé. Mi expresión fue contundente, el chico, comenzó a pronunciar tipos: delineada, larga, peinada o que creciera. Le dije que sí al delineado.

La silla se reclinó, casi estaba acostado. Una capa permeable me cubrió del cuello a los tobillos. Dos toallas me cubrieron el rostro, una de ellas los ojos, la otra el rostro, excepto la nariz. Después, una brocha con jabón se deslizó alrededor de la barba.

-Te pondré una tolla caliente. Me dices si la aguantas.

No estaba muy caliente, pero era tan placentero que me relajé, cerré los ojos y comencé a dormitar. En segundos sentí la destreza de una navaja sobre mi rostro. Así pasé varios minutos hasta que aquellos movimientos se terminaron.

-Te pondré alcohol. ¡Ahí va, eh!

Vaya ardor. Aguanté. Luego colonia y listo.

José giró una palanca en el sillón y éste me dejó sentado nuevamente. En tanto, mi joven barbopeluquero me contó de la tradición familiar:

-Mi papá y mi abuelo le hicieron a la peluquería. Yo comencé desde los 9 años. Mi papá me llevaba a que aprendiera. Empecé cepillando a la gente. Después aprendí más. Mi papá y yo tenemos el mismo estilo en la peluquería: de antaño. Porque aprendimos de los viejos como mi abuelo, pero para afeitar si tenemos estilo diferente. Luego nos peleamos por eso. Entonces decidí seguir yo sólo y llevo en este lugar 2 años y me va muy bien.

Siempre supe que esto es lo mío. Algún día pondré mi propia peluquería y me jalaré a mi hermanito. Él ya tiene 9 y también le gusta. A mi hermano mayor no creo, porque a él le gusta el estilismo y así no. Cada quien lo suyo.

Con nuevo rostro, unos años menos e hidratado pagué, tomé mis cosas y salí del lugar. Había que buscar dónde comer. Susana y José me recomendaron el mercado Escobedo. El santo y seña se me había dado, tendría que seguirlo y encontrar el mercado.

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Caminé algunas cuadras sobre Zaragoza. En cuanto me di cuenta que ya era mucho andar y no daba, según lo que recordaba del santo y seña, me acerqué a una señora, seguro sabría darme señas, y pregunté.

-Camine derecho joven (pensé que lo decía por lo encorvado de mí postura), en la siguiente cuadra de vuelta a la izquierda. Ahí de frente da con el mercado.

Seguí caminando, pero el hambre hacía lo suyo. Encontré varias torterías. No aguanté más y el olor era como canto de sirena, entré a una para pedir la especial: “un poco de todo”, decía el amigo que atendía. Acepté sin remordimiento. Acompañé esa torta con una deliciosa agua de horchata, de a litro, como debe ser. Además de saciar el estómago, también fue un benévolo descanso. Estuve alrededor de media hora, después, ya listo para continuar. Salí del local para continuar mi búsqueda, metros adelante y con unas letrotas: Mercado Mariano Escobedo.

Los colores, los olores, el bullicio que tienen todos los mercados, bueno, los que conozco. Entré por el pasillo de las frutas, el olor a… ponche. Caminé entre ferreterías, jarcerías, carnicerías, pollerías, jugos y licuados, mercerías, semillas, abarrotes, ropa, sombreros, ajuares para bodas, bautizos, quince años. Llegué entonces al área de comidas, esa, se cuece aparte: los locatarios recitan su menú, convirtiéndose en una especie de juglares con una melodía incomprensible de guisos, que se repite tantas veces como pase un posible cliente.

Salí del Escobedo con un helado de vainilla y con la alegría que da el contacto con un sinfín de voces. Seguí caminado.

El ocaso se imponía. Un letrero me decía que caminaba sobre la calle Ezequiel Montes. Llegué a la esquina con Arteaga. Ahí, el templo de Santa Rosa de Viterbo. ¡Vaya construcción! Es un templo católico construido en el siglo XVIII, donde el estilo barroco se impone. No pude más que sentarme sobre una jardinera situada en una placita frente al santuario para admirarlo, además mi helado se derretía. Vi algunas figuras grotescas sobre los medios arcos encima de dos columnas, parecían tumbas. Eran como la fortaleza que sometía a los demonios para que no escapasen al mundo.FR_20160401_155259_-1537824055

A pesar de estos rostros demoníacos, vi melancolía. Aquellos personajes esperaban salir… era esta melancolía, aquella como la de los poetas:

Entonces los melancólicos poetas

su felicidad

del cajón desempolvan.

