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TRAVESÍA

¡Relatos del tiempo!

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sueños

Crónicas soñadas: E. H. (I)

Antes que nada y, después de todo, mi queridísimo, Efrén, esa ciudad primera, la muy primera que recorriste, esa la que lleva como apellido de la Victoria, que para ser sincero no sé a qué victoria se refiera. Esa, entonces, no difiere de alguna otra. Claro, ha cambiado desde que la caminaste el siglo pasado: algunos se fueron, otras llegaron, sumas y restas como la vida cuenta.

Seguro otras casas, otros patios, menos escuelas, el bullicio del mercado revoloteando entre sus colores o los largos tramos hacia el campo. Ya varios autos levantaban el polvo de las calles jóvenes, precarias y, hoy, añejas con destinos inciertos como la vida cuenta.

Emigraste, como tantas personas, buscando otros derroteros, nuevas voces y otros suspiros. En el camino declaraciones de odio y de amor, revoluciones y otras victorias sin sabores como la vida cuenta.

Llegaste, pues, a mi ciudad, la que apodo monstruo, Ciudad Monstruo, así con todas sus letras, no por desprecio ni por temor, tampoco por resentimiento. La llamo de esa forma porque en ella caben los ilusionistas ilusionados, los profetas sacados de aquellos sacos blancos llenos de tanta noche, las mujeres repletas de dignidad y la infancia sin risas o con ellas, pero huecas y corrompidas por quienes presumen adultez, acaso dónde cuatro letras son el detonante del caos o donde…

“Yo soy como soy y tú eres como eres, construyamos un mundo donde yo pueda ser sin dejar de ser yo, donde tú puedas ser sin dejar de ser tú, y donde ni yo ni tú obliguemos al otro a ser como yo o como tú”.

Sí, ese es el monstruo contenido en las entrañas del generador de historias o de miserias, según el caos.

Lo que sigue es historia y en estos Tiempos modernos el instante es efímero y pasa a engrosar sus filas, sin embargo, esto que escribiré no me llevará más de un instante como fue observar las calles de de la Victoria. Me reconocí en ellas. Encontré las mismas alucinaciones y la idea se vino abajo. En mi: la tristeza y la angustia, pero no todo está perdido. Hay quienes de la maravilla por el corazón y sus atribuciones hacen suyo este universo, nuestro Universo.

Ojalá que a tu regreso nos encontremos para divagar entre la neurosis que dejó la apuesta por lo nuestro… como la vida cuenta.

Infielmente tuyo

Al rayar el 16, de un octubre, con unas inmensas lunas enamoradas de la noche más noche

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Sombras entre el asfalto

Prefiero caminar,

                   dentro,

         en las entrañas de la ciudad

cuando la lluvia

ha lavado sus lágrimas

                    y sus edificios.

Cuando el viento frío se asoma,

juega con el cabello de quien ha sobrevivido,

                por años,

la lisonja de una sonrisa pagada,

          sin forma aparente.

 

Prefiero caminar sobre el asfalto

cuando este sirve de alojamiento

a las extensiones del implacable mar.

Cuando ese jubiloso líquido

limpia mis huellas

    para purificarlas

y esperar,

      así, la negra noche de los muertos.

En la que sólo la redención sirve de herramienta.

Prefiero mirar

rostros enmascarados, seductores,

que se funden en un fugaz manoseo

sexoso y delirante

que culmina con una cama vacía,

al despertar.

Son fantasmas que se esfuman

cuando el olvido elige gobernar.

No hay fantasmas, como yo,

que pretenden olvidarse de sí.

Ciudad Monstruo, agosto 07, 2018

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Cuando los instantes…

Pero los párpados se llenan de sueño,

pretenden cerrar toda conciencia

                e indicio coherente

de cualquier realidad matizada por el tiempo.

Se confabulan con la noche,

con algunos espasmos del pasado.

Despiertan pretensiones

               irreales,

                        frías,

                             desarrapadas.

