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TRAVESÍA

¡Relatos del tiempo!

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verso libre

Advertencia: ¡Poesía en PDF!

La poesía está en todas partes, sí, suena a cliché, pero sólo basta estar pendiente de su expresión, como ahora en PDF.

Poesía es el título de mi primer poemario, cuya presentación fue el 21 de junio del 2014. Ahí imprimimos en papel varios ejemplares, bebimos algo de vino y lo mejor: compartimos versos llenos de recuerdos, reflexiones, dolores y risas.

Después de varios años sacamos el poemario del librero donde vivía para darle nuevos bríos y que continuará, así como distraído, su andar. Por ello lo transformamos para que sea más libre y está a punto de arrancar su carrera electrónica.

Claro, también habrá presentación, muy otra, ya que trataremos de romper la barrera espacio-tiempo: sí, suena provocador y presuntuoso, pero, justo, la dinámica que el mundo “moderno” nos impone es la carencia de esa combinación einsteniana. Dejamos de asistir a actividades que nos gustan por esa razón, así que si no puedes venir a la presentación, nosotros la llevamos a ti.

Otra razón de esta locura es la de romper con los convencionalismos creados por quienes manejan la cultura, claro, habrá quien los prefiera y está bien, pero pensamos que tenemos la creatividad suficiente para sacar, en este momento, la literatura a las calles, ponerla a ras de suelo, para los de a pie.

Tendrá un costo, claro, es un trabajo que hemos realizado en colectivo que requiere un pago digno y justo.

Así que echemos la moneda al aire y construyamos otras maneras de hacer lo que amamos, ¿no?

P. D. Prepara el mejor espacio y el tiempo necesario para este momento.

P. D. 1. Es ahí donde, según la Teoría de la Relatividad, “se desarrollan todos los eventos físicos del Universo”.

Virtualmente suyos

Víctor Hugo Pedraza, Travesía Editorial y BABA|editorial

 

A la víspera de otra media noche, Otra Ciudad Monstruosa, abril 25, 2019

vhugopedraza@gmail.com

@victorhugo202

FB: Víctor Hugo Pedraza

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Horizonte interrumpido

¡Ay ciudad

    que a mis pies estás!

No porque quiera humillarte,

sino porque te miro

                   desde un punto natural

         más cercano a los de abajo.

Desde aquí

veo tus sombras

                                   y luces,

los pocos colores que dejas escapar

emanados de las casas

donde intentan descansar

innumerables soñadores

                                           sometidos al silencio,

                                                   al desconsuelo,

                                                           al poderoso.

Observo cómo te transformas.

Te transforman con el tiempo

                        y el desprecio.

Se escudan en tus entrañas

la violencia,

                                      la soberbia,

la explotación y el despojo,

la preferente discriminación.

¿Qué más en ti, monstruosa ciudad?

                                             -Modernidad

¿Esa, la que justifica todo atropello y

fulmina el horizonte?

                                           -Historia

¿Con la que se pretende olvidar

o, mejor aún,

                                    la de letras de oro colgadas

sobre un muro construido de ignominia?

                                          -La tarde

¿El instante de los melancólicos grises?

Grises,

cuyos silencios se escapan

                                       dirigiéndose virtuosos

a la noche lluviosa

donde hay más que sueños,

frases discontinuas

                                                    y vacíos atiborrados de nada.

Ay ciudad

             tan dispersa

                             tan tú,

sin pretensiones,

                                          sólo tú:

con tus poderosos de medio día,

siempre condenada al vaivén

de los deseos de quienes se hacen pasar

                                                       por profetas

                                                                    o poetas.

No pretendo humillarte,

sólo te miro desde el lugar

                                              donde el amor vibra

o se escucha en las palabras.

Mañana,

                                              tal vez,

otra Historia podrás susurrarme.

Ciudad Monstruo, octubre 14, 2018

vhugopedraza@gmail.com

@victorhugo202

FB: Víctor Hugo Pedraza

Sombras entre el asfalto

Prefiero caminar,

                   dentro,

         en las entrañas de la ciudad

cuando la lluvia

ha lavado sus lágrimas

                    y sus edificios.