Recorren un mundo vago,

para ellos desconocido,

sin forma ya.

Frente a ella

se detienen,

             la acarician,

                     tal vez la disfrutan.

Esos poetas

no saben qué hacer con ella:

                             la besan,

                                  la revuelcan,

                                   pero siempre al final

la desgarran.

Esos melancólicos poetas

                        melancólicos sueñan.

Con esos sueños, la noche calló. De la mano de Manuel Gutiérrez Nájera, de su simbolismo, de su modernismo y gusto por Verlaine, llegué a la esquina de esta calle y 16 de septiembre. Ahí, la vida de esa noche: El Faro.FR_20160401_155602_-566623601

Cantina, la más vieja de la ciudad, fundada en 1927 por las hermanas Estrada: Amalia y Margarita, de armas tomar, según me cuenta Christian, el cantinero y uno de los nuevos dueños. Ahí se vende todo tipo de bebida alcohólica y algún remedio casero: cerveza, mezcal, whisky, vodka, ron, anís y claro, la socorrida botana: jícama, zanahoria y pepinos en julianas con chile piquín, limón y sal; tostadas de carne tártara; un pequeño menú gourmet –entiéndase como recetas de porciones chiquitas y finolis-; chicharrones, palomitas y cacahuates, pa’nolvidar lo tradicional. Pero aquí la especialidad de la casa, y como dije antes: remedio, es La Prodigiosa.

-Carnal, esta bebida es medicinal, sirve pa’l dolor de panza y pa’l susto. Se sirve con anís, porque sola está bien pinche amarga.

-Si es pa’eso, ¿por qué chingaos la sirven aquí?

-Porque está bien poderosa. ¿Quieres o no?

Pu’s venga la dichosa Prodigiosa.

Christian me sirvió el primer trancazo. La probé con respeto –en mi pueblo a eso le dicen de otro modo- y sí, sentí como ese líquido se apropiaba de mi cuerpo, creo que hacía calor.

-¿Qué tal, está chida, no?

La temperatura corporal subió en seguida. La música de fondo tomó un sentido distinto, ya no era ajena, fue más amigable. Entendí entonces porque quien llegaba a la cantina, saludaba de manera fraternal, claro, todos nos conocíamos ya con unos alcoholes encima.

Este lugar de pronto se convirtió, por su ambiente: librero, sin libros, en su lugar botellas; barra y bancos; algunas mesas y sillas; ¡ah!, las puertas de dos hojas; como película al estilo Pedro Infante, de esas de hacendados. Cada que alguien entraba, esperaba ver al tipo con sombrerote, chaleco, pantalón a rayas, botas, espuelas y revolver en la cintura tomando tequila directo de la botella, como si fuera agua.

No se me hizo. En fin, luego de algunas Prodigiosas más decidí regresar al hostal y dormir un poco, claro, ya clareaba el cielo, pero sin antes pasar por unos tacos a Garibaldi, pa’l bajón.

NOTA: el bajón es lo que haces para tratar de regresar a la sobriedad. La verdad no funciona del todo. Cómo, si horas antes te bebiste todo el alcohol que quisiste y más.

Garibaldi es otro mercado, a unos metros del Faro, donde además de comida hay mariachi. Así que después de brindar por ellas o ellos, éste es el lugar recomendable.

Por la mañana, luego del “desayuno continental” que incluía mi hospedaje en el Santa Lucha, agarré rumbo hacía la central de autobuses, no sin antes pasar por una vinatería y comprar mi respectiva dosis de Prodigiosa.

¡Adiós Querétaro capital, siempre con la amenaza de volver insertada en el mero corazón!

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“POR EL NUESTRO COMPROMISO CON LA POESÍA”

Así la dedicatoria en el poemario Mi cuerpo germina temblor en tus labios de Juan Galván Paulin. Con ese título el compromiso con la poesía, con la sublimación de nuestra lengua.

Germinar y temblar con un beso, es lo que el poeta, de primera mano, nos describe. Cuántas veces nuestro cuerpo no ha vivido esa sensación, cuántas otras no podemos explicarlo con palabras, aquí Juan lo logra.

