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TRAVESÍA

¡Relatos del tiempo!

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viajes

Sombras entre el asfalto

Prefiero caminar,

                   dentro,

         en las entrañas de la ciudad

cuando la lluvia

ha lavado sus lágrimas

                    y sus edificios.

Cuando el viento frío se asoma,

juega con el cabello de quien ha sobrevivido,

                por años,

la lisonja de una sonrisa pagada,

          sin forma aparente.

 

Prefiero caminar sobre el asfalto

cuando este sirve de alojamiento

a las extensiones del implacable mar.

Cuando ese jubiloso líquido

limpia mis huellas

    para purificarlas

y esperar,

      así, la negra noche de los muertos.

En la que sólo la redención sirve de herramienta.

Prefiero mirar

rostros enmascarados, seductores,

que se funden en un fugaz manoseo

sexoso y delirante

que culmina con una cama vacía,

al despertar.

Son fantasmas que se esfuman

cuando el olvido elige gobernar.

No hay fantasmas, como yo,

que pretenden olvidarse de sí.

Ciudad Monstruo, agosto 07, 2018

vhugopedraza@gmail.com

@victorhugo202

FB: Víctor Hugo Pedraza

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Mutar

Pretendo desconectar

         los impulsos vacíos

         de las voces exteriores,

                                                       estridentes,

las que se arremolinan

como desesperados gritos

                frente a mis pupilas,

junto a las bóvedas que vigilan mis pensamientos,

cerca de la fuente que trasciende,

la de las huellas profundas

                                                                       en el camino.

Contra ello revientan

sin dejar de insistir.

Resisten los pilares

              apoyados en la otredad,

                                                       en la esperanza,

                                                                       o la certeza

de una verdad que apuesta por la vida.

Vida

                      sujeta al resplandor

de una luz nueva,

                                         cálida,

                                                     eterna,

sin falsos credos

        que me permiten cerrar los ojos

para seguir colgado de un sueño.

Navegar

Intento reconocerme

entre todas estas variantes inciertas.

                         Pruebo cada uno de sus sinsabores,

sus ácidos destellos,

                             ansiedades nebulosas.

Se quedan,

                 algunas,

                                   prendidas a mis manos.

Rasgan afanosamente mis dedos,

pero al final caen

                                                 estrellándose contra el piso

                                             para perderse, irremediablemente,

                                         entre las grietas de éste.

Entonces sé que no soy yo,

                                          que, ahí, no existo.

Camino, de nuevo, entre cuervos al acecho,

debajo de la mirada insistente

                     de un dios incrédulo,

                                      sacudido por mis sueños.

Se presentan, de nuevo,

los susurros que el viento recogió,

                                                             no sé dónde,

pero intentan seducirme.

Dicen,

                         que ahí estoy,

soy su alimento y que,

puedo descansar

y cumplir aquello,

                                               que cuando nací,

                                                        me contaron al oído.

¡Imposible!

Nadie,

                                      nunca,

ni en mis perversas confesiones entre pesadillas,

sabía aquel secreto.

Así,

                              descubrí esa mentira.

¡No, tampoco estoy en el viento!

Deambulo entre espasmos convergentes

                             de la ciudad moribunda,

                            entre su ocaso metálico,

                           desafiando sus fórmulas,

                                                  sus misterios.

Navego para encontrar…

                                                          me.

Ciudad Monstruo, noviembre 14, 2017

vhugopedraza@gmail.com

@victorhugo202

FB: Víctor Hugo Pedraza

Preguntas varias

¿Por qué no sólo dejarme llevar?

¿Cuál es la necesidad

o necedad de explicar?

¿Por qué la lógica

y la razón

se precipitan al vacío

para coronar una abultada lista

de preguntas áridas,

sin respuesta?

¿Será que busco esconder el miedo

entre argumentos que justifican

espacios sin nombre?

¿Encontraré, entonces, respuestas

a estas preguntas afuera,

en los rastros de una humanización

fría y desconectada o estarán dentro,

en las entrañas de mi cuerpo devastado

por el ímpetu dinámico, voraz

de la modernidad?

¿Habrá respuestas o simplemente

me estoy dejando llevar?

C. M., marzo 17, 2017

vhugopedraza@gmail.com

@victorhugo202

Llegaron ahí

Te guardo en mi memoria

como impresiones hechas en papel,

parecidas a las antiguas fotografías

colgadas sobre el muro viejo

y desgastado

que se derrite en tus pupilas.