Cuando el viento frío se asoma,

juega con el cabello de quien ha sobrevivido,

                por años,

la lisonja de una sonrisa pagada,

          sin forma aparente.

 

Prefiero caminar sobre el asfalto

cuando este sirve de alojamiento

a las extensiones del implacable mar.

Cuando ese jubiloso líquido

limpia mis huellas

    para purificarlas

y esperar,

      así, la negra noche de los muertos.

En la que sólo la redención sirve de herramienta.

Prefiero mirar

rostros enmascarados, seductores,

que se funden en un fugaz manoseo

sexoso y delirante

que culmina con una cama vacía,

al despertar.

Son fantasmas que se esfuman

cuando el olvido elige gobernar.

No hay fantasmas, como yo,

que pretenden olvidarse de sí.

Ciudad Monstruo, agosto 07, 2018

vhugopedraza@gmail.com

@victorhugo202

FB: Víctor Hugo Pedraza

Carta a mis memorias.

El intercambio epistolar -ya en desuso, bueno, casi- se vuelve esencial, sobre todo si el destinatario no es una persona. Esto puede sonar a historia sacada del manicomio. ¿Cómo escribirle una carta al ente designado memoria? o memorias, en este caso. ¿Es posible tenerlas?

Pues acá un ejemplo de ese ejercicio:

Ciudad Monstruo, julio 16, 2018

vhugopedraza@gmail.com

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FB: Víctor Hugo Pedraza

ESTE AMOR

Tiempo,

en el pasado ya,

encamina estos pasos al despertar.

Crece la esperanza,

se derrama en mis sueños

como las flores nacientes de una jacaranda.

Se esparce en este tiempo que nace,

en el presente vacío,

listo para recibir nueva tinta,

con el preludio consciente del amor.

 

No el del pasado,

ese que con el sol,

frío regocijo apuntalaba.

 

No ese amor,

mal dicho amor,

que sólo incestos acumulaba,

refería a viejos fantasmas.

 

No ese amor.

 

Renace uno distinto,

cálido,

que todo lo llena.

No necesita palabras,

se evoca en una sonrisa,

seguro con un suspiro,

con el viajar de un pensamiento,

a través de la noche,   FR_20160512_155114_1287294506

junto al insomnio,

cerca del silencio,

siempre en el corazón,

cuando se pinta de rojo y violeta.

 

Tiempo fulminante,

terminas con vidas completas,

socabas esfuerzos distantes,

lánguidos.

Eres implacable.

 

En días terminarás con otra vida:

¡La mía!

 

La triturarás,

la despedazarás

y los restos dejarás en el rincón de varios corazones,

algunos amistosos,

otros hipócritas,

los más,

indiferentes.

 

Pero, ¿sabes?

 

Nunca acabarás

con mi nuevo amor:

 

El incandescente de rojo y violeta.

Respuesta a…

¿Sabes? La noche se ha convertido en mi compañera, en mi consejera. Hoy estas palabras, como respuesta a tu carta, son hijas de la oscuridad. Están llenas de una musa, mi musa… de ti. Sí, hoy tú eres ella.

Cierro los ojos e intento, recuerdo alguna de tus palabras. Trato de acomodarlas en mi cabeza, pero es complicado. Me resisto a pensarlas. En mi loco sueño las ordeno de diferente manera, para que digan otra cosa, para que amengüen mi insomnio.

Muchas vueltas le he dado a esta respuesta, tal vez no quiero terminar de escribirte. Son tantas ideas en mi cabeza, capaz que si logro aterrizar alguna, podría ser el autor de un best seller. Lo que más me suena es la palabra “Conquista”, sobre todo, ligada a otra: “incomodidad”: la incomodidad de la conquista.

¡Me acabas de dar una lección!

¡Gracias!