Nos lleva por la soledad de un cuarto de hotel, donde la reflexión sobre la vida, el amor y la esperanza en un mañana acompañado de la silueta del ser amado; se desborda. Descubre una ciudad bajo la lluvia, que abraza y reconforta con ternura. El paseo de la Reforma cambia sus grises, por los de un lugar de encuentro, de pasión.  FR_20160210_115000_-738347317

Ella, él, son las voces del pasado, del olvido: son el insomnio, el abismo, la separación, el amor. Cada poema describe estas hazañas para ponerlas al descubierto. Juan se atreve a desmenuzar el más oscuro y hermoso sentimiento humano y a desafiar la poesía canónica, sin terminar en lo visceral.

Sus versos se alejan de las puntuaciones, en su lugar, silencios, cesuras medievales que mezclan aquel tiempo y el moderno, junto a la musicalidad de Almost blues de Elvis Costello, quien acompaña al poeta en sus pensamientos.

 

 

Lo que sigue es el compromiso sellado en un abrazo de dos generaciones renuentes… rebeldes.

Miércoles de ceniza.

La puñeta. Cinco integrantes, tributo a Pixies.

 

Así comenzó la noche. Medio litro de chela en tarro escarchado y una hamburguesa insípida. En el escenario una batería que rompió el silencio, estruendosa, enérgica, con ánimo de convertir tonos azules en rojos. Un bajo, serio, dedicado a ejecutar sólo la rola, le faltó alma. En la voz virtuosismo y sensualidad. Lástima que no duró mucho, el mezcal no funcionó. Ella tuvo que claudicar en varias ocasiones.

La selección de rolas fue un viaje desde lo más conocido hasta lo más oscuro de la banda coveriada. La puñeta logró conectar con algunos asistentes, no éramos muchos. Una hora de sublimación para los fans, para otros no tanto. Sorbíamos traguitos chela. Esperábamos algo que nos desprendiera de la apatía y el agobio laboral.

Silencio.

En minutos los músicos se transformaron en el staff, el escenario entonces fue sólo un esqueleto. Entre la penumbra, sombras colocando mesas, computadora y mezcladoras. Al mando de éstas dos tipos con gafas oscuras. ¿Será que pueden ver en medio de la oscuridad del lugar o sólo es parte de su vestuario?

La compu soltó sonidos. Los de lentes mezclaron volúmenes: agudos, bajos, graves y esas ondas. Luego de varios clicks, música. Ecléctica para mi gusto, bueno, los de lentes son artistas, ellos saben.

Otro medio litro de chela llegó a mi mesa. Ya entonado la música cambió de tono. ¡A bailar!, como no: rocanrol, rocabili, surf. La noche cambió de ritmo, yo también. No paré de bailar. El alcohol en mis venas se evaporó junto con el estrés laboral y esas aflicciones modernas.

Pasaron horas, los pies y la garganta reclamaron. Detuve la fiesta un momento para descansar y chefrescarme.

A la pista de nuevo.

 

Como todo en la vida, el momento debía terminar. Así fue, pero sin antes, la poderosa cumbia, con ella los pasos de baila mi rey.

 

 

Quién lo diría, lo que al principio parecía una oscurifiesta, se convirtió en un esquizofrénico baile.

 

¡Así esta gran ciudad!

La primera vez (no es película)

Advertencia: el título de este texto, aunque sugestivo, no tiene connotación sexual, espero. El inglés no se me da, entonces puede que algún video en su letra lo tenga y mis anteriores palabras sean sólo retóricas.

Corría el año 2002, marzo 02. El lugar, un estadio de beis en la Ciudad Monstruo. Ahí, mi primera vez, no recuerdo la hora, pero la tarde noche ya era madura. Como buen primerizo todo me sorprendía: la gente (con su parafernalia), el estadio y sus luces, las playeras en los puestos de venta, ¡las chelas!, bueno, hasta el viaje en microbús y metro para llegar ahí.