Son vicios alucinados e irreverentes

como las voces apagadas

          que deambulan entre las entrañas

              de las calles muertas que viven

en ésta, la nuestra,

                 monstruosa ciudad.

Ciudad Monstruo, abril 16, 2018

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Mutar

Pretendo desconectar

         los impulsos vacíos

         de las voces exteriores,

                                                       estridentes,

las que se arremolinan

como desesperados gritos

                frente a mis pupilas,

junto a las bóvedas que vigilan mis pensamientos,

cerca de la fuente que trasciende,

la de las huellas profundas

                                                                       en el camino.

Contra ello revientan

sin dejar de insistir.

Resisten los pilares

              apoyados en la otredad,

                                                       en la esperanza,

                                                                       o la certeza

de una verdad que apuesta por la vida.

Vida

                      sujeta al resplandor

de una luz nueva,

                                         cálida,

                                                     eterna,

sin falsos credos

        que me permiten cerrar los ojos

para seguir colgado de un sueño.

En busca de calor

Aquella fue una noche lluviosa en la ciudad, caminé sobre sus mojadas calles, en tanto el viento helado no dejó de enfriar mi rostro y el resto de mi cuerpo. Metí las manos en los bolsillos del pantalón y, con ello, pegué los brazos a mi torso intentando conservar el calor o generarlo, las dos opciones eran perfectas, pero fue inútil. Se escapó sin remedio por las aberturas en la parte inferior del ridículo suéter que tenía puesto. Pensaba en las chamarras colgadas sobre el perchero en mi casa, seguramente, se estarían burlando de mi. Sin remedio seguí caminando hacía el metro. Era mi salvación, por un lado ese transporte me haría llegar más rápido a mi casa y por el otro, el más importante: era la fuente de calor más cercana.

Mis cavilaciones y cálculos estaban en eso cuando de pronto, metí la pata. Sí, pisé un charco. No me bastó con el viento helado, no, tenía que ponerle sazón a la cosa, ahora tendría más frío gracias a mi falta de atención y a mi zapato mojado. Luego de renegar y dedicarme una larga letanía de injurias, claro, con sus respectivas tres repeticiones, puse atención, abrí los ojos y apreté el paso.

Minutos más tarde, y como epifanía, la iluminada entrada al metro. Las escaleras eléctricas, aunque rechinaran, me llevarían debajo en un Viaje al centro de la Tierra. De mi cartera saqué la tarjeta desgastada y rota con $13 pesos de crédito. Pasé la tarjeta por el lector, sonó un timbre, se encendió una luz verde en la pantalla, se descontaron $5 pesos de mi crédito y entré. Otras escaleras eléctricas, éstas me llevaban más abajo, a La puerta del Infierno. Con ello más calor. Llegué al andén. Había mucha gente esperando. En tanto, yo, los observaba: su ropa, sus peinados, algunos miraban la pantalla del televisor donde se mostraban videos musicales; muchos las miraban a Ellas de manera morbosa; otros, en cambio, sólo estaban ahí, parados, esperando, cumpliendo la rutina.

Una chicharra y su sonido distrajeron mis observaciones. Me acerqué, a lo que calculaba, la entrada de una puerta, antes de que el tren se detuviera. En realidad todos estábamos tratando de adivinar el lugar donde el vagón abriría las puertas. Era una práctica común que no tardo en confirmar nuestro cálculo incorrecto, caminamos para ajustarlo.

Las puertas se abrieron y, a empujones, los pasajeros, se abrían paso para alcanzar un lugar vacío donde pudieran sentarse a dormir, a leer, a mirar el celular, a mirar a otro o sólo a estar ahí o a hacer todo al mismo tiempo. Yo, por supuesto, no alcancé lugar, así que luego de revisar que mi cartera y mi celular seguían en mis bolsillos, me acomodé al final del vagón, en un rincón.

Seguí mirando a la gente, escuchándola. Después de un sobresalto, la miré. Estaba a mi izquierda, de pie, sin expresión alguna. Respiraba, sí, pero sólo estaba, no se movía. Era como verla incómoda, como estar…

Atrapada en un cuerpo

desasociado de su pensamiento,

de sus placeres,

seguramente,

de sus sueños.