Creía que con agobiarte de detalles, de palabras bonitas ganaría la batalla –eso de la conquista-, así lo dicta lo normal, el deber ser, vaya macho, ¿no? Me faltó sensibilidad, escuchar lo que tú necesitabas. Agradezco entonces tu sinceridad, ahora puedo estar atento a esas formas. Por otro lado y para no caer en eso que me explicabas de los kabbalisticos, me toca sincerarme contigo: eso de la conquista no me gusta, lo veo referido al poder, al sometimiento del otro, otra. Más bien mi intención es la de compartir, quería descubrirme ante ti. Me ganó el acelere característico de esta modernidad.

Sin duda respeto, entiendo y admiro tu capacidad para detener lo que no quieres o lo que ahora no necesitas. Muchas veces sólo nos dejamos llevar, nos enganchamos y terminamos frustrados con relaciones y situaciones que nos resta.

Siguiendo con las sinceridades, paso mucho tiempo pensando en ti. Me hubiese gustado que esto llegara a más, porque me interesas sobremanera, pero ahora entiendo tu situación y no quiero interferir en esa paz que buscas. Es un camino difícil, mira que lo conozco, pero tiene muchas satisfacciones. De corazón deseo que logres esa transición, que termines por encontrar el amor “donde reposan todos los amores” y si sigo ahí, pues ya hablaremos. En tanto aquí estaré con las manos llenas de amistad y los oídos prestos a escuchar.

Abriste una puerta, por ella se escurrió una luz, pasó de contrabando y me tocó. Me sigue acariciando, me abraza, por ello no está cerrada, ni se cerrará, porque permitió reconocerme, reafirmarme como ser humano: el que sueña, el que tiene esperanza, el que logra provocar una sonrisa, el que encanta, el que se equivoca, el que vive.

¡Sí Lú, eso hiciste!

Seguirás siendo la musa de este poeta, que por su condición, el romanticismo se funde en cada sonido de esta moderna ciudad, pero no te preocupes tu condición se aloja ya en el Parnaso de mis concepciones. Caminemos entonces, que hable el tiempo o el destino o como quiera que se llame. El universo es caprichoso y todo puede cambiar.

¡Nunca dejes de sonreír!

APOLOGÍA DE ZARAGOZA

Miradas insulsas,

atascadas de silencio,

de fuga.

Esperan una caricia,

sin el remordimiento de la soledad

luego del incógnito sexo apresurado,

pagado,

tal vez salvaje,

violento,

moderno,

con la máscara del olvido,

 

esperando en la calle cuerpos pasajeros,

remotos,

amorfos,

llagados hasta el tuétano,

pintados de mentiras,

de inconsciencia,

deslumbrados por el espejo vacío de los cuentos de hadas,

de las historias de Afrodita,

las que sólo historias descarnadas

cuentan el pasado,

disfrazado de presente

y susurrando el futuro

de un te quiero hipócrita,

que en el viento viaja,

se desvanece,

luego,FR_20160422_154651_-420658037

se pierde en una callejera mirada,

en una sonrisa coqueta,

junto a unos pesos olvidados

en el buró colgado,

aferrado,

de una cama muda,

fría,

ajena,

sin vida, ya.

 

Esas miradas insulsas,

atrapadas ya,

se deslizan bajo el romántico pensamiento

del amor acompasado,

sin embargo, fallecen cada noche al toparse de nuevo

con el fantasma de una rosa marchita,

con los versos agrios de un poeta castigado.

 

¡Insulsas miradas,

mueran ya,

basta de tanto esperar!

¿Puedo besar tus labios?

Esos que son motivo de mi deseo,

de mi desvelo.

 

Tal vez sepan a miel, seguro que sí. En tanto lo descubro, háblame con tus ojos, mientras te escurres en los míos.

El pasado en una ciudad: Querétaro

La ciudad me despidió de manera guapachosa, en el metro “Cali” del Grupo Niche. Así, pura salsa. Ganas no me faltaron de quedarme a sacarle brillo a la pista.

¡Qué ciudad tan ecléctica!