Primer puesto de revisión: estaba nervioso, pensaba que tal vez el boleto no pasaría, yo y mi paranoia. Esto no sucedería en ninguna de las dos revisiones siguientes, claro, éste (el boleto) era original. Subimos unas escaleras -perdón por no avisar, iba con mis primos-, la cancha del estadio y el escenario se presentó frente a mi. No pude abrir más los ojos ante esa imagen. Un acomodador se acercó a pedir los boletos y ver nuestros lugares. Con gran amabilidad nos pidió lo siguiéramos. Nos llevó a la cuarta fila de las gradas, al costado izquierdo del escenario, franelazo al asiento y nos pidió coperacha, ¡chale! Eso no menguó mi disposición, yo seguía impresionado.

¡Era mi primera vez!

Nos acomodamos en nuestros lugares, claro, muy bien portaditos. De un túnel entre el graderío salió un güey con una charola sobre su cabeza, gritaba: “chelas, chelas“.

¡Utah!

¡Era la gloria: música, compañía y chelas!

Pedimos tres, una para cada uno. Caguama, claro, para no estar molestando a cada rato. El chelero, raudo y preciso nos las sirvió. Tenía buena mano, la espuma no aminoró el líquido. ¡Perfecta!, estaba fría, como mandan los cánones. De un trago tomé una cuarta parte, tenía un chingo de sed.

¡Vaya garganta!

¡Estaba yo joven y guapo!

El siguiente, ya fue moderado. Había que cuidar el bolsillo, sino, ni pa’l pasaje de regreso. El tiempo pasaba, la gente comenzaba a llenar el estadio. Yo seguía con mis traguitos, hasta que me desesperé y le di un trago más grande. Alguno de mis primos pidió otra tercia. ¡Caray!, todavía no terminaba la primera. En fin, tuve que vaciar el vaso chelero. Eso me pego, ya empezaba a sentir el efecto de la cebada. Llegó el nuevo cargamento, un trago más. De pronto, adiós luces y el alarido de la banda se escuchó.

¡Era increíble!

Se encendió la pantalla del estadio, una luz blanca iluminaba el escenario…

¡Sí, ya sé, ya sé!… esta es la sección de los videos, ahí van.

Advertencia 1: Los videos no son del concierto de ese día. En el canal de los videos encuentras regularmente el grabado con celular por un güey que ya está pedo y se la pasa güachagüacheando toda la rola para impresionar a su novia, novio o novioa y no escuchas nada. Entonces pondré otro.

Advertencia 2: Tal vez sorprenda que recuerde las rolas, en realidad no, pero para ello hay en la web reseñas.

Advertencia 3: Tampoco tengo el play list del concierto, esa memoria. Pondré algunos, los que más me gustan, este es mi blog, ¿no?

Advertencia 4: Se aceptan reclamos y sugerencias.

Entonces la luz…

Static X:

De ellos no tenía la menor idea, fue lo de menos, ya no escuchaba a nadie a mi alrededor y eso me encantaba.

Reflexión: me encanta el rock o Nü-metal o como sea que lo llamen, a todo volumen. Me desconecta de la realidad, a veces parca y dolorosa.

Yo iba a ver a Linkin Park. Ya me había chutado su disco Hybrid theory, el único en aquel entonces, varias veces, pa’ eso de güachagüachear sin pena e impresionar.

Linkin Park:

La chela fluía. La música me reventó, yo ya estaba en otra dimensión, en otro pedo, pues.

¡Adiós banda, ai los dejo con su mundo, cuídense!

¡Yo, me pelo!

No recuerdo si fue una hora o un poco más el tiempo en que me desconecté. Esta bendita memoria, me ha traído varios dolores, sobre todo cuando se desconecta del corazón, olvido escucharlo y me equivoco gacho, pierdo lo que amo. Ah, pero, ¿a qué vino esto?

Perdón, perdón, esto va en otra sección. Eso pasa cuando se conectan ambas cosas.

Luego del alucín…

Korn:

Otra vez pa’rriba. Bueno, no tanto como el set anterior. Debo decir que, algunos se rasgaran las vestiduras con esto, tampoco conocía a Korn, venga el abucheo. Era joven y guapo, entonces, como se habrán dado cuenta (en realidad lo guapo no, porque no hay fotos de mi aquí), y esa banda ya era de antaño. En mi defensa también debo decir que desde entonces no he dejado de escucharlos.

Hasta aquí, pa’ no aburrir.

Así fue ese día de marzo de 2002. Un alucín total… como todas las primera vez.

P.D. Creo que así fue, ¿o no?

¡Gracias memoria!

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