Como rendirse

al vacío,

a la profunda oscuridad

del silencio agolpado,

a la constante incertidumbre,

a la lucha entre la forma

y el sin sentido presente

en la afirmación de ser alguien desconocido.

Un ser humano desconocido para mí, sí, porque no sabía su nombre, pero conocido por su actitud: la de sólo ver pasar la vida.

¿Será que la sistemática deshumanización ha cumplido su cometido?

Ciudad Monstruo, febrero 01, 2018

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FB: Víctor Hugo Pedraza

Navegar

Intento reconocerme

entre todas estas variantes inciertas.

                         Pruebo cada uno de sus sinsabores,

sus ácidos destellos,

                             ansiedades nebulosas.

Se quedan,

                 algunas,

                                   prendidas a mis manos.

Rasgan afanosamente mis dedos,

pero al final caen

                                                 estrellándose contra el piso

                                             para perderse, irremediablemente,

                                         entre las grietas de éste.

Entonces sé que no soy yo,

                                          que, ahí, no existo.

Camino, de nuevo, entre cuervos al acecho,

debajo de la mirada insistente

                     de un dios incrédulo,

                                      sacudido por mis sueños.

Se presentan, de nuevo,

los susurros que el viento recogió,

                                                             no sé dónde,

pero intentan seducirme.

Dicen,

                         que ahí estoy,

soy su alimento y que,

puedo descansar

y cumplir aquello,

                                               que cuando nací,

                                                        me contaron al oído.

¡Imposible!

Nadie,

                                      nunca,

ni en mis perversas confesiones entre pesadillas,

sabía aquel secreto.

Así,

                              descubrí esa mentira.

¡No, tampoco estoy en el viento!

Deambulo entre espasmos convergentes

                             de la ciudad moribunda,

                            entre su ocaso metálico,

                           desafiando sus fórmulas,

                                                  sus misterios.

Navego para encontrar…

                                                          me.

Ciudad Monstruo, noviembre 14, 2017

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De las hojas rotas…

Nota: lo que leerás a continuación se escribió en las hojas amarillentas y roídas de un periódico fechado en el año de 1983. No hay firma, sólo encontré el trozo de este texto tirado sobre la calle.

 

Justo siento un vacío en el estómago. Estoy ansioso. Como que no pertenezco a este momento y lugar. Podría darle vueltas diciendo que es la respuesta que mi cuerpo tiene al absorber la cafeína contenida en un americano de 12 onzas, preparado en una prensa francesa y, que, además, mi desayuno fue muy ligero o que los 8 de noviembre, nublados por la mañana; soleados por la tarde; oscuros por la noche; me provocan.

Por la noche… llega sólo el sueño y entonces cierro los ojos. Pretendo escapar o vaciarme, según convenga, y descubrirme en otra dimensión. Una menos espesa, donde pueda caminar y respirar sin temor a la taquicardia o a la muerte.

 

A pesar de que este texto se escribió hace tiempo parece que las cosas no han cambiado, tanto. ¿Será que la modernidad o la dinámica de la ciudad nos tiene bajo ese embrujo llamado ansiedad?

Ciudá’ Monstruo, noviembre 10, 2017

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Terror en la radio…

Y en la sección “Cuentos fantásticos y de terror”, recordando aquellos programas de radio que escuchaba por las noches, antes de dormir, para después tener algunas pesadillas.

¡Vaya gusto, ¿no?!

Eso de hacer mundos con sueños inimaginables resulta un poco extraño.

En fin, luego de varios clicks en la red y respondiendo al romanticismo que aún me queda, encontré Sueños del Mundo Subterráneo: “Una cuestión de probabilidad” por Láudano en un sitio llamado  Noviembre Nocturno (

Ahí dejo la liga: https://www.ivoox.com/player_ej_13052526_4_1.html?c1=ff6600

En tanto, seguiré con “Psychopompos” de H. P. Lovecraft.

C. M., marzo 27, 2017

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