Tacuba, El Rosario, Instituto del Petróleo… Central del Norte con sus letras neón azuladas, era tierra prometida. En mi rostro una sonrisa.

Con boleto en mano al autobús, luego la carretera. La noche en su esplendor: gasolineras, casetas, camiones y muy cerca del oído y en corazón Caifanes. Tres horas después y con el firmamento tapizado de luces: la ciudad de Querétaro. A ver cómo me trata mañana.

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Había que buscar un lugar para dormir, e lo ahí Santa Lucha. Mi primera vez en un hostal, me tocó el área de los técnicos. Era una casa antigua, me cuenta Héctor, encargado del lugar. La habitación era espaciosa, alta. En el techo había unos travesaños de madera, la puerta, también de madera, de dos hojas con un par de vidrios al centro. El piso adoquinado y figuras de margaritas al centro. En ese ambiente recordé lo escrito por John Kenneth Turner en su libro México bárbaro, donde describió el México de las haciendas productoras de henequén, entonces parecía que estaba dentro del libro, era yo uno de sus personajes. Claro, estamos en pleno siglo XXI y la “modernidad” está en cualquier lugar, por ello el Santa Lucha, no pasa sin formar parte, así, yo viví, como dije, en el área de los técnicos, en frente vi la tercera caída, al fondo la cocina, nombrada El itacate. Las máscaras de luchadores, la telaraña de cables con focos colgando al puro estilo serie navideña no faltan. ¡Ah!, para no desentonar el ring con luchadores de juguete sobre un mueble en la recepción. Sí, el hostal es el gusto por la lucha libre fincado en el pasado tradicional de una ciudad llena de historia.

¡A dormir!

Por la mañana los pajaritos me despertaron, era extraño escucharlos. Ya era momento de caminar la ciudad. Me recomendaron unas gorditas en el Parque Guerrero.

¡Ya hacía hambre!

Con el santo y seña di con Las gorditas del Guerrero: dos de migajas y un chesco, la medida exacta. Dice doña Esther que están acá desde 1978. Cabíamos 8 personas sentadas dentro del pequeño local, afuera llegué a contar 10. Bueno, llegaban comían y se iban. Las gorditas echas de guisado y la masa de puro maíz eran para chuparse los dedos.

¡Con la batería cargada, a seguir caminando!

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Barbería y peluquería anunciaba el letrero. Sonreí, por fin me afeitaría, otra primera vez. Lo más cerca que estuve de esto fue en las películas, ya me tocaba, ¿no? ¡Era mi momento! Me planté frente a la puerta de madera lustrada y vidrios biselados. Entré, una chica me recibió, tomó mi mochila y sudadera para después colgarlos en un perchero. En tanto, yo no dejaba de mirar aquel lugar, fue como pasar por la puerta del tiempo y regresar a los años treinta: a mi izquierda una decena de máquinas de escribir viejísimas dentro de una vitrina. De frente, sobre una repisa adornada con grandes espejos, cámaras fotográficas del mismo tono que las máquinas. Debajo de los espejos, mesas de ébano, donde estaba todo lo necesario para el trabajo de barbero y peluquero. A la derecha, radios, sobra decir su edad. En la pared, fotos del rey Elvis Presley sentado sobre una silla de barbero, con toalla al cuello esperando el correspondiente servicio.

Susana, la chica que me recibió, terminó de preguntarme por lo que quería. Sin contener mi sorpresa, sólo pude balbucear: “la barba”. Me sonrío. De pronto un chico, elegantemente vestido de negro, me ofreció una silla.FR_20160401_154211_-566623601

-Por aquí por favor, me dijo.

Me senté. El chico me ofreció algo de beber.

-Agua, respondí.

-¿Cómo quieres tu barba?, preguntó el joven barbero.

Ah caray, ¿hay tipos?, pensé. Mi expresión fue contundente, el chico, comenzó a pronunciar tipos: delineada, larga, peinada o que creciera. Le dije que sí al delineado.