Tu voz,

tu sonrisa,

se materializan

en el tiempo inerte,

efímero,

del presente que evoca

una síncopa de palabras,

que mutiladas, no dejaban de sonar

y de estrellarse en la cavidad

que resguarda mi memoria.

No sé cómo llegaron ahí

o en qué momento se arremolinaron

sin dejar pista de su andar.

Desconozco, también,

si a placer, puedo escucharlas

o callarlas.

Tampoco me complica

el que me lleven

al confín de otros ingrávidos mundos.

Viajan, sí,

lo sé,

como murmullos en el viento.

Se apagan

cuando por fin despierto.

C. M., marzo 14, 2017

vhugopedraza@gmail.com

@victorhugo202

EN TANTO LA NOCHE LLEGA

Cuando el sol

o Marte

o el cosmos

son seducidos y caen,

de rodillas,

ante el esplendor de la noche y sus misterios,

de sus brujas,

confío en que algunos dioses,

ocultos,

rompan el ahogado silencio,

así, sus esquirlas apasionadas

se estrellen y

desgarren las entrañas de un cuerpo cadavérico y ansioso,

que alucinado,

quiere derrumbar el vaticinio de los profetas,

aquel encadenado a cada latido en el corazón,

dotando de respuesta a las preguntas en su memoria,

desarrollando,

por inercia,

la mera creación de una vasta realidad

que sólo puede mirar con los ojos del efímero tiempo,

el implacable.

 

C. M., febrero 12, 2017

vhugopedraza@gmail.com

@victorhugo202

TIEMPOS, SALTOS Y OTRAS RELATIVIDADES (1/52)

Camino al trabajo, en el transporte público, claro, en tanto que la mayoría dormía para recuperar un poco del sueño perdido, la chamarra de un don mayor me llamó la atención. Era de las que, en mis tiempos mozos, de primaria, llamaban de esquimal. La del don era verde olivo. La mía era azul marino con el forro interior naranja y alrededor del gorro un material, que hasta el día de hoy no sé cómo se llama, es como de peluche, peluchón, decía mi amigo Lolo. Cuando en la chamba haya tiempo buscaré el nombre, en fin.

La chamarra, ¡ah sí! Era bien calientita, aunque me apenaba usarla, por lo del peluchón. ¿qué diría la gente de mí? Seguro se burlarían. Por esa razón la use poco.

Ahora, al verla de nuevo, me transportó a aquella época con todos sus sabores, sanos y no.

¡Por unos momentos estuve en el pasado!

¿Será que sí existen las máquinas del tiempo?

¿Podrá un objeto por sí sólo romper esa barrera?

¿Necesitamos tecnología avanzada, teorías sobre saltos cuánticos, multiversos, súper velocidad?

Desconozco si estos sueños, hipótesis o teorías existan, mis referencias vienen de cuentos, cómics, películas o series de Ci-Fi. Lo que sí puedo afirmar es que clarito sentí y viví el pasado, bueno, hasta me reí de algunas cosas.

Cuando regresé del viaje, conmigo se pegó la firme convicción de tener, otra vez, una chamarra de esquimal. El frío cala, además, soy un adulto y lo que digan los demás me vale. Sin embargo, aún tengo la necesidad de saber cómo funciona el tiempo o la mente. Más me vale, porque si no de qué irá el próximo cuento.

¡No puedo perder el tiempo pensando!

Bueno, después de una pestaña para recuperar un poco del sueño perdido.

Diciembre 08, 2016

 

Génesis de los 52

Allá por la primera mitad del mes de noviembre encontré una nota en Twitter que me llamó la atención, decía: Proyecto Bradbury: 52 semanas, 52 cuentos. Primero pensé que era una compilación del autor. Me emocionó. Después seguí la liga. Me encontré con que ese artículo era un reto para escribir 52 cuentos cortos en 52 semanas, uno a la semana.

Seguía emocionado.

Comencé a leer las anécdotas  de quienes ya lo habían hecho, me impresionaron, además de animarme a hacerlo. Ya con toda la intensión bien puesta, pluma y papel listos, pensé:

-¡Está cabrón: uno a la semana, si ni por lo menos escribo uno al mes! A veces, cuando comienzo con uno, difícilmente lo acabo.