La silla se reclinó, casi estaba acostado. Una capa permeable me cubrió del cuello a los tobillos. Dos toallas me cubrieron el rostro, una de ellas los ojos, la otra el rostro, excepto la nariz. Después, una brocha con jabón se deslizó alrededor de la barba.

-Te pondré una tolla caliente. Me dices si la aguantas.

No estaba muy caliente, pero era tan placentero que me relajé, cerré los ojos y comencé a dormitar. En segundos sentí la destreza de una navaja sobre mi rostro. Así pasé varios minutos hasta que aquellos movimientos se terminaron.

-Te pondré alcohol. ¡Ahí va, eh!

Vaya ardor. Aguanté. Luego colonia y listo.

José giró una palanca en el sillón y éste me dejó sentado nuevamente. En tanto, mi joven barbopeluquero me contó de la tradición familiar:

-Mi papá y mi abuelo le hicieron a la peluquería. Yo comencé desde los 9 años. Mi papá me llevaba a que aprendiera. Empecé cepillando a la gente. Después aprendí más. Mi papá y yo tenemos el mismo estilo en la peluquería: de antaño. Porque aprendimos de los viejos como mi abuelo, pero para afeitar si tenemos estilo diferente. Luego nos peleamos por eso. Entonces decidí seguir yo sólo y llevo en este lugar 2 años y me va muy bien.

Siempre supe que esto es lo mío. Algún día pondré mi propia peluquería y me jalaré a mi hermanito. Él ya tiene 9 y también le gusta. A mi hermano mayor no creo, porque a él le gusta el estilismo y así no. Cada quien lo suyo.

Con nuevo rostro, unos años menos e hidratado pagué, tomé mis cosas y salí del lugar. Había que buscar dónde comer. Susana y José me recomendaron el mercado Escobedo. El santo y seña se me había dado, tendría que seguirlo y encontrar el mercado.

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Caminé algunas cuadras sobre Zaragoza. En cuanto me di cuenta que ya era mucho andar y no daba, según lo que recordaba del santo y seña, me acerqué a una señora, seguro sabría darme señas, y pregunté.

-Camine derecho joven (pensé que lo decía por lo encorvado de mí postura), en la siguiente cuadra de vuelta a la izquierda. Ahí de frente da con el mercado.

Seguí caminando, pero el hambre hacía lo suyo. Encontré varias torterías. No aguanté más y el olor era como canto de sirena, entré a una para pedir la especial: “un poco de todo”, decía el amigo que atendía. Acepté sin remordimiento. Acompañé esa torta con una deliciosa agua de horchata, de a litro, como debe ser. Además de saciar el estómago, también fue un benévolo descanso. Estuve alrededor de media hora, después, ya listo para continuar. Salí del local para continuar mi búsqueda, metros adelante y con unas letrotas: Mercado Mariano Escobedo.

Los colores, los olores, el bullicio que tienen todos los mercados, bueno, los que conozco. Entré por el pasillo de las frutas, el olor a… ponche. Caminé entre ferreterías, jarcerías, carnicerías, pollerías, jugos y licuados, mercerías, semillas, abarrotes, ropa, sombreros, ajuares para bodas, bautizos, quince años. Llegué entonces al área de comidas, esa, se cuece aparte: los locatarios recitan su menú, convirtiéndose en una especie de juglares con una melodía incomprensible de guisos, que se repite tantas veces como pase un posible cliente.

Salí del Escobedo con un helado de vainilla y con la alegría que da el contacto con un sinfín de voces. Seguí caminado.

El ocaso se imponía. Un letrero me decía que caminaba sobre la calle Ezequiel Montes. Llegué a la esquina con Arteaga. Ahí, el templo de Santa Rosa de Viterbo. ¡Vaya construcción! Es un templo católico construido en el siglo XVIII, donde el estilo barroco se impone. No pude más que sentarme sobre una jardinera situada en una placita frente al santuario para admirarlo, además mi helado se derretía. Vi algunas figuras grotescas sobre los medios arcos encima de dos columnas, parecían tumbas. Eran como la fortaleza que sometía a los demonios para que no escapasen al mundo.FR_20160401_155259_-1537824055

A pesar de estos rostros demoníacos, vi melancolía. Aquellos personajes esperaban salir… era esta melancolía, aquella como la de los poetas:

Entonces los melancólicos poetas

su felicidad

del cajón desempolvan.

Recorren un mundo vago,

para ellos desconocido,

sin forma ya.

Frente a ella

se detienen,

             la acarician,

                     tal vez la disfrutan.

Esos poetas

no saben qué hacer con ella:

                             la besan,

                                  la revuelcan,

                                   pero siempre al final

la desgarran.

Esos melancólicos poetas

                        melancólicos sueñan.

Con esos sueños, la noche calló. De la mano de Manuel Gutiérrez Nájera, de su simbolismo, de su modernismo y gusto por Verlaine, llegué a la esquina de esta calle y 16 de septiembre. Ahí, la vida de esa noche: El Faro.FR_20160401_155602_-566623601

Cantina, la más vieja de la ciudad, fundada en 1927 por las hermanas Estrada: Amalia y Margarita, de armas tomar, según me cuenta Christian, el cantinero y uno de los nuevos dueños. Ahí se vende todo tipo de bebida alcohólica y algún remedio casero: cerveza, mezcal, whisky, vodka, ron, anís y claro, la socorrida botana: jícama, zanahoria y pepinos en julianas con chile piquín, limón y sal; tostadas de carne tártara; un pequeño menú gourmet –entiéndase como recetas de porciones chiquitas y finolis-; chicharrones, palomitas y cacahuates, pa’nolvidar lo tradicional. Pero aquí la especialidad de la casa, y como dije antes: remedio, es La Prodigiosa.

-Carnal, esta bebida es medicinal, sirve pa’l dolor de panza y pa’l susto. Se sirve con anís, porque sola está bien pinche amarga.

-Si es pa’eso, ¿por qué chingaos la sirven aquí?

-Porque está bien poderosa. ¿Quieres o no?

Pu’s venga la dichosa Prodigiosa.

Christian me sirvió el primer trancazo. La probé con respeto –en mi pueblo a eso le dicen de otro modo- y sí, sentí como ese líquido se apropiaba de mi cuerpo, creo que hacía calor.

-¿Qué tal, está chida, no?

La temperatura corporal subió en seguida. La música de fondo tomó un sentido distinto, ya no era ajena, fue más amigable. Entendí entonces porque quien llegaba a la cantina, saludaba de manera fraternal, claro, todos nos conocíamos ya con unos alcoholes encima.

Este lugar de pronto se convirtió, por su ambiente: librero, sin libros, en su lugar botellas; barra y bancos; algunas mesas y sillas; ¡ah!, las puertas de dos hojas; como película al estilo Pedro Infante, de esas de hacendados. Cada que alguien entraba, esperaba ver al tipo con sombrerote, chaleco, pantalón a rayas, botas, espuelas y revolver en la cintura tomando tequila directo de la botella, como si fuera agua.

No se me hizo. En fin, luego de algunas Prodigiosas más decidí regresar al hostal y dormir un poco, claro, ya clareaba el cielo, pero sin antes pasar por unos tacos a Garibaldi, pa’l bajón.

NOTA: el bajón es lo que haces para tratar de regresar a la sobriedad. La verdad no funciona del todo. Cómo, si horas antes te bebiste todo el alcohol que quisiste y más.

Garibaldi es otro mercado, a unos metros del Faro, donde además de comida hay mariachi. Así que después de brindar por ellas o ellos, éste es el lugar recomendable.

Por la mañana, luego del “desayuno continental” que incluía mi hospedaje en el Santa Lucha, agarré rumbo hacía la central de autobuses, no sin antes pasar por una vinatería y comprar mi respectiva dosis de Prodigiosa.

¡Adiós Querétaro capital, siempre con la amenaza de volver insertada en el mero corazón!

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