Así mi neurosis. Pero, llegó la solución a mi dilema: (Leer lo que está entre comillas imaginando una voz superior) “Durante un año escribe un cuento corto cada semana. No es posible escribir 52 cuentos malos consecutivos […] escribe un cuento nuevo cada semana, no rescatado, no retocado. Se trata de ser honesto contigo mismo”.

Entonces me decidí a tomar el proyecto-reto. La voz del más allá fue bastante motivadora y confié en sus sabias palabras. Ahora, escribiré, ojalá los cuentos no sean tan malos.

¡Van los 52, aunados a 52 poemas!

Diciembre 7, 2016

SOY LA TRECE…

Hora pico, Ciudad de México.

Hace tiempo subieron el precio al boleto del metro, entonces, dijeron, todo iba a ser como de primer mundo. Puras mentiras. Ni los vagones son modernos y mucho menos hay más. Entonces estoy aquí parada junto a otras treinta personas, justo las conté, vaya que tengo tiempo; esperando a que llegue el tren. Ojalá me toque frente a una puerta. Bueno, seguro no me escapo de los empujones y hasta las socorridas mentadas de madre en cuanto se abra.

 

-Son 12 lugares en el vagón, al lado de la puerta. Ah, pero, 12 a la izquierda y 12 a la derecha. No, pero, cada puerta está a la mitad. Entonces son 6…

 

¡Chale!, ya de por sí traigo el estrés hasta el tope y este cuate haciéndose el gracioso con sus cálculos. Además, ni siquiera puedo escuchar el radio, no tengo señal en el celular. Así por lo menos evitaría fumarme las mariguanadas de este tipo. ¡Caray, hasta tiene a sus amigos con la boca abierta!

 

-Miren, estamos en la segunda fila de 5 personas, somos el 6, 7 y 8. Seguro nos toca lugar. Tú te mueves pa’ la izquierda y tú y yo a la derecha.

 

¿Es neta?

 

Ya me estoy imaginando el sonidito de alerta (tururú) y luego la voz de la chica tipo tienda comercial: “Antes de entrar, permita salir”. Ya mero. En cuanto la puerta abra, vámonos pa’ dentro y no es que quieras, te lleva la corriente. Estando dentro, sin importar sexo, estatura o condición social, alguien ya te está respirando sobre la nuca o casi te da un beso o te pone el sobaco cerca de la nariz o te da un arrimón o te toca la mano, fingiendo que busca el pasamanos para agarrarse, claro, porque no te tocó lugar.

 

(tururú) “Permita el libre cierre de puertas”, entona la dulce voz femenil.

 

Pero no se puede. El aferrado con su mochila no lo permite. Ve que no entra y le vale. Mete la mano, se apaña del pasamanos y cuando viene el cierre de la puerta hace palanca y empuja a todos. Su cuerpo entra, pero la pinche mochila, con su toper de la comida se queda atorado. La puerta se abre de nuevo, viene el ritual: sonidito de alerta, voz de chica tipo tienda comercial: (tururú) “Permita el libre cierre de puertas”. Todos respiramos profundo, el aferrado, nos ve con ojos desorbitados, toma aire, se pone rojo, palanca, empujón y… otra vez su pinche toper. Va de nuevo. Tercera, cuarta vez. Se abre la puerta, sonidito de alerta, pero ya no se escucha la voz de chica tipo tienda comercial, en su lugar, la de la operadora que ya está hasta la madre por culpa del aferrado: (tururú) “Sino permiten el cierre de puertas no podremos avanzar”. Respiramos profundo, el aferrado, nos ve con ojos desorbitados, toma aire, se pone rojo, palanca, empujón y… ¡el toper!… ya no se atora. Uno de los de enfrente jala la mochila y la pone sobre la cabeza del aferrado. ¡Listo, la puerta cerró! ¡Por fin nos movemos!

Tres estaciones después, el calor en su esplendor. El vagón listo para el temazcal, justo hoy que está de moda. ¡Ah, no! Estamos recuperando nuestra memoria prehispánica.

¡La manga que!, si es un pinche negociazo. Además, yo me quiero como estoy.

 

– (tururú) “Antes de entrar, permita salir”.

 

¡Ah chinga, creo que me viajé!

¡Permiso, permiso!

¡Ai’ va el golpe!

¡Ora, no empujen!

¡Estoy embarazada!

 

¡Qué la chingada… soy la trece!

Octubre 27, 2